viernes, 14 de agosto de 2020

Lluvia a media noche (Armando Silvestre)

        No soy responsable de que esta verídica historia empiece como otras muchas que os he referido. La comedia humana se reduce a repeticiones inacabables, con sus tres actos reglamentarios, y el telón se levanta para descubrir decoraciones harto conocidas.
       Es media noche y estamos en Carcassonne, en casa del Mayor Bellawine, a quien sus compañeros de armas llaman el cocumandan. Su mujer se llama Olimpia y el amante - el mejor amigo de Bellawine - Leopoldo. ¡Qué queréis!... No todos los seductores han de llamarse Arturos...
       Vean ahora, amigos míos, a lo que se expone un Mayor de los más simpáticos, por irse a charlar con sus colegas en vez de cuidar el honor del hogar doméstico.
      Aquella noche había recepción militar, y las noches de recepción Mr. Bellawine nunca regresaba a su casa antes de las seis de la mañana.
       Eran ya las doce y hacía más de dos horas que Olimpia y Leopoldo estaban juntos en la habitación más íntima... De pronto, ¡cric, crac! suena una llave en la cerradura de la puerta y seguidamente resuenan los pasos del Mayor, cuyas espuelas se arrastran bulliciosamente sobre el pavimento.
       La fuga era imposible. ¨Todo lo que pudo hacer Leopoldo fue refugiarse en el cuarto de baño, inmediato a la alcoba. En un rincón había un aparato hidroterápico, con su baño de cinc en la parte inferior y un cilindro rodeado por una cortina que permitía disfrutar tranquilamente y sin temor a miradas indiscretas, de los austeros placeres de la ducha. Leopoldo no vaciló, y arrojando su ropa debajo de un sillón entró en el baño, corriendo la cortinilla protectora.
       Durante este tiempo Olimpia había apagado la luz, y fingía dormir profundamente.
***
       El Mayor Bellawine traía un genio endemoniado. La recepción le costó muy cara; había perido en una hora cinco partidas de dominó. Aquello era inaguantable y por eso volvía tan temprano, bien ajeno de que iba a proporcionar un disgusto mayúsculo a su mujer y a su mejor amigo.
       El comandante se desnudó sin decir palabra, arrojó a un rincón sus botas de montar, observó el cielo asomándose a una ventana y entró temblando de frío en el cuarto de baño. Durante algunos momentos miró al aparato hidroterápico, frotándose el cuerpo nerviosamente y con intenciones de darse una ducha para entrar en reacción. Leopoldo estaba yerto de espanto... ¡Oh! ¡Si el Mayor descorre la cortina!... ¡Vano terror! Bellawine se contentó con vaciar cuatro jarros de agua en el receptáculo superior para la ducha matutina. Después se frotó el cuerpo con un ungüento oriental maravilloso que él mismo había traído de África y que servía para quitar el frío, y volviendo a su alcoba se acostó silenciosamente. Minutos después roncaba como un santo, ejecutando una sinfonía magistral.
***
       Entretanto, Leopoldo, que ya no podía sostenerse de pie, añadió a las anteriores una nueva imprudencia. Al querer cambiar de actitud apoyó un pequeño resorte y una lluvia fina y helada comenzó a resbalar por su cabeza y sus espaldas. Como la oscuridad era completa no daba con el maldito resorte y el agua seguía cayendo, continua, implacable, a pesar de todos sus esfuerzos. Aquella ducha cruel le hacía dar diente con diente... ¡suplicio abominable que acabaría con el pobre galán si se prolongaba un cuarto de hora! De repente Bellawine se despertó e incorporándose bruscamente en el lecho, gruñó con disgusto:
       -¡Voto a mil bombas, y como llueve!
          Olimpia no sabía a qué santo encomendarse y engañada también por el ruido, tuvo una inspiración.
        -¡Ah, Dios mío! - exclamó; - ¡he dejado las jaulas de los pájaros en medio del jardín!
       Ella sabía muy bien que el Mayor doraba a sus pajaritos. Los militares viejos suelen tener esas ternuras.
       -Es la primera vez que te olvidas, - murmuró el Mayor. Y saltando del lecho se visitó un pantalón y salió apresuradamente de la habitación.
       -Pronto, pronto, sálvate, - dijo Olimpia a Leopoldo entreabriendo la puerta del cuarto de baño.

       Leopoldo aprovechó la invitación y salió del baño tiritando y en un estado lastimoso, mientras Olimpia repetía: - ¡Pronto... pronto, por Dios!
       Leopoldo se visitó coo pudo y corrió hacia la calle, rápido como una flecha; mientras Olimpia se acostaba diciendo:-¡Salvadle, Dios mío!
       Pocos minutos después oyó las voces de dos hombres que subían la escalera, y en ellas reconoció distintamente la voz de su marido y la de Leopoldo.
       -¡Por vida del cielo, mi querido Leopoldo! -repetía casi sollozando el excelente Bellawine; - entra, entra... mi mujer te prestará sus auxilios... ¡Dormirás aquí! ¡Diantre, qué desgraciado soy!
       Y Bellawine empujaba a Leopoldo hacia la habitación, en tanto que Olimpia procuraba descubrir que podía significar todo aquello.
       -Ay, esposa querida; si supieras lo que acabo de hacer!.... ¡Pobre Leopoldo, mi mejor amigo!... Imagínate que bajo al jardín y veo que el tiempo es magnífico. Como yo estaba seguro de haber oído llover, pensé: "¡Vaya, será algún borracho que ha escogido mi puerta para satisfacer una necesidad!"... Y salgo sigilosamente, deslizándome a lo largo de la verja para sorprender al delincuente; en efecto, me aproximo y veo huir a un hombre...
       -Era Leopoldo - pensó Olimpia.
       -Corro en su persecución - continuó Bellawine; - ya sabes que soy un ciervo!... Le alcanzo y ¡cataplum! del primer puñetazo le hago caer de cabeza en la zanjilla llena de agua que hay junto a la acera... Me acerco más aún... ¡y me encuentro con el pobre Leopoldo, que se retiraba de la recepción!... ¡Ea, ea, levántate y ayudame a hacerle entrar en calor!
       Ollimpia obedeció reprimiendo la risa.
       -No te consiento que vuelvas a casa, - continuaba diciendo Bellaweine;- ¡vas a coger un catarro! Vaya, a acostarse; aquí está nuestro lecho. Mi mujer y yo dormiremos en las butacas.
       Leopoldo tuvo que resignarse. Cuando el Mayor le vio acostado, cogió su gabán y su képis , y se dispuso a salir.
       -¿Dónde vas, amigo mio? - le preguntó su mujer.
       - Corro en busca de un boticario, - repuso el heroico amigo; -necesito que me indique lo que 
debemos hacer para que entre en reacción...
       Y salió presuroso, como alma que lleva el Diablo.
***
       ¡Ceguedad humana! Bellawine estuvo ausente más de un cuarto de hora. Cuando regresó, ya Leopoldo, afortunadamente, no necesitaba de los cuidados del farmacéutico.


La Vida Galante.   27 de noviembre de 1898.


jueves, 13 de agosto de 2020

Las irreprochables (Catulle Mendes)

        Lisa de Belvélize. - ¡Cómo, es posible, tú lo crees!... Dime acerca de esto cuanto sepas. Habla...
       Marta de Lignolles. - ¿De qué, querida? ¿Lo que creo de qué?
       L.- De...
       M.- ¿De?...
       L.- De las mujeres...
       N.- De las mujeres...
     L.- Del mundo, del verdadero mundo; de las esposas honradas; de las mujeres, en fin, como nosotras...
       M.- ¿Y qué?
       L.- ¿Tienen amantes?
       M.- ¡Sí!
       L.- ¡No!
       M.-¡Te aseguro que sí!
       L.- Amantes con los cuales...
       M.- Seguramente.
       L.- ¿En la cama?
       M.- Casi siemjpre.
       L.- ¿En camisa?
       M.- No siempre.
       L.- ¿En fin, completamente?
       M.-¡Más!
       L.- ¿Cómo con sus maridos?
       M.-¡Mejor!
       L.- ¡Que abominación!
       M.- ¿A quién se lo dices?
       L.- ¡Pero eso son horrores increíbles!
       M.-Increíbles.
       L.-¡Mira!... Si yo supiese que una de mis amigas estaba en ese caso...
       M.- ¿Qué?
   L.- Aunque diese las mejores comidas de París, y recibiese a grandes duques y a embajadores, y admitiese en su placo reservado para todos los estrenos de Sara Bernhardt...
       M.-En fin, la mejor de las amigas.
       L.- Renunciaría a su trato.
       M.- Y harías muy bien, querida.
       L.-¡Oh, no es que yo sea gazmoña!
       M.- No,no; tú no eres gazmoña. Yo tampoco lo soy.
       L.- Tú tambpoco. Es cierto que en la vida mundana, a trueque de pasar por una provinciana o por una salvaje...
       M.- Que es lo mismo...
       L.- Está una obligada a tener con los hombres ciertas condescendencias...
       M.- ¿Quién se atrevería a sostener lo contrario?
       L.- Pero todo tiene sus límites.
       M.- ¡Pues bueno fuera que no los hubiese!
       L.- Así, por ejemplo, durante el vals, una puede dejarse estrechar la cintura algo más de lo indispensable.
       M.-Sí se puede.
       L.- En las comidas, aunque estemos muy descotadas, no hay inconveniente en parecerlo mucho más, inclinándose, inclinándose siempre, como si comiésemos ansiosamente los melocotones que están en el plato.
       M.- ¡Y qué raros se ponen entonces nuestros vecinos!
       L.-¡Qué ojos, qué colores!
       M.- Nadie sabe si son ellos los que buscan los albérchigos en su plato...
       L.- O en nuestros escote. Y todavía hay algo más extraño.
       M.- ¿Qué?... ¿Cuándo?
       L.-Si no se trata de melocotones, sino de polátanos. ¿Has reparado la cara que tienen cuando nosotras quitamos, con nuestros dedos desnudos, la cáscara verde...
       M.-¡Lisa!
       L.- Y colocamos entre los dientes...
       M.- ¡Lisa!
       L.-El plátano.
       M.-¡Oh, Lisa!... ¡Concluye, Lisa!
       L.- Y también comprendo que en el tocador inmediato al salón en donde se baila, abandone una la mano entre las manos que luego no quieren soltarnos, o que aceptemos con un estremecimiento que no da ninguna esperanza, un aliento muy cerca de los labios, o un leve rozamiento de bigotes entre los ricillos locos de la nuca.
       M.- Yo también lo comprendo.
       L.- Porque hay heteras y actrices desvergonzadas que se prestan a todo lo que quieren los hombres.
       M.- Mujeres repugnantes!
       L.- Que no son feas.
       M.- ¡Embadurnadas!
       L.- Tanto como nosotras. En fin, en los tiempos actuales, no tendríamos ningún amigo si no nos resignásemos a ciertas complacen cias.
       M.- ¡Es cierto!
       L.-Complacencias que no tienen nada de reprehensibles.
       M.- Nada.
       L.- Porque eso no es más que coqueteo.
       M.- Coqueteo. Justamente. Tú lo has dicho. Coqueteo.
       L.- Nada más. Y el coqueteo puede extremarse todo lo posible...
       M.- Y más aún.
       L.- Sin dejar de ser una mujer honrada.
       M.- ¡Puesto que es coqueto!
       L.- Por eso, yo...
       M.- ¿Tú?
       L.- ¿Tú conoces al Sr. de Marciac?
       M.- Mucho, sí, sí...
       L.- Estudia la fotografía en un hotel, calle Weber.
       M.- Bueno.
       L.- Pues bien, querida, yo he posado en su casa, yo.
       M.- ¡Es posible!
       L.- Como te lo digo.
       M.- ¿Desnu...?
       L.- Hasta la cintura!
       M.- ¡Oh!
       L.- ¡Diantre! El muy imbécil se estaba arruinando por la gordinflona Constancia Chaput, de Novedades.
       M.- Eres buena amiga.
       L.- Lo he hecho para bien de su mujer, que es amiga mía.
       M.- Está bien!
       L.- Otra cosa. Ayer el señor de Valensole quería, absolutamente llevarme a cenar al colmado...
       M.- ¿En el comedor general?
       L.- En gabinete reservado.
       M.- ¡Hola! Te negaste...
       L.- ¿Por qué?... Estoy segura de mí, y sabía que en el colmado no estaba más expuesta que en mi salón.
       M.-¡Tienes confianza en ti! De todos modos, en gabinete reservado....
       L.- ¡Caramba! cuando digo gabinete... Había en el fondo, detrás de unos cortinajes medio corridos, (cortinajes japoneses riquísimos, bonitos, deslumbradores)... una blancura vaga, indecisa, como un misterio de nieve...
       M.-¿Cómo, cómo, querida?
       L.-No puedes imaginarte; pero sí, lo imaginas, cuán extraños son todos esos rinconcitos... Continuamente resuenan en el corredor ruidos, risas, carcajadas de mujer y unas palabras... unas palabras... Y algunas veces los individuos se equivocan de puerta. Ayer, precisamente, a las cuatro de la mañana...
       M.- ¡A las cuatro de la mañana!
       L.- No puedo precisarlo... A las tres y media... Alguien entró, equivocado... Pero no vio nada, porque estábamos detrás de la cortina y yo tuve tiempo de esconder la cabeza debajo...
       M.-¡Tendrías un miedo!
       L.-Pero eso, bien considerado, no es malo, ¡puesto que es coqueteo!
       M.- Seguramente, puesto que es... Sin embargo, los límites de que antes hablabas...
       L.- ¡Oh... hay límites, aún para los límites!
       M.- Tienes razón. También el vizconde de Argelés ha querido llevarme muchas veces a cenar al colmado. Le he dicho que no.
       L.-¡Bah!
       M.-Pero ha venido a pasar un mes en el castillo de mi marido. En el campo, que bien. El campo es sencillo, es honrado. Nos íbamos a pasear juntos y solitos en cuanto los cazadores se marchaban. Hay, a la conclusión de un larguísimos y estrecho sendero, un escondrijo abierto en la espesura y entre crecidos herbazales, algo así como una gruta de verdura en la que no penetra el sol. Allí las horas eran tan dulces que nos parecían minutos, y una noche no nos hubiéramos acordado de volver al castillo a cenar, si una zagala que pasó por allí cerca no se hubiese acercado diciendo: - Tenga usted, señora, su enagua, que el viento ha arrastrado hasta la carretera.
       L.- ¡Tu enagua!
       M.- Sí, el vizconde no había tenido la prudencia de poner una piedra sobre mi ropa. Pero nada de eso es malo...
       L.- ¡Puesto que es coqueteo!... Lo extraordinario, es que mujeres del mundo, honradas, casadas...
       M.- Como nosotras...
       L.- Tengan amantes. Y, mira, aunque tú lo pienses, aunque lo digas, aunque conozcas ciertos secretos... ¡No, querida mía, no quiero creerlo, no lo creo!

   

       Vida Galante  13 noviembre de 1898


miércoles, 12 de agosto de 2020

El gato (Antonio Palomero)

      Le chat ne nous caresse pas, il se caresse a nous.
Rivarol.

       Enero. Reposa la madre Tierra cansada de su labor fecunda, derrama el cielo sus lágrimas sobre nosotros, silba el viento agitando los pelados árboles, y la nieve nos cubre con su manto de armiño...
       Baja el lobo del monte, callan los pájaros asustados por el frío, y al amor de la lumbre sueña el hombre con la gloria y la fortuna que alegran su espíritu como alegran el hogar las llamas de los viejos troncos que se consumen lentamente... En tanto, el gato realiza sus ideales, da su nota en el grandioso concertante del amor, y expresa sus esperanzas, sus celos, sus dolores como puede... ¡maullando!... ¡Qué antipáticos resultan sus maullidos! Y es que el amor molesta siempre, cuando no es uno mismo quien lo canta... También lo canta el gato, a su manera, y, más feliz que nosotros, ha podido reglamentar la pasión dedicándola algunos días del año solamente.
       Yo admiro a ese hermoso animal, como admiro a los egipcios por haberle divinizado... Gusto de pasar mi mano por su lustrosa piel, de acariciar su arqueado lomo y de mirar sus ojos, esos ojos que parecen sonreír burlonamente al contemplar con sublime indiferencia las alegrías y las tristezas de la vida.
       Todos los animales trabajan, todos son útiles: los que viven en compañía del hombre le prestan eminentes servicios o le dan sus productos y su vida... Hasta el perro que guarda la casa y el pájaro enjaulado que alegra con sus trinos las horas tristes, todos hacen algo en beneficio del hombre, todos trabajan y son útiles... ¡Solo el gato descansa siempre y para nada sirve!... Ni siquiera ya muerto, puede utilizarse... Se le llora sinceramente, y como va unida su memoria a tantos recuerdos agradables de la casa, se le diseca colocándole después en la consola o en el centro rodeado de retratos familiares.
       ¡Para nada sirve!... Y sin embargo, para él son todos los mimos y caricias, para él todos los cuidados del hogar donde se alza el trono de su grandeza. Convencido de su importancia pasea majestuosamente su figura, que cuida con refinamiento de mujer coqueta... Nada le falta; el plato favorito, los restos del festín, la ventana donde toma el sol, la lumbre para desentumecer sus miembros y el regazo donde entregarse al sueño, están siempre dispuestos para él... Si por casualidad se le irrita, araña; si se le festeja no nos acaricia, se acaricia con nosotros, y cuando se digna hacer algo, es la caza su única ocupación, de la que él nada más saca provecho... ¡Hermosa vida, a ninguna otra comparable! Por eso, sin duda, el gato tarda tanto en morirse; por eso dicen que tiene siete vidas... ¡Le va aquí tan ricamente que le cuesta mucho trabajo despedirse!
       ¡Yo te admiro hermoso animal! Te admiro porque posees el secreto de la existencia, la filosofía suprema buscada por el hombre con angustia infinita desde que abre sus ojos a la luz... Te admiro porque eres el ser más feliz de los seres de este mundo... Y sobre todo, te admiro porque simbolizas la Pereza y el Egoísmo... ¡Esos dos grandes y santos Ideales, perseguidos por la humanidad a través de los siglos!

Vida Literaria (Madrid)  nº 2.   14 enero 1899

martes, 11 de agosto de 2020

El Cornetín enamorado (Luís Taboada)

I

Sí, este traje de Pierrot me sienta perfectamente.
         La careta infundirá valor en mi ánimo y podré decir a Mariquita todo lo que siente mi corazón.
        Va al baile; me lo ha dicho su doncella a quién logré sobornar con el oro: por cuatro pesetas me ha puesto en antecedentes. Mariquita llevará un capuchón negro con lazos de color rosa. ¡Qué noche más feliz voy a pasar!... Podré extasiarme contemplando aquellos ojos menudos como piñones y aquellos pies grandes y rasgados, digo, al revés…
        ¡Caramba! ¡Qué daño me ha hecho el barbero! Por querer esmerarse, me ha dado un corte junto a la barbilla que me escuece de una manera…
       ¿A ver cuánto dinero me ha quedado? Seis duros. Sí, tengo lo necesario para comparar el billete, los guantes, los bombones y un ramo de violetas. Le regalaré el ramo, emblema de mi pasión modesta y sencilla. ¡Ay Mariquita de mi alma! ¡Qué noche más hermosa vas a proporcionarme!

 II

        ¿Entraré en el café? Sí, necesito tomar una copa de coñac bien fuerte: el alcohol fortalece el espíritu y hace valiente a los hombres.
       El mozo.- Quítese usted la careta.
       –¿Cómo?
       –No se permiten caretas en los establecimientos públicos, y menos de noche.
       –Pero…
       –Quítesela V. o voy por la pareja.
       –Bueno, hombre; me la quitaré, también es fuerte cosa que no pueda uno conservar el incógnito… A ver: Tráigame V. una copa de coñac del mejor. (Pausa).
       El mozo.- Este billete de cinco duros es falso.
       –¿Falso?
       –Queda V. detenido.
       –¿Qué dice V.? ¡Protesto! Esto es un abuso. ¡Yo soy un joven de bien!

 III

 –Pero, señor inspector ¡Por la Virgen Santísima! Yo no he fabricado el billete. Lo he adquirido por los medios legales como primer cornetín que soy del teatro Talia. Tengo personas que acrediten mi buena conducta… Además, yo estoy enamorado de una señorita muy decente. ¿Ve V. este disfraz de pierrot? Pues lo he alquilado para ir al baile… No me guía ninguna mala intención; mi único objeto es poder hablar a Mariquita y declararla mis puros sentimientos porque la adoro, señor inspector, la adoro…

 IV

 Gracias a la amistad de S. Serapio, el prestamista, que ha salido fiador, puedo verme libre… Corro al baile. Pero solo me quedan dos peseteas y una de ellas hasta me parece sospechosa. Felizmente no tengo que comprar la entrada, pues me ha proporcionado una Macilin, el flautín de la orquesta. ¡Ay Mariquita, Mariquita! ¡Cuántos apuros estoy pasando por ti! ¡Dios mío! Me he torcido un pie… Como estos pantalones son tan largos, a cada momento me los piso… Ya no podré bailar ni recorrer el salón del brazo de Mariquita ¡Qué desgracia!
       Un transeúnte.- ¿Se ha puesto V. malo?
       –No es nada; que me he torcido un tobillo.
       –¿A ver? ¿Quiere V. que le lleve a su casa?
       –No, no se moleste.
       –¿Es aquí dónde siente V. el dolor?
       –¿En la cintura? No, no señor; yo el tobillo lo tengo más abajo, cerca del pie.
       –Vaya, pues me alegraré que no sea cosa de cuidado.
       –Muchas gracias.
       –Abur… y diviértase.

 V

 ¡Cielos! ¡Ese bribón me ha robado las dos pesetas que me quedaban! Era un timador. Por eso me buscaba el tobillo junto al chaleco. ¿Y qué hago yo ahora sin un cuarto? Felizmente Mariquita no exigirá de mí que la convide a cenar. ¡Ella tan decente!... ¡Canastos! Como me duele el pie! Pero todo eso terminará cuando la vea, cuando la hable, cuando la diga todo lo que la quiere mi corazón…

 VI

 ¡Qué bullicio! ¡Cuánta gente! Ante todo voy a ver mi Mariquita. Por allí va una con capuchón negro y cintas de color de rosa ¿Será ella?
       –Mascarita, ¿quieres bailar?
       –Con mucho gusto.
       –(Es su voz, sí; su voz encantadora. Cada silaba resuena en mi corazón como una sonata de Chopin.)
       La orquesta.- Chin, chin, tarará, tararira.
       La del dominó.- Lo mejor será que nos sentemos, porque me amareo
       El pierrot enamorado.- Sentémonos si así te place… (Pausa) Mascarita: estoy loco de amor.
       –¿Qué dice usté?
       –Que estoy enamorado como un demente. Ansiaba que llegase este día para revelarte mi pasión. Yo soy Aquilino.
       –¿Qué Aquilino?
       –El que ronda tu calle, el que sigue tus pasos, el que toca el cornetín en Talia.
       –¿Pero, qué dice usted? ¿Sa vuelto usted chiflao?
       (Un hombre disfrazado de moro oye las últimas palabras de la máscara del dominó y se acerca al grupo)
       –Oiga usted – dice al pierrot –¿qué está usted hablando con esa señora?
       El pierrot.- ¿Cómo? ¿Es a mí esa pregunta?
       El moro.- ¿Sa creio usté que esa señora es alguna desas?
       El pierrot.- ¿Es algún delito amar?
       El moro.- Toma amores. (Bofetada)
       El pierrot.- ¡Bárbaro!
       El moro.- Toma, bárbaro. (Trompada.)
       El pierrot.- Defiéndame usted, Mariquita.
       La del dominó.- ¿Mariquita? ¡Si yo me llamo Ugenia!
       El pierrot.- ¿Eugenia?
       El moro.- (Arrancándole la careta al pierrot.) Quiero verle la cara a este señorito.
       El moro y la del dominó.- (Retrocediendo.) ¡Calla! ¡El vecino del piso cuarto!
       El pierrot.- (Dejando caer los brazos con desaliento.) ¡Cielos! ¡El portero y su mujer!

 

 Luís Taboada

La Vida Literaria 7 de enero de 1899   nº 1.

LOS CICERONE (Mark Twain)

       Una palabra sobre Miguel Angelo Buenarotti. Yo adoraba el genio potente de Miguel Ángel – ese hombre grande en poesía, en pintura, en escultura, en arquitectura – grande en todo cuanto emprendió. Pero no quiero a Miguel Ángel por almuerzo, por lunch, por comida, por cena… y en los intervalos. Me gusta variar alguna vez que otra. En Génova lo ideó todo; en Milán él o sus discípulos lo diseñaron todo; el lago de Como es obra suya; en Padua, Verona, Venecia, Bolonia, ¿quién ha oído jamás de los cicerone otro  nombre que el de Miguel Ángel? En Florencia lo pintó todo, lo diseñó todo, casi; y lo que no diseñó… solía sentarse en una piedra y contemplarlo. Nos mostraron la piedra…
     En Pisa lo diseñó todo, menos la vieja torre, y probablemente se la hubieran atribuido si no estuviese tan fuera de la perpendicular. El diseñó los muelles de Liorna y los reglamentos aduaneros de Civita Vecchia. Pero aquí… aquí es terrible. Él diseñó San Pedro, diseñó al Papa, el Tíber, el Vaticano, el Coliseo, el Capitolio, la Roca Tarpeya, el Palacio Barberini, San Juan de Letrán, La Campagna, La Via Appia, Las Siete Colinas, los Baños de Caracalla, la Cloaca Máxima… el eterno majadero diseñó la Ciudad Eterna; y a menos que todos los hombres y los libros mientan, pintó cuanto contiene…
     El doctor Dan dijo al cicerone el otro día:
     –¡Basta, basta! Diga Vd. De una vez que el Creador hizo a Italia… según los planos de Miguel Ángel.
     Nunca me sentí tan fervientemente grato, tan calmado, tan tranquilo, tan lleno de bendita paz como ayer, cuando oí decir que Miguel Ángel había muerto!....
     Pero nos hemos vengado de nuestro guía. Nos mostró miles de pinturas y esculturas en las vastas galerías del Vaticano, y miles de pinturas y esculturas en otros veinte palacios; mostrónos el gran cuadro en la Capilla Sixtina y frescos suficientes para cubrir el firmamento (casi todos pintados por Miguel Ángel). Le hemos jugado la misma partida con que hemos vencido a tantos otros guías.
     Nos muestra una figura: «Statua bronzo.»
     La miramos con indiferencia y el doctor pregunta:
     –¿De Miguel Ángel?
     –No–no se sabe de quién.
     Nos muestra el Foro Romano y el doctor pregunta:
     –¿De Miguel Ángel?
     –¡No! Mil años antes.
     Después un obelisco egipcio.
     –¿De Miguel Ángel?
     –¡Oh, mon Dieu! gentlemen, dos mil años antes de nacer Miguel Ángel.
     A veces le cansamos tanto con incesantes preguntas, que tiene miedo de mostrarnos cualquier cosa. Ha ensayado todos los medios imaginables para hacernos comprender que Miguel Ángel es solamente responsable de la creación de una parte del mundo; pero… no lo ha conseguido todavía.
     El doctor es el que hace las preguntas generalmente; tiene más aplomo, una cara de poeta inspirado y puede afectar el tono más imbécil del mundo. Es natural en él.
     Los guías en Génova gozan cuando pueden apoderarse de turistas americanos, porque los americanos se admiran hondamente y se conmueven ante cualquier reliquia de Colón.
     Nuestro guía estaba lleno de admiración, lleno de impaciencia, y dijo:
     –Vengan, caballeros; les enseñaré la letra de Cristóbal Colón. ¡Lo escribió él mismo, con su propia mano!
     Nos llevó al Palacio Municipal. Después de una aparatosa manipulación de llaves, etc., el documento, manchado y descolorido por los años, nos fue presentado. Los ojos del guía brillaban, y golpeando el documento con el dedo:
     –Lo que les digo, caballeros. Mirad la letra de Cristóbal Colón. ¡Lo escribió él mismo!
     Fingimos indiferencia; el doctor examinó el documento deliberadamente durante una pausa embarazosa; después, sin la menor muestra de interés:
     –¡Ah!... ¿qué… cómo dijo usted que se llama la persona que escribió «esto»?
     –¡Cristóbal Colón! ¡El gran Cristóbal Colón! Otro examen deliberado.
     –¡Ah! ¿Lo escribió él mismo, o… o cómo?
     –¡Lo escribió él mismo, Cristóbal Colón, su propia letra!
     El doctor puso el documento sobre la mesa y dijