sábado, 31 de enero de 2015

EL TÍO BERNARDO (Paul Arene)

A fuerza de referir la historia del tío Bernardo y de desconfiar de su herencia, el pescador Juan Cogolín acabó por creer en ella.
La verdad es que el tal Bernardo Sambuq, que fue la desesperación de su familia cuando muchacho, se había embarcado como grumete en 1848 a bordo de una fragata americana, y desde entonces no se habían recibido noticias suyas.
Cierto día, Juan Cogolín se encontró de manos a boca con un marinero amigo suyo que acababa de regresar de los Estados Unidos, y tuvo la ocurrencia de convidarlo a beber unas copas de aguardiente.
Juan le contó la historia del tío Bernardo, y el marinero, por corresponder, sin duda a la invitación, mintió a su amigo, diciéndole que varias veces había hablado en los muelles de Nueva York con un sujeto cuyas señas coincidían con las del citado pariente.
La leyenda tomó cuerpo y el viaje siguiente trajo el marinero nuevas noticias, falsas también, y relativas al tío de América.
Bernardo Sambuq resultó a los tres meses muy rico y a los dos años era millonario.
Cogolín y su esposa provocaron la envidia de todos los habitantes del barrio, quienes no hablaban más que del tío Bernardo y de la inmensa fortuna que poseía.
El marinero, para terminar su farsa, dijo al regresar nuevamente de Nueva York que el tío Bernardo había muerto, y partió a los pocos días.
Transcurrieron seis meses sin más noticias, y entonces Juan Cogolín, cuya impaciencia no reconocía límites, comunicó a su esposa el deseo de hacer un viaje a los Estados Unidos.
–Puedo estar dos meses fuera de casa – la dijo, – y durante mi ausencia se encargará de la barca nuestro primo. Mil francos no arruinan a nadie, y además, sé que caería enfermo si no corriera a ver lo que pasa en Nueva York.
La esposa aprobó el proyecto, y Juan se dirigió inmediatamente al puerto del Havre con objeto de embarcarse.
El enorme trasatlántico, con su tripulación y sus pasajeros, el oro de sus salones y el acero de sus máquinas, le produjo una admiración casi religiosa.
Durante ocho días no habló con nadie, consagrado a contemplar el soberbio espectáculo del océano. Pero al fin recobró la palabra con la conciencia de lo que iba a buscar a Nueva York.
Trató de contar al sobrecargo la historia de Bernardo; pero el oficial sumamente atareado, como ocurre siempre el día antes de llegar a puerto, no le hizo caso, y le aconsejó que se dirigirá a dos sujetos de aspecto americano que constantemente se paseaban solos.
–Esos individuos – le dijo – le darán a usted las noticias que desea, pues conocen la población mucho mejor que yo.
Juan se acercó varias veces con objeto de interrogarles, sin que lograra obtener la menor repuesta.
Apenas les habían dirigido la palabra, los desconocidos le volvían la espalda y se alejaban precipitadamente.
Cogolín les seguía a todas partes, a proa, a popa, a la cámara, sin que jamás pudieras darles caza.
Los dos personajes, sorprendidos ante la insistencia de Juan, interrogaron sobre el caso al sobrecargo, el cual les contestó:
–Ya saben ustedes que en París se acaba de cometer un robo importante. Pues bien; apuesto cualquier cosa a que ese individuo es el célebre agente de policía Ernesto Lafranc, que sigue la pista a los ladrones y va disfrazado de hombre del pueblo para evitar toda sospecha.
Los dos sujetos se miraron con aire de inteligencia y se dirigieron a sus camarotes, de los que no salieron hasta que el buque llegó a Nueva York.
Al desembarcar, Juan Cogolín los buscó inútilmente, y supuso que se habían perdido entre la multitud.
El pobre pescador francés vagó durante la mañana por la gran ciudad, realizando vanos esfuerzos por hacerse comprender de las personas a quienes interrogaba.
Rendido de fatiga, supo al fin donde estaba la Embajada, y allí nadie pudo darle contestación alguna satisfactoria, ni indicarle la pista que debía seguir. Antes bien, le manifestaron que todo aquello tenía trazas de ser una farsa indigna y le aconsejaron que regresara a Francia a la mayor brevedad posible.
Casi llorando, volvió Juan a discurrir por las calles, ignorando que partido tomar y deplorando su triste situación.
De pronto notó la presencia de uno de los americanos del trasatlántico.
–¡Es el mismo! –exclamó – aunque haya cambiado de traje y se haya cortado el pelo. ¡Caballero! ¡Caballero!... Esta vez no se me escapará… Ese hombre es el gran conocedor de la ciudad, y por lo tanto, es mi última esperanza.
El desconocido apretó el paso y Juan le imitó siguiéndole muy de cerca.
Al cabo de una hora de marcha por calles y plazas, el americano, muerto de cansancio, se refugió en un establecimiento de bebidas.
Cogolín entró también y acercándose al fugitivo le murmuró al oído:
–Desearía saber si por casualidad…
–¡Silencio por Dios! – exclamó en buen francés el fingido americano. – No vaya usted a promover un escándalo. –Sentémonos y hablemos como buenos amigos.
–¡Perfectamente! – dijo Juan.
–Ya sé a que ha venido usted a Nueva York. ¿Quiere usted que nos entendamos?
–No deseo otra cosa.
–Pues bien, ahí tiene usted una cartera con cincuenta mil francos en billetes del Banco francés. Además, se le darán a usted otros cincuenta mil en el momento de partir, cuando leve anclas La Bretaña, que sale esta misma tarde ¿Acepta usted el trato?
–Acepto.
–Venga esa mano y suponga usted que nunca nos hemos visto.
Juan hacía inútiles esfuerzos por explicarse la causa de lo que ocurría, lo cual no fue obstáculo para que se embolsara la importante cantidad que acababan de entregarle. Cien mil francos constituye una fortuna y además el infeliz viajero estaba completamente descorazonado y harto ya de Nueva York.
El trato fue cumplido por ambas partes.
Y he aquí cómo, al tener la fortuna de ser tomado por un célebre agente de policía, heredase a Bernardo Sambuq, que había muerto de miseria en un hospital.
Cogolín, aunque llegó a comprender de modo claro el alcance de su aventura, solía decir en el café Turco a sus amigos:
–Está visto que en materia de negocios esos americanos son el primer pueblo del mundo.

PAUL ARENE
(Diario de Pontevedra, 30 de julio de 1897)


El autor: Paul Arène, nacido el 26 de junio en Sisteron y muerto el 17 de diciembre en Antibes, fue un poeta provenzal y escritor francés.

MANIQUÍ VIVIENTE (Enrique Corrales Sánchez)

Pertenece al grupo de la gente conocida. Frecuenta los salones del gran mundo, es socio de los principales casinos, asiste a los teatros en los días de moda, visita durante los estíos las playas concurridas y elegantes, conoce a medio Madrid y feliz e independiente vive con holgura de las rentas de una fortuna cuantiosa que no tuvo el trabajo de ganar, porque limpia y saneada la heredó de sus padres. En las carreras de caballos o en las corridas de toros, en casa de Lhardy a la caída de la tarde, en los paseos, en los teatros, en las reuniones aristocráticas, podréis verle, siempre acicalado y compuesto, vestido con corrección exquisita, como que al atavío y adorno de la propia persona dedica la atención más nimia y escrupulosa, paseando por doquiera su tranquila y feliz indiferencia, que, siendo cualidad esencialmente negativa, forma, no obstante, la base de su carácter.
Es locuaz y atractivo, y fluye a raudales de su boca una charla insustancial y ligera, en la que jamás, ni por casualidad, puede atisbarse pizca de fundamento. Jamás le ha sucedido nada, y huérfano, joven todavía y rico, ha pensado en casarse porque en eso como en todo, sigue, sin darse cuenta, la corriente de las costumbres sociales. Juega sin pasión, caza sin entusiasmo, enamora sin cariño, lee sin interés y pasa por la vida sin adivinarla siquiera, envidiado por muchos que, al verle bullir en una atmósfera en que hay alegrías y tristezas y agitación, juzgan que de todo ello participa, sin saber que su ser, cerrado a todo sentimiento íntimo y profundo, rechaza por naturaleza todo movimiento afectivo y todo conocimiento real de las cosas, como la húmeda frescura de las aguas al cuerpo impermeable en ellas lanzado.
Tipo más común de lo que parece será siempre animado problema para el psicólogo y extraña esfinge para todo hombre que merezca toda calificación; que no es tarea fácil averiguar como, por qué y de que rara manera puede gozar la inconsciente vida del mineral y de la planta un organismo dotado de nervios para sentir, de mente para pensar y de entrañas para sufrir. Por si algún perspicaz observador puede dar con la clave de ejemplar tan curioso de lo que pudiera llamarse la fauna humana, no será ocioso referir como ha transcurrido para él uno cualquiera de sus últimos días, eslabón suelto de su misteriosa cadena, con que el tiempo se encarga de llevarle desde la cuna al sepulcro.
Se levantó a las diez de la mañana y empleó una hora muy cumplida en su tocado. Era domingo y oyó misa en Calatravas; quiero decir que entró en la iglesia, saludó aquí y allá porción de caras conocidas, se hizo cruces sin pensar palabras cuando vino al caso, dobló la rodilla en el momento oportuno y se plantó en la calle una vez cumplidos de tal modo lo que entiende sus deberes religiosos. Se volvió a su casa tras el obligado paseo por la calle de Alcalá, y saboreó suculento almuerzo. Cambió de traje y encaminó sus pasos hacia el domicilio de un enfermo. La lista colocada en el portal, encabezada con la noticia de que se había perdido toda esperanza de salvar al doliente, fue firmada después de revisarla con el mayor cuidado para saber los nombres que precedían al suyo.
La nueva, tratándose de antiguo compañero de colegio y constante camarada de la vida madrileña, no le dio frio ni calor. Solo calculó mentalmente, que si el paciente se moría y lo enterraban al día siguiente por la tarde, no podría él asistir al tresillo de la generala González. Trabó conversación en la calle con el director de un periódico y le acompañó hasta la puerta de redacción; esperaba aquél telegramas importantes de la guerra y le invitó a que subiera, lo cual efectuó de buen grado. Habían llegado efectivamente y pudo enterarse de que en un sangriento encuentro con los mambises, y costando sensibles bajas, nuestro valiente ejército se había cubierto una vez más de gloria. Y la noticia le alegró muchísimo… porque podría ser el primero en darla a cuantos encontrara en la reunión de tarde de la marquesa de Paranzales, a donde se trasladó enseguida. Fue el héroe de la brillante sociedad por lo fresco de la nueva, y gozó de un triunfo sin importarle un ardite la parte esencial del acontecimiento. Se volvió satisfecho a su casa, comió, y vestido de frac, tras un rato de charla en la Peña, se trasladó al Real. Mediaba el segundo acto cuando entró en el teatro y charló de lo lindo con sus vecinos de butaca sin oír una sola nota; los primores de la partitura, obra maestra de excelso compositor, fueron tan solo acompañamiento inatendido por quien, de palco en palco, repartió saludos, sonrisas y gárrula conversación, empapada de murmuración menuda e insignificante. Se fue desde el Real al Casino, jugó un rato, y sosegado e indiferente, se volvió a su casa con la conciencia tranquila de quien no se ha causado mal alguno.
Virtud absolutamente negativa, ni piensa, ni en nada se emplea, ni siente ni padece. Ese día tipo es uno más de su existencia. Visitó la iglesia y no levantó su alma a Dios; supo que el amigo agonizaba, y el corazón latió tranquilo e indiferente; le dijeron que España había adquirido para su corona laureles empapados en la sangre generosa de sus hijos, y la suya corrió en sus venas sosegadas y muelles, sin que un átomo de caluroso entusiasmo la calentara; asistió al teatro, y ni siquiera dedicó un segundo de atención a las maravillosas bellezas del arte.
Imposible averiguar de qué arcilla animada está formado un hombre que en contacto continuo con la vida, no vive sin embargo. Si se le arranca su traje bello y elegante, aparecerá debajo una estatua de carne que respira y alienta; mas todos los fisiólogos del mundo no podrán convencerme de que si rompo esa viviente escultura, habré de encontrar dentro un corazón.

ENRIQUE CORRALES Y SANCHEZ.
(Diario de Pontevedra, 26 de julio de 1897)

VICIOS DEL SISTEMA (Jenaro González Carreño)

Nada había en Asunción que atrajera las miradas e hiciera que la atención se fijase en ella, obligando a los hombres a volver la cabeza para verla pasar, o detenerse sorprendidos al hallársela de frente; ni fea ni bonita, en su rostro no se percibía ninguno de esos rasgos característicos por los que pudiera algún adepto de Lavater o aficionado de Gall, hacer cálculos más o menos exactos y perderse en conjeturas más o menos racionales sobre su carácter y cualidades íntimas; formando en las filas de muchachas vulgares, ni con su presencia excitaba poderosamente los sentidos, ni el corazón aceleraba sus latidos al contemplar los nada notables encantos que la adornaban.
Tampoco en su trato se descubría otra cosa que la coquetería innata de la mujer, el deseo de agradar, sin que diera, al parecer, importancia a las lisonjas que pudieran dirigírsela; sus aspiraciones no parecían traspasar la esfera dentro de la que giran la mayor parte de las muchachas, reduciéndose a encontrar un hombre que la condujera al altar, y a cuyo lado se deslizaran apaciblemente sus días, viviendo con él vida tranquila y burguesa.
Por eso al principio nadie dio crédito a una tan estupenda como inesperada noticia, hasta que muy pronto se vio confirmada, por decirlo así, oficialmente; la reducida sociedad en cuyo círculo hubo de moverse hasta entonces Asunción, se hallaba sorprendida y maravillada sin acertar a explicarse aquella fuga con un hombre que por su estado y condición se hallaba imposibilitado de poseerla legítimamente; los viejos, en especial, se sintieron estremecidos de indignación y de ira ante aquel escarnio de toda la ley divina y humana, ante el ultraje inferido a la sociedad, y lanzaban tremendos anatemas contra la corrupción de unos tiempos tan distintos de los suyos, en que si no se burlaban abiertamente las conveniencias sociales, se ocultaban con hipocresía todas las infamias, y se cubrían con el velo del misterio más bajos y repugnantes crímenes.
Esto último no lo decían, por supuesto, ni aún lo pensaban aquellos nobles ancianos, como tampoco se detenían a analizar precedentes e inquirir las causas que pudieran haber determinando aquel desenlace para descubrir, acaso, disculpas o atenuantes a la conducta de Asunción, se resistían tenazmente a investigar el génesis de tan violenta pasión, siguiéndola en su desarrollo hasta el momento en que comenzaron a tocarse los resultados; y eso que la historia de aquella alma era por todo extremo interesante y transcendental, pues podía derramar mucha luz sobre el proceso psíquico de su pasión y poner de relieve la saludable influencia y los frutos óptimos que produjera aquella rigidez de principios tan decantada por ellos.

***
Poseedora Asunción de alma de bacante: encerrada en un cuerpo virgen, trató, seducida por las máximas de la rígida y estrecha educación que recibiera, suprimir sus primeros ardores, no logrando sino exasperarlo; pues en vez de encauzar las incontrastables energías de la materia, dándolas un legítimo empleo y dirigiéndolas por rumbos lícitos, fin a que debe tender siempre la medicina de las pasiones, quiso, contrariando las sabias disposiciones de la naturaleza, que para algo dotó a la juventud de esa exuberancia de fuerzas, de esa plétora de actividad, extinguirlas, matarlas, haciendo enmudecer los clamores del organismo rebosante de vida, necesitada de acción; pretendió, arrastrada de exagerado temor, apagar el volcán de deseos que bullían en su pecho negándoles hasta lo más inocente y menos peligrosa expansión, y no hizo sino amontonar combustibles, que habían de producir fatalmente una terrible explosión.
Por el pronto, pudo, con soberano impulso de su voluntad firme y decidida, sobreponerse a las furiosas ansias que la hostigaban y de que se veía constantemente asediada, entregándose a todas las prácticas de una exagerada y mal entendida piedad; pero no acertó a dominar su extraviada fantasía, que la representaba de continuo escenas de suprema voluptuosidad, sus sueños se veían poblados de fantasmas lúbricos que la brindaban inefables goces, se veía estrechada por unos brazos que la oprimían nerviosamente, mientras que unos labios ardientes buscaban ávidos los suyos, y escuchaba anhelante suspiros que demandaban caricias y prometían placeres desconocidos.
Y, ¡qué horrible era el despertar! Saturado su espíritu de las amargas emanaciones de la excitada sensualidad, casi impotente la voluntad para detener el vertiginoso vuelo de la fantasía que gracias a la velocidad adquirida durante el sueño, bogaba aun por la embriagadora atmósfera de placer voluptuoso, muda y callada la razón, casi atrofiada por falta de ejercicio; perdida la voz de la conciencia entre el tumultuoso e incesante clamor de los sentidos; desvanecido el sentimiento del deber, arrollado por los embates de apetito, que, incitado ya de modo ideal en los goces, aunque efímeros, rebosantes de atractivos, de la pasión satisfecha, anhelaba verlos encarnados en la realidad, percibía, lleno de angustia el corazón, como iban debilitándose lentamente sus energías y perdiendo cada día más terreno en sus resoluciones; notaba como poco a poco el desaliento penetraba en su corazón, obsesionando a su espíritu la idea de que llegaría a sucumbir sin remedio… y cerrando los ojos para no ver el abismo de infamia en que iba a hundirse, soñaba con transacciones precursoras de inevitable derrota, y hacía a la carne concesiones que había necesariamente de arrastrarla a vergonzosas capitulación, a esclavitud degradante.
¿Quién, en vista de tan propicias circunstancias, y tan abonadas condiciones, podría maravillarse de la caída de Asunción? ¿Cómo no sucumbir ante los fuertes y porfiados ataques dirigidos a su virtud por un hombre que, adivinando el lamentable estado de su alma, no perdonó medio ni economizó esfuerzo para desvanecer sus escrúpulos y arrojarla del último baluarte a que hubo de acogerse?
La resistencia era imposible; sin fuerza sus armas, teniendo el enemigo quien secundara sus planes dentro mismo de la fortaleza… y, sobre todo, luchando sin fe, falta de apoyo, solo en las áureas del combate, la derrota era una cosa fatal, inevitable, necesaria. Que, sin menoscabo de su libertad, rigiese el espíritu por leyes tan inmutables como las que presiden el mundo material-
Si no saben escogerse los medios más aptos; si las obras de defensa se hallan cimentadas sobre movida arena, y no se rodea la fortaleza de inexpugnables trincheras, su rendición no es, ni puede ser imputable a la negligencia o cobardía de sus defensores, sino a la torpeza de quienes, debiendo no quisieron guarnecerla, poniéndola en condiciones de resistir cualquier ataque, dotándola de un armamento inútil, o tal vez, perjudicial.

JENARO GONZÁLEZ CARREÑO
(Diario de Pontevedra 22 de julio de 1897

LA COMIDA DEL PREFECTO (A. Vély)

I

Aquel año habían tenido excelente éxito las maniobras militares.
Los movimientos habían sido regulares: no solo había cometido la menor falta; y el enemigo se había dejado vencer puntualmente.
La revista de honor que ponía término a las operaciones había congregado a todas las notabilidades del departamento.
Después del desfile final, que terminó en medio de unánimes aplausos, se disolvieron los grupos, y los oficiales libres de servicio se apresuraron a ir a ofrecer sus respetos a las señoras y a las hijas de los funcionarios públicos.
El prefecto, que estaba conversando con un magistrado, le abandonó de pronto al ver pasar al coronel Verdelin.
–¡Buenas tardes, mi coronel! – le dijo.
–¡Vaya! ¿Es usted, Duclosoy? ¿Cómo va esa salud?... ¿Y la señora?...
–Bien, gracias. ¡Qué hermoso día!
–Sí, pero el sol es terrible.
–No diga usted eso. Los coraceros brillaban de un modo extraordinario. Manda usted un regimiento soberbio.
–Creo que puede presentarse dignamente en cualquier parte.
–¿Y piensa usted permanecer aquí mucho tiempo?
–Mañana mismo salgo para París.
–Pues lo siento en el alma. Espero que nos hará usted el obsequio de comer hoy con nosotros en la prefectura.
–Imposible, amigo mío, no estoy presentable.–
–¿Y eso qué importa? Mi mujer y yo estamos solos, y el agasajo no es cosa de cumplido.
–Acepto, pues, y voy a mi alojamiento a lavarme y cepillarme. ¡Hasta luego!
–¡Hasta luego, mi coronel!
II
El prefecto al separarse del coronel Verdelin, tuvo la desgracia de encontrar en el camino al presidente del Consejo general, el cual le detuvo media hora, luego al alcalde por cuyos llegó muy tarde a la prefectura.
Acababan de dar las siete cuando entró en su domicilio.
La mesa estaba puesta, y  Mat Duclosoy, que le esperaba con impaciencia, exclamó al verle:
–Te participo, Emilio, que me estoy muriendo de hambre. Comamos enseguida.
El prefecto y su esposa comieron alegremente y con muy buen apetito y después pasaron a una sala inmediata, donde el Sr. Duclosoy encendió un magnífico habano y su mujer se puso a bordar.
A las ocho se oyó un campanillazo.
–¡Una visita! – exclamó la prefecta.
–¿Quién será? – preguntó Mr. Duclosoy.
A los pocos instantes se presentó un criado y dijo:
–Señor prefecto, en el salón espera un caballero.
–¿Quién es?
–Lo ignoro, señor. Usa bigote y tiene aspecto militar.
–¡Vive el cielo! – exclamó el prefecto. – ¡Nos hemos lucido!
–¿Qué te pasa¿?– le preguntó Mat Duclosoy.
–Que he encontrado al coronel Verdelin en la revista, que le he convidado a comer y que me he olvidado de la invitación. Pero a las ocho no se va a comer a ninguna parte.
–En París se come a esa hora.
–¿Y qué vamos a hacer?
–Juan – exclamó la prefecta – dile al cocinero que suba.
A los pocos instantes se presentó este con su gorra en la mano.
–Es preciso – le dijo madame Duclosoy – que prepare usted una comida en media hora.
–Está bien, señora.
–Para tres personas.

III
El prefecto y la prefecta se dirigieron al salón. El coronel Verdelin se levantó y dijo:
–Dispénseme usted si me he retrasado involuntariamente.
–Nada de eso – contestó la prefecta – No son más que las ocho. Cuando mi marido me manifestó que vendría usted a comer, me dijo que nos sentaríamos a las ocho y media. ¿No es vedad, Emilio?
–Sí, Matilde.
Se entabló una animada conversación sobre diversos asuntos, y al cabo de media hora un criado anunció solemnemente que la comida estaba a punto.
El coronel dio del brazo a la prefecta y el grupo se trasladó al comedor.
Al principio no se oía más que el ruido de las cucharas y de los platos.
El cocinero había improvisado una excelente comida, de la cual se iban absteniendo, en lo posible, el prefecto y su esposa.
–Vamos, coronel – decía Duclosoy – un poco más de trucha.
–Está deliciosa, pero voy a reventar.
–No sea usted hipócrita, coronel, si no ha hecho usted más que probarla.
–Pues venga la trucha; pero a condición de que ustedes también repitan.
–Pues repetiremos.
–Pero noto que ustedes no comen casi nada… Tome usted, señora. Este pastel está riquísimo.
–Gracias, coronel.
El Sr. Verdelín se vio precisado a comer por segunda vez de cada plato sin poder declararse jamás en retirada; pero como si tuviera noticia de la situación de sus comensales, les obligó a que le imitaran en sus forzadas repeticiones.
Después del café, el coronel se retiró invocando las fatigas del día.
Apenas hubo desaparecido, el prefecto y la prefecta cayeron rendidos en un sofá, tocaron un timbre y pidieron dos tazas de manzanilla.
Cuando el coronel se vio en la calle exclamó sollozando:
–¡Bendito sea Dios!

IV
Al cabo de pocos días, el prefecto tuvo que ir a París. Al día siguiente de su llegada encontró en la calle al coronel Verdelin.
–¡Buenos días, mi coronel! – le dijo al verle. –¿Cómo andamos de salud?
–No me hable usted de eso, amigo mío; aún no me he repuesto de mi enfermedad.
–¿Qué le pasa a usted?
–Pues bien. El día que me convidó usted a comer me olvidé de su invitación, y a las seis comí en mi alojamiento. A las ocho fui a disculparme, creyendo que ya habrían ustedes comido; pero en vista de que no era así, no me atrevía a decir nada y me resigné a pasar por todo. Ya comprenderá usted que nadie resiste dos comidas seguidas.
–¡Calle! ¡Pues le pasó a usted lo mismo que a nosotros! – exclamó aturdido el prefecto.

A. VÉLY
(Diario de Pontevedra, 19 de julio de 1897)

viernes, 30 de enero de 2015

LOS ENSUEÑOS (Ramón Trilles)

Tengo por indudable que recordáis a Rebosillo, poeta famoso cuyos versos fueron tan populares como sus extravagancias.
Vivía en penuria tan grande, que una vez, hambriento, desesperado, resolvió matarse.
Mientras discurría el medio de realizar su propósito se le entró por las puertas del cuchitril que habitaba una herencia de regular cuantía, que le hizo olvidar aquella terrible decisión reconciliándole con la vida.
Consistía la herencia en una hermosa quinta con pujos de palacio, ricamente decorada, gran jardín en torno y huerta vecina bien cuidada y muy fértil.
El poeta se instaló en su quinta pensando en vivir del producto de la huerta, en tal paraje delicioso, entre flores y fuentes, compañero de tan amable naturaleza.
Al principio todo fue dicha y contento. Le parecía una gloria aquel rincón de la tierra.
Recorría la margen de la ancha acequia que regaba su campo; se sentaba al pie de los frutales copudos; corría por las sendas de los trigales gozando con que las espigas le azotasen la cara.
Otras veces se internaba en el pinar sombrío, misterioso, lleno de los murmullos del aire y del aroma de los pinos.
Oh, cuánto se acordaba de Lina, la morenucha de su alma, su amor romántico de otros días.
Allí estaba el bosque invitando a citas con luna filtrada.
Pasó mucho tiempo soñando con amores extraordinarios y escogiendo parajes adecuados y amenos.
Cuando se dio cuenta de lo inútil que era aquel escondrijo delicioso sin amada que esconder, se marchó a la ciudad en busca de Lina; pero Lina se había casado prosaicamente, cansada de esperarle.
Volvió al campo dispuesto a cantar en versos cadenciosos aquella amargura inesperada.
Cuando hubo desahogado su corazón, después de largo encierro, salió una tarde al jardín buscando aire puro y encontró segadas las flores, rota la empalizada, mermado el pinar.
En los árboles de la huerta no había frutos y la ancha acequia venía sin caudal, sangrada por los campos vecinos.
Hasta le pareció al Rebosillo que su campo había disminuido en extensión algunos metros. Las sendas limitadoras de su propiedad no estaban, como antes, bordeadas de hierbecillas silvestres ni muy apisonadas por el tránsito.
Sospechó que los pinos se habían convertido en tablas y leña; que los huertos colindantes le robaban cada día, a golpe de azada, un palmo de terreno que su propio colono le hurtaba los frutos y vendía las flores.
Por todo remedio despidió a su colono; y antes que buscar otro que le cultivara la huerta y le cuidase el jardín, s dio a soñar con un servidor perfecto, bajo cuyos cuidados estuviese en seguro su propiedad y diese nuevo y más abundante producto sus tierras y crecieran nuevas frutas.
Daría gozo contemplar aquel suelo fértil sudando riqueza; entonces compraría los campos de entorno, y luego los de allende la acequia, y más tarde los otros, hasta llegar al cerro de enfrente, cuya pelada cumbre de roca viva le serviría de asiento para otear el valle…
Llenaría el jardín de estatuas y de fuentes.
Y a la fin del bosque de pinos construiría una gruta con peñas del cerro, gigantesca y profunda, lugar encantado lleno de sorpresas, luces y maravillas.
Después un estanque inmenso, que pareciese un lago, con su islote en el centro, y kiosco y jardines en el islote.
Pasó tan largo tiempo en estas imaginaciones, que un día en que volvió a la realidad encontró sus boque extinguido, el jardín demediado y el campo chico que apenas le quedaba donde plantar un puñado de trigo.
¡Adiós gruta, lago, fuentes, carro gigante, islote encantado!
Por cada ensueño le habían quitado un pedazo de realidad.
La escasa tierra que le quedaba se había cubierto de maleza.
¡Si al menos aquel manzano enclenque cobrase pujanza con los cuidados!
Limpio de maleza el terreno, regado por el agua de la acequia, el árbol extendería su ramaje y elevaría su tronco.
¡Qué hermoso sería verlo crecer y crecer extraordinariamente, de modo que llegase a muchos metros de altura y la opulenta copa sombrease hasta más allá del miserable campo en que arraigaba.
Sería un manzano gigante digno de un cuento maravilloso.
¿Y por qué había de tener límites su crecimiento?
Más aguas y más cuidados, y el árbol cubriría el palacio y toda aquella campiña.
Frutos de gran tamaño, contados con millones, asomarían entre el ramaje, y aquellos frutos que solicitaría el mundo entero le darían en venta más productos que todas la tierras con que había soñado.
Entonces, como nunca, podría tener el lago, el islote, la gruta, el bosque, el cerro…
Pero los meses pasaron y el manzano había muerto y a Rebosillo no le quedaba ni un palmo de huerta, ni un pino en el pinar, y el jardín era también campo ajeno, y solo dentro de su quinta pisaba terreno propio.
Acosado por la miseria, tuvo que vender su palacio; y cuando lo dejaba para siempre, contemplando para siempre, contemplando por última vez cuanto fue suyo, decía llorando con amargura y rabia.
–Medrad, medrad, canallas. Me habéis robado mientras yo soñaba. Ya sé que en la lucha por la vida soñar no es combatir. Por eso vosotros, lo pequeños, los miserables de espíritu venceréis siempre a los grandes en esa lucha microscópica.

RAMÓN TRILLES.
(Diario de Pontevedra, 9 de julio de 1897)

MEMORIAS DE UNA ANCIANA (Marcel Prévost)

Para mi vida monótona y triste, el día de hoy figurará entre los más agitados, y esta agitación no me ha sido producida por otra cosa que por la visita de una antigua amiga que regresa a este rincón de provincia después de haber pasado treinta años en la capital de Francia.
Treinta años de felicidad que terminaron por una espantosa desgracia.
He aquí su historia, digna de ser conocida:
Fuimos discípulas en el mismo convento, hasta el momento en que, terminados nuestros estudios, salimos para ser presentadas en sociedad, suceso que consistía únicamente en participar una vaez por semana de las modestas reuniones que daban algunos altos funcionarios y personas acomodadas.
El éxito por mi obtenido fue mejor que el de Germana, y después de haber pasado 30 años, y ser, cual soy, una anciana y ella otra, puedo afirma sin que se atribuya a orgullo, que yo era más hermosa que ella y más rica: yo tenía 40.000 francos de dote, y ella 25.000.
Yo era alta, morena, con una cara bonita, y ella era rubia, fea; no poseía otro atractivo que una extraordinaria viveza.
Pero los hombres opinaron de nosotras de muy distinto modo: a mí me llamaban la bella señorita Onodier; pero no les merecía otra cosa que platónicas admiraciones, y le hacían la corte a Germana, corte muy halagüeña para ella.
De mi decían: “A la señorita Onodier le hace falta un príncipe encantando que la lleve a un palacio…” y tal vez tenían razón.
Desgraciadamente esta clase de príncipes, no vinieron nunca a nuestro país, lo cual dio por resultas el que me quedase para vestir imágenes, en tanto que Germana, que había desechado tres partidos, se casó a los 23 años con un contador de aduanas.
Poco tiempo después se marchó del pueblo. Ocurrió un cambio de Ministerio; y contando su marido con un amigo entre los ministros, fue, gracias a su influencia, trasladado a la Administración Central. Fueron felices y la suerte les fue propicia. El marido ascendió rápidamente y lo condecoraron. Germana era festejada en su nuevo estado como lo había sido de soltera; pero ella amaba a su marido y a sus hijos y nadie pudo señalarla con el dedo, fue una mujer honrada.
En tanto la pobre Elisa Onodier envejecía.
Cuando pienso en esos treinta años de mi vida, me parecen tan infinitos como un camino que se perdiera en el horizonte, sembrado todo de árboles iguales.
¿Qué hice en esos treinta años, Dios mío?
¿Cómo he podido soportar, sin morir de tedio, tantos días iguales?
¡Y sin embargo moriría si dijera que sufrí en mi soledad!
Al igual de todas las jóvenes que no se casan atravesé una crisis bastante dolorosa a los treinta años; conocí la fiebre matrimonial que agria el carácter y seca la belleza de la solteronas.
Pero después de pasada esa fiebre, una mañana me desperté vieja y resignada con mi suerte. Feliz por mi libertad, arreglé mis habituales tareas de modo que no me quedé un solo minuto desocupada. Estudié idiomas que no había de hablar con nadie, e hice planes de viajes que no había de realizar nunca. Hice todo el bien que pude, y creo que esto me ha valido contar con algunos amigos. Esta existencia es muy triste; pero, ¿vale más la actual de Germana?
Toda la felicidad de esta honrada e infeliz mujer, que parecía asentada sobre tan firmes bases, ha venido al suelo en dos años.
Su marido murió de un ataque de apoplejía. Su hijo, que era oficial en el ejército, pereció en la última expedición colonial. Le quedaba una hija viuda que tenía un niño; pues bien, madre e hijo le han sido arrebatados por la difteria hace quince días… Sola, con la mezquina pensión que el Estado concede a las viudas de sus servidores, ha regresado como el ciervo herido va a ocultarse en su escondrijo habitual.
Ha pasado el día conmigo y la he consolado lo mejor que he podido; pero un dolor tan acerbo es inconsolable y hasta es mejor no intentarlo, por temor de no aparecer una mismo insensible… hoy, sobre todo, que llegaron los restos mortales de aquellos a quienes tanto amó, y los hizo inhumar en el cementerio del pueblo, con objeto de ir diariamente a orar sobre su tumba… y esta será su vida en lo sucesivo: llorar entre los pinos y cipreses, hasta el momento en que ella a su vez vaya a unirse con los ausentes.
¡Y decir que a veces en mis años de soledad, cuando recibía una carta suya en la que me hablaba de su marido y sus hijas, sentía accesos de melancolía dolorosa y me quejaba de mi suerte! En la actualidad, las dos somos víctimas del mismo abandono y no podremos tener otro afecto que el mutuo… ¿No es mi suerte, en realidad, mejor que la de esa desgraciada herida cuatro veces en lo que más amaba?
¡Pero, como se engaña una a sí misma!
Escribo esto, y siento que se me llenan los ojos de lágrimas y lloro después de haber hablando con Germana, que me contaba la dichas de su hogar y recordaba a su nieto hermoso como un ángel, que le tendía sus bracitos en la agonía… Sí, ella ha sufrido y sufre muchísimo, pero ha amado y ha sido esposa y madre… y sin embargo, sí, a pesar de todo, estoy celosa de sus tumbas, sobre las que tiene derecho a llorar.

MARCEL PREVOST.
(Diario de Pontevedra, 7 de julio de 1897)

El autor: Eugène Marcel Prévost (1 de mayo de 1862 - 8 de abril de 1941) fue un novelista y dramaturgo francés nacido en París, y fallecido en Vianne. Fue electo miembro de la Academia Francesa (Fuente: Wikipedia)

¡TRAGEDIA! (J. Navarro)

I
¡Qué hermosa estaba la escuela aquel día! ¡Cómo estaba el sol por las ventanas, posando sus tibios rayos en las blanquísimas paredes y arrancando pálidos reflejos a los cartelones del silabario perfectamente desempolvados! ¡Y qué simetría en la colocación de los bancos! En verdad digo que nunca ejército alguno del mundo alcanzó más perfecta alineación.
¡Cuánto había trabajado el buenazo de don Lucas en los preparativos! Dos días sin perder minuto para que el señor Inspector, en su anunciada visita no encontrara la más mínima falta!
Bueno que a D. Lucas no le pagaran una peseta de su mezquino sueldo: ¿Qué importaba eso? Lo digno era recibir al superior con los honores debidos ¡pues no faltaba más! Y firme en aquella idea, el pobre viejo no cesaba de dar órdenes a los chicos.
–¡A ver! Todo el mundo a las escobas. Tú, Nicolasito, a quitar muy bien el polvo a la mesa, y tú, Pedrín, a ver si no enredas y vas en un salto a casa del boticario a que te dé la yedra, que es lo único que falta.
Y vino la yedra y don Lucas subió en una escalera que le había facilitado su amigo el sacristán, y con mano temblorosa rodeó de sencillas guirnaldas los tarjetones que ostentaban los nombres de los “mártires “ de la enseñanza.
–¿Falta algo, niños?
Intermedio de gritos, jubilosa algazara, borbotones de risa.
–¿No? Pues a la calle todo el mundo: ¡a jugar que yo tengo que hacer aquí dentro!
Y D. Lucas, con toda la majestad de los humildes, subió a la plataforma, y después de colocarse las antiparras, tomó de la carpeta un cuaderno de grandes hojas.
Era su discurso.
Era el fruto de todo un mes de vigilias y afanes. Allí vertió el buen anciano toda la experiencia de sus cinco años de martirio.
De aquel documento de bienvenida al par que, de razonada crítica pedagógica, se lo esperaba don Lucas todo.
¿Cómo era posible que el inspector, después de oírlo, no saliera de allí dispuesto a proclamar al autor como lumbrera del profesorado… y a trabajar porque le pagaran los atrasos; aquellos atrasos que lo tenían muerto de hambre? No había que discutirlo: el discurso era la salvación del santo hombre, algo así como la esperanza de hallar en un oasis en el interminable desierto de la indigencia, humilde y bondadosa de soportada.
Lástima que no pudiera pronunciarlo: ¡Ya se ve! A los sesenta años la memoria juega muy pesadas bromas, y no era cosa de dar un espectáculo en tal ocasión; bueno, lo leería despacio y gravemente, y el efecto sería el mismo.
Y para tenerle todo dispuesto, dejó su tesoro junto al vaso de agua que es de rigor en las grande solemnidades tribunicias… y esperó.

II

–¡Señor maestro, señor maestro!...
Toda la chiquillada se precipitó en la escuela dando alegres voces.
–¿Ya? ¿Ya?... balbuceó el viejo con emoción.
–Sí, señor maestro, por allá por la ventana viene un coche a todo correr y dice el pregonero que en él deben venir los señores...
–Pues a recibirlos, hijos míos.
Y, seguido de la bulliciosa nidada el varón fuerte cogió su sombrero y salió.
¿Iban con él todos sus discípulos?
Se ignora; lo que sí cuentan las crónicas es que cuando pasado un cuarto de hora, D. Lucas volvió a la escuela, porque el anunciado coche no llegaba, al entrar en la clase el infeliz palideció horriblemente, sus piernas flaquearon y como herido por un rayo se desplomó en una silla.
¡Santo Dios! ¡Santo fuerte! ¡Santo inmortal! – gimió el desventurado.
¿Era cierto lo que veía? ¿Era ilusión o realidad espantable? ¿Quién había desordenado todo el humilde ajuar de la clase? ¿Quién había derramado los tinteros por el suelo inmaculado, colocando sobre los bancos aquellas enormes pajaritas de papel que a D. Lucas le semejaban buitres monstruosos?
Transcurrió un minuto de horrible silencio… Pero la reacción vino, y el maestro se irguió imponente, amenazador, terrible.
–¡A ver, todos, todos aquí! ¿Quién ha sido el hijo mal intencionado que ha hecho eso? -- ¡Lo mato, lo mato! ¿Quién ha sido? – gritó en el paroxismo de la rabia.
El coro murmuró muy bajito el nombre de Pedrín.
–¿Pedrín? ¿Pedrín? ¿Dónde está ese pillo? ¡Que se venga inmediatamente!
Se abrieron las filas, y pálido y desencajado avanzó el reo; a una vara de distancia de D. Lucas se detuvo; el viejo salvó la distancia y agarró de una oreja al chicuelo.
–Tú, ¿eh? ¿Con que has sido tú el granuja que has hecho esto? ¡Responde, infame!
–Sí, se…ñor ma… maestro, – gimoteó el muchacho.
–Con que después de revolverme la clase y echármelo todo a perder, hasta me has robado papel del estante, ¿verdad, ladronzuelo?
–No; no – gritó el niño, animado por el giro favorable que tomaba la acusación. – Yo no he robado papel del estante.
D. Lucas sintió sobre su cabeza algo así como el ruido de un trueno formidable. Presintió la catástrofe, y se limpió el sudor del afeitado rostro.
–Y esas pajaritas… entones ¿de dónde las has sacado?
–De unos papeles sucios que estaban en la mesa de usted junto al vaso del agua, señor maestro; pero ya no servían, porque estaban escritos por las dos caras.

Cuando el señor inspector entró en la escuela, D. Lucas sentado en un banco, apoyaba su cabeza en un montón enorme de pajaritas de papel.
El paciente maestro lloraba.

J. NAVARRO.
(Diario de Pontevedra, 5 de julio de 1897)



jueves, 29 de enero de 2015

AMAPOLAS (Darío Valeo)

Diréis que es una puerilidad, pero a mí me encantan las amapolas.
Centinelas avanzados de la estación más hermosa, de la primavera, cuando ellas aparecen tímidamente entre la espesura de los sembrados, a lomos del tapial que circuye las fincas, en la linde de los senderos, sobre los terraplenes de la vía férrea, parece que traen consigo la bendición de ese Ser Supremo que prodiga los frutos y reparte estrellas a los cielos, y aromas a las brisas.
Son el signo de la fecundación universal, porque a la vez que ellas abren sus capullos para recoger en sus ojos todos los amores del sol, florecen los campos y despuntan las espigas; reverdecen los árboles y se transforma en fertilísimo vergel la antes árida llanura. ¡Ah, no sabéis bien cuantas ilusiones renuevan, cuántas lágrimas enjugan, cuantos dolores calman con su aparición!
Si sois novios, si esperáis la primavera para recoger en los labios el primer  beso de la mujer amada, las amapolas, que hasta en el nombre encierran vuestro dulce sentimiento os traerán el día que ha de colmar vuestros deseos, el tiempo en que se cumplan vuestros votos, y con ellos podréis orlar la frente de la pudorosa virgen que os aguarda para unir dos vidas en estrechísimo lazo de flores.
Si esperáis la vuelta del hijo amado, del esposo querido, del padre que pasó lejos de vosotros las tristes veladas invernales, que sufrió lejos de la patria, acaso las desdichas, acaso las persecuciones, acaso las penas, y aguardáis con impaciencia el tiempo primaveral para entregaros a todos los transportes del amor más puro, mas santo, las amapolas servirán de nuncio al que llega y en su corola encontraréis vuestras últimas lágrimas allá cuando el sol despunte entre celajes multicolores.
El enfermo por cuya suerte lloráis va encontrar alivio en las auras primaverales, y este beneficio supremo de la salud os le anuncian igualmente las amapolas cuando abren su rojo seno a las caricias del templado ambiente. ¡Ved, pues, como ellas enjugan en llanto y lloran con vosotros apenas la visita el matinal rocío!
El espectáculo de la naturaleza henchida de vida, pletórica de savia, exuberante de luz, de perfumes, de tonalidades, de armonías, se agranda en el instante en que la roja flor esmalta la pradera. Como la violeta, la amapola es el supremo adorno de la madre tierra: la una la perfuma; la otra la engalana.
¡Guardad eterno reconocimiento a ese coral de nuestros campos, y oíd si no la conocéis la tradición que un hada me contó, en noche de luna, a orillas del bosque!

Poco a poco fue tomando cuerpo el rumor, primero se dijo que Belén era el lugar en donde había nacido el nuevo dios, después se afirmó que una suntuosa cohorte de reyes le había rendido los más altos homenajes; por último, Roma conmovida, atemorizada acaso ante la grandeza del suceso encargó a Herodes que averiguase quien era aquel poderoso en cuyo nacimiento concurrían ya tan extraños y jamás conocidos sucesos; quien era aquel que amenazaba alcanzar algún día mayor culto que los mismos dioses, reformar la sociedad y hacer pedazos los viejos modelos de la cultura pagana, para abolir con la esclavitud del alma la esclavitud del cuerpo, e implantar sobre el Foro romano, en vez del estandarte del déspota, de la tiranía, la salvadora enseña de libertad, de redención y de progreso.
Herodes recorrió las aldeas, envió emisarios, prometió recompensas hasta saber que en la casa de un humilde artesano residía el poderoso a quien la misma Roma tenía miedo:
–¡Es un niño! – exclamó cuando pudo convencerse de la certeza de las noticias; y envuelto en su clámide, rodeado de sus soldados, se acercó a la morada de José y vio a Jesús dormido en humilde cuna de mimbre: ¡bien fácil era acabar con el infante!
La consulta fue a Roma y Roma contestó con un decreto de muerte, pero importaba tener la seguridad de no ser engañados y para ellos, feroces verdugos de la dueña del mundo, inventaron la crueldad de quitar la vida a cuantos niños tuvieron la edad del Misias.
Por entonces cuando la orden llegaba a manos de Herodes, los yermos campos habían empezado a sacudir los sopores del invierno; renacía la vida por todas partes, el sol se elevaba, cada vez más sobre el horizonte de toda la Judea.
Un día, de los más espléndidos de aquella primavera temprana, se oyó el pregón fatal que condenaba a muerte a todos los niños, sin distinción de clases ni categorías. Los verdugos afilaron sus alfanjes; las madres derramaron arroyos de lágrimas; el país entero sufrió horrenda sensación de espanto, de lástima, de ira.
Pero la injusticia se cumplió, las cabecitas de tantos querubines rodaron a millares sobre los prados, sobre los caminos, sobre las piedras de plaza públicos, donde quiera que la soldadesca encontraba un niño de la edad consignada en el edicto de Herodes.
La sangre inocente regó la tierra en grandes espacios; las gotitas rojas esmaltaron los campos, las calles, las plazas, los caminos.
Y al día siguiente de cada gotita brotó una amapola y el viento recogiendo la semilla inundó bien pronto toda la tierra de la flor encarnada.
¡Ahí tenéis la leyenda de las amapolas! Como me la contaron os la cuento.
Y es lo peor que el hada no quiere servirme de testigo en el caso de que dudéis de mi palabra.

DARÍO VALEO
(Diario de Pontevedra, 25 de junio de 1897)

POR JURADOS (Eduardo de Palacio)

–El delincuente es un infeliz.
–¿Cómo puede ser eso?
–¡Dios nos libre de una mala lengua y de una mala voluntad!
–Y de un mal parto.
–Eso a ellas.
–Pues eso digo.
–Figúrese usted que se trata de un hombre de bien, según dice un testigo descargado.
–¿Descargado? Será «de  descargo».
–Justamente. El reo es un hombre de bien que mató a dos compañeros en beneficio o en defensa propia.
–¡Ya!
–Uno estaba durmiendo, cuando le mató el susodicho delincuente y otro alcoholizado.
–¿Usted conoce el hecho?
–Me lo ha referido un testigo…
–¿De descargo?
–¿Usted ha sido jurado otra vez?
–Sí, señor, por desgracia.
–¿Por desgracia? Es uno de los derechos del hombre más preciosos.
–Después del de pataleo.
–Para los reaccionarios, no.
–¡Ya Apareció aquello. ¡Un derecho que se ejerce bajo la amenaza de una multa de 50 a 500 pesetas! Es como si llevaran al elector atado codo con codo a ejercitar su derecho.
–Como esto de citar a uno para las doce de la mañana y tenerle aquí hasta las dos o las tres; y luego, que faltan jurados o que no le toca a uno en el sorteo, o que queda de suplente y no cobra dietas que es lo peor.
–Eso, lo de las dietas.
–Yo que dejo a aquella sola con tres muchachos!
–¡Qué atrocidad! ¿Aquella?...
–Sí, mi esposa. Y la casa abierta; es claro.
–¿Además?
Como que en buena hora lo diga; en mi casa hay mucho movimiento.
–Ya se ve.
Una casa de comidas y bebidas.
¿Nada más?
–¿Le parece a usted poco? Pero todo lo sacrifico gustoso, por el ejercicio  de ese derecho
–A mí lo que me molesta es que no paguen las dietas con puntualidad.
–Es una ayuda del Jurado.
–Son varias ayudas, para el hombre que tiene otras ocupaciones, aparte de la judicatura espontanea.
En otro grupo, otros tres o cuatro jueces de vecindad aguardan la hora de entrar en funciones.
Pasa un magistrado por el claustro y dice, de pasada, a un portero:
–Enchiqueren ustedes a esos que dificultan el paso.
–Señores – pregunta un alguacil: –¿ustedes son jurados?
–A eso venimos – responde uno.
–Pues adentro, adentro, que no se puede estar en la galería…
Entran los jueces legos en la antesala de la sesión.
Algunas horas después se presenta el secretario correspondiente, saluda o no, conforme a sus teorías y prácticas sociales, cuenta las cabezas «judicaturables» o «judicaricaturables», y si no hay número suficiente, se retira; y, si le hay pasa lista y adentro todos.
Cuadro segundo.
Allí están sentados los tres señores magistrados del Tribunal de derecho.
Los «voluntarios» o futuros jurados y los excedentes se sientan en los primeros bancos del salón: filas sin numeración, pero de preferencia.
Suena la campanilla, se abre la puerta para el público aficionado y de abono, y empieza la vista, previos sorteos de jurado y colocación de los mismos a los lados del Tribunal de derecho.
Acusado, defensor, fiscal, acusador privado, secretario, alguacil, magistrados, coro de jueces caseros, publico de ambos sexos, acompañamiento.
Señores jurados, ¿juráis decir verdad y con arreglo a vuestra conciencia?...
–Juramos.
–Pues, de dos en dos, poneos de manos y jurad por los Evangelios.
Un jurispeta a otro jurispeta en voz baja:
–¿Por qué nos tuteará el presidente? ¡Juráis, juráis! Bien pudiera decir: «¿Juran ustedes?» o «Juran usías» que al fin somos compañeros en el ramo, aunque sea inconscientemente; digo, casualmente.
***
Por lo demás el delincuente declara que fue el autor del arreglo; digámoslo así, de un francés y de un indígena por resentimientos en el juego del tute, y cuando ambos dormían las tajadas, cada cual la suya.
Por lo cual el fiscal pedía la pena de muerte y «accesorias».
La defensa solicitaba la absolución libre del inocente.
***
Apoteosis.
Aparece el jurado «deliberreando»- Y el Presidente.- Hay que tener en cuenta que no hubo alevosía ni nocturnidad, porque el hecho ocurrió en pleno día.
–Y que fue en defensa propia.
Toma! Pues si los otros dos están serenos y armados y le sorprenden dormido le «asan».
–Ya lo creo. Se ha confesado autor del hecho: esto es lo malo.
–No importa; el hombre no ha robado, que es lo que debemos nosotros castigar. Aunque sea por valor de un perro chico: lo demás…
–Eso, que yo tengo establecimientos y dependientes.
–Y yo idem de lienzo.
–Con que ¿estamos todos autónomos?–preguntaba un presidente que a mí me tocó «por suerte».
–Todos.
–Bueno, respondamos homogéneos a las preguntas.
Primera: «Benino Truchuela y Borrego, alias Papalina, fue el que en el día… de tal mes, de tal año, asesinó  a… y a…?» Nosotros respondemos.- «No».
Segunda- lee  el presidente: – «Los difuntos ¿habían provocado al Benino?... etc.». Esto es claro: dos hombres beodos provocan involuntariamente a cualquiera. «Sí».
–Y luego que cuesta trabajo cobrar las dietas por la representación. ¡Duro, duro!
–Eso. Tercera: «El Benino ¿estaba bebido cuando cometió el delito, caso de que lo cometiera?– «Sí».
Cuarta: La navaja con que se cometió el doble crimen ¿era de propiedad de Benino? – «No».
Quinta: «¿Estuvieron juntos el día de autos Benino y los dos muertos? » «“No».
Sexta: «El procesado ¿tenía resentimientos con los interfectos?»
–Poco a poco: aquí tenemos que decir que sí; porque ya hemos dicho «No» tres veces.
–¿Y es esto acaso juego de preguntas?
***
Pues a la calle fue Benino o Benigno.
Váyase por otro que ya va a presidio por cuatro años, por hurto de un par de huevos, no fritos, siquiera.
Se ha dado caso.

EDUARDO DE PALACIO.
(Diario de Pontevedra, 19 de junio de 1897)

El autor: Eduardo de Palacio nace en Málaga, pero vivió toda su vida en Madrid en donde desarrolla toda su carrera literaria. No se sabe a ciencia cierta cuando nació, pero ya en 1865 se tiene constancia de que es contertulio del Liceo Lope de Vega de Madrid y participa tamibén en la revista del mismo nombre. Sus artículos eran excelentes y dominaba muy bien el género festivo y sobre todo el tema taurino del cual era un gran aficionado. Firmaba sus  artículos taurinos con el seudónimo de "Sentimientos". Escribió dramas entre los que destacan Callos y caracoles, La poer enfermedad, El sargento de Utrera, Los forasteros,  y La Fiesta del santo. (Fuente: http://malagapersonajes.blogspot.com.es)

UNO MÁS (Francisco Cortés)

El matrimonio era feliz. Se habían casado enamorados el uno del otro hacía poco más de dos años, y un lindísimo angelillo, rubio como la madre estrechó aún más el sagrado vínculo; están rematadamente chiflados con el chiquillo, en el que la pasión paternal veía un sin fin de gracias y monerías que aún no habían germinado en el cerebro del chiquito. ¡Pero vaya usted a convencer a los papás primerizos de que ven visiones! Lo cierto es que la dicha anidaba en aquel lindo hotelito, embalsamado por las madreselvas, los heliotropos y los rosales que se ceñían como un cinturón de aromas y colores.
Él, Juanito, había tenido una primera juventud borrascosa, muy enamorado, listo y decidido, tuvo gran partido entre las mujeres, y sobre todo, en su época de estudiante fue un verdadero Tenorio de talleres y bailes. A fuerza de severas represiones pudo conseguir su padre que Juan terminara la carrera de abogado, aun cuando no la ejerció después porque tenía sobrada fortuna con el par de mil consejos que heredó de la madre. Sentó, por fin la cabeza, y el azar, con sus dedos invisibles, le condujo al lado de María, a la que entregó su corazón y su nombre.
María era un ángel. Sus virtudes corrían parejas con su belleza, y tanto era admirada por unas como por la otra.
Ella, sin embargo, no daba lugar a que ningún hombre, atraído por esa misma belleza, traspasar los límites de la galante cortesía; y esta conducta irreprochable hacía que Juan no diera cabida en su pecho a la venenosa sierpe de los celos.
Y así se deslizaron los dos años que llevaban del matrimonio sin la más ligera nubecilla que oscureciera el límpido cielo de aquel hogar, nido de sus amores.
De cuantas aficiones tuvo Juan de soltero, y fueron muchas y variadas, solo conservó, después de su matrimonio, una: la caza. A esta honesta diversión dedicaba algunos días de su tranquila existencia con algunos, muy pocos, amigos de la infancia.
En una de estas excursiones al monte, María buscó en la biblioteca de su marido un libro que entretuviera los dos o tres días de ausencia de su querido Juan.
Repasó los estantes y no encontró libro de su gusto, porque la mayoría de ellos los había leído ya.
Por fin, allá arriba, en el último estante, y en el último rincón, halló uno encuadernado en pergamino amarillento. La misma rareza del librote hizo que María se decidiese por él. Debía de ser uno de esos libros que encierran la ciencia antigua, tan rebuscada por los sabios; leyó el título Pandectas; vaya un nombre raro, se dijo; nada, este será mi libro de hoy. Y María se sentó en una butaca; abrió el libro y se dispuso a tragarse aquellas hojas de color de cera.
¡Qué aburridas eran! Decisiones jurídicas del derecho de la antigua Roma. María se aburría soberanamente y pensó cambiar de lectura. Comenzó a hojearle con rapidez y vio cruzar por entre el abanico de las hojas un papel suelto.
Buscó despacio hasta encontrarle y dio con él. Era una carta que sin duda sirvió de señal. La comenzó a leer con muestras de gran interés. Decía lo siguiente:
«Juan, tu conducta va siendo sospechosa para mí. Te olvidas de que en mi seno llevo un pedazo de nuestro amor, que acusa un desgarrón en mi honra, y tú tienes el deber de repararla. Si así no lo haces, no seré yo quien te recrimine; te dejo entregado a tu propia conciencia. Solo te recordaré que se aproxima el día fatal que tanto temo y tanto deseo. Siempre tuya. Rosario
El rostro de María se tornó pálido, su cabeza se inclinó sobre el pecho y los brazos cayeron a lo largo del cuerpo. ¡Qué descubrimiento tan triste para ella! ¡Su Juan, su querido Juan, tenía otro hijo que no era de ella! Las lágrimas rodaron por su rostro de virgen y se perdieron entre los encajes de su bata.
De pronto chispearon sus ojos, se colorearon sus mejillas y volvió a coger la fatal carta para buscar la fecha. No la tenía. Los celos hicieron presa en su corazón. Guardó la carta en el bolsillo y colocó las malditas Pandectas en su estante. Ella aclararía el misterio que la habían ocultado tanto tiempo. Las horas pasaron; horas tristes, regadas con lágrimas amargas, pero que en nada amenguaban el amor intenso que sentía por su marido.
Cuando Juan tornó de la partida de caza con sus amigos, encontró a María como siempre, risueña y amorosa. Durante la comida reinó la mayor confianza. Terminada que fue, al servir María el café, deslizó en la mano de uno de los amigos de su marido un doblado papel. Una cita en sitio y hora determinados.
El amigo de Juan, no volvía de su asombro. ¡La virtuosa María la esposa casta de Juan dándole una cita a él! ¡Qué pensar de ella! El tiempo, corto por cierto, pondría en claro la situación.
María salió al día siguiente muy temprano. Cuando Juan se levantó del lecho preguntó por ella y le dijeron que había salido temprano y aún como había vuelto. ¡Cosa más rara!... pensó Juan; salir ella temprano y tardar tanto.
Al volver María, la interrogó con naturalidad sobre su salida y tardanza y María se turbó algo al contestar. Las sospechas asaltaron el corazón de Juan, pero disimuló cuanto pudo.
Algunos días después, María, alegre y contenta, entró en su hotel y le dio una orden reservada al portero y a la doncella, no sin que fuera observada por Juan entre las persianas de su despacho. María entró derecha a ver a su marido, el cual fingía leer en un libro con mucha atención; le fue a dar el beso de costumbre, pero él la separó diciéndole:
–Déjame, déjame ahora, porque estoy muy ocupado consultando un asunto de gran importancia.
–¿De abogado?
–Sí, de abogado –replicó con más energía Juan.
–¿Estás incomodado conmigo?
–Yo… no ¿Por qué me lo preguntas?¿Has hecho tú algo que pueda molestarme?
–Yo… nada; pero me parece encontrar en ti una sequedad que no acostumbras a usar conmigo. Además dices que estudias un asunto de abogado, cuando no ejerces… ¿Quieres que almorcemos, Juan? – añadió María.
–Sí, vamos; aun cuando no tengo apetito.
–Ya verás como en cuanto empieces a comer…
Y el matrimonio salió del despacho, él con ese ceño que demuestra la contrariedad y el mal humor; ella sonriente y rebosando una satisfacción interna.
En el comedor, sentados a la mesa en sillas altas, había dos niños, uno mayor que el otro.
–¿Qué chiquillo es ese?– preguntó Juan.
–Un amiguito de nuestro hijo; ¿y te desagrada?
–No; pero me gustan poco los chiquillos, como no sea el mío.
–Pues entonces… tranquilízate; porque ese niño es el hijo de… la pobre Rosario, Juan, que murió al darle a luz.
–¡Eres un ángel, maría! ¿Un verdadero ángel! Y yo, un miserable, que he dudado de ti. ¡Perdóname si te he ocultado una falta que cometí en mi juventud y que tú reparas hoy con un acto generoso!
–¡Oh! Ya ves que estás perdonado. Desde hoy tenemos uno más, Juan.
Y María dio un beso a cada niño

FRANCISCO CORTÉS
(Diario de Pontevedra, 14 de junio de 1897)

EL CASTIGO (León Tricot)

El mujick más guapo, más fuerte y vigoroso del país, Volk Kolyadka, se casaba aquella noche con la rubia y linda Dobrynia Sviatoslavovitch, la que amaban y deseaban todos los mancebos de los alrededores, y ante la que Sviatogor de Maurom, el poderoso señor, se había detenido muchas veces a mirar sus grandes ojos de color de cielo, sus manos pequeñas de princesa y su boca, que parecía una flor.
Se casaba con ella, loco de amor; la conducía, más bella y deseable todavía con sus nuevos vestidos de boda hacia la casa nupcial, lejos, muy lejos, al otro extremo de la aldea, a la sombra de los oscuros bosques de pinos, ella se sonreía y él la estrechaba contra su pecho tierna y dulcemente con placer sin igual.
El camino se extendía desierto bajo la noche que caía, y el horizonte se hacía cada vez más oscuro. Entre las tinieblas se distinguía únicamente la silueta compacta y trágica del castillo señorial donde vivía Sviatogor Mourom.
Al volver un recodo del camino, Volk Kolyadka fue cogido por unos hombres que le arrojaron sobre la tierra y le amordazaron. Dobrynia, también cogida y atrechada, lanzaba gritos que el eco repetía, en tanto que un brazo de hierro la enlazaba y se la llevaba sobre un corcel negro, escuchando al mismo tiempo palabras de amor.
La noche es oscura y siniestra; la campiña inmóvil parece un lago de pesadas tinieblas. Volk, sin movimiento, al borde del camino, con la mordaza cruel en los labios, abandonado, torturado por la rabia, con los ojos hinchados por lágrimas de desesperación dirige hacia el castillo sus miradas henchidas de odio.
De repente, una de las altas ventanas se ilumina, y dos sombras aparecen: la una, estrechada, cogida, forcejando en vano por desasirse, recibe el beso feroz de la otra, y los músculos del desgraciado Volk crujen y se hinchan hasta romper las ligaduras.
¡Oh! ¡Aquello es horrible!... Se arranca la mordaza y corre hacia el castillo; golpea la puerta cerrada, la puerta de hierro, la terrible puerta… y grita, grita a pesar de la noche y el viento responde únicamente a sus gemidos!
–¡Dobrynia!... ¡Dobrynia!...
Entonces la ventana se abre, una sombra aparece de pie, desgreñada, con una herida en el costado, los vestidos hechos jirones, dando alaridos de terror… y Dobrynia cae, cae y rueda sobre los escalones de piedra…
Un clamor de espanto y de dolor sube hacia el castillo maldito, un clamor que se dirige a Dios, Es el derrumbamiento de un cadáver sobre otro cadáver.

Una gran sombra blanca se ha levantado sobre el castillo, que arde. Un viento furioso activa el incendio.
Sviatogor de Mourom ensilla un fogoso caballo, y, con la rabia en el corazón, empujado por una fuerza invisible, parte hacia el campo.
Nadie le igualó jamás; la fuerza circula por sus venas como la sangre de un puñetazo. Sviatogor vence al hombre, derriba un árbol y ahora los brazos de Sviatogor no han podido dominar aquella débil joven, que se le ha escapado como de los brazos de un niño… Ella se ha escapado de él por la muerte, pura, y él con la rabia del deseo la hiere.
Hincando las espuelas a la bestia hasta hacerla dar relinchos de dolor, parte sin saber por qué, empujado por el mismo deseo ignorado… Y detrás de él, siniestro, en lo profundo del espacio, incendiando el cielo con bandas rojas, el castillo arde, y una sombra luminosa, dirige la llama, la conduce y la aviva.
Sviatogor, sin volverse, devora la estepa y el tiempo; corre, corre al galope infernal y negro…
Después, de repente, el caballo se encabrita y se para.
Sviatogor salta a tierra estremecido de cólera.
Con el mango de oro de su puño pega en el morro ardiente de su cordel inmóvil, le rasga la boca con el bocado y le patea e pecho. Nada. Ni un movimiento. La bestia, sin embargo, no está herida. Allí está de pie en medio de la noche poderosa y fiera. Ante él no hay ningún obstáculo.
Sviatogor tiene miedo. Vuelve a subir sobre la silla y rasga con las espuelas los ijares del caballo inmóvil.
La sangre corre y el caballo relincha de dolor, pero no se mueve.
El caballero jura y grita, pega y amenaza.
Vuelve a echarse al suelo, se suspende de las bridas blancas de espuma y rojas de sangre.
La luna aparece. A su aparición, el negro corcel se estremece, agita la cabeza, se sacude y la sangre que sale de sus heridas salpica a Sviatogor.
La sangre cae a grandes gotas, en lluvia de enormes lágrimas purpurinas. El suelo está empapado, rojo, y el caballo se estremece y relincha.
Después, bruscamente cae.
Sviatogor ha lanzado un grito y trata de bajarse.
Una mano le coge por los hombros, una mano invisible y pesada, y aquella mano le martiriza y le aniquila.
Bajo su presión, Sviatogor vacila y el suelo empapado se hunde… Los pies del asesino están ya bajo la tierra enrojecida… y la mano continúa oprimiéndole los hombros.
Sviatogor sollozo y grita, clama y suplica, ruge, llora y se hunde.
La tierra le llega a la cintura, la tierra sangrienta y caliente y la presión de los cinco dedos se hace más pesada; la barba de Sviatogor arrastra por el suelo, sus labios beben la sangre y su voz se apaga…
Sus ojos, su frente y sus cabellos aparecen todavía; los ojos tienen una mirada de inexplicable horror… y los ojos, la frente y los cabellos se hunden…
Ya no hay más que la estepa blanca bajo la pálida luna, la mancha roja y el caballo muerto… El viento sopla y la nieve cae… Cae en grande s copos, cae en flores de anchos pétalos, cae… y la mancha roja subsiste.
¡La nieve puede caer durante siglos, toda la eternidad!... Allí estará siempre la imborrable mancha roja, la tumba de Sviatogor de Mourom, entre la nieve blanca y bajo el cielo azul.

LEON TRICOT.
(Diario de Pontevedra, 10 de junio de 1897)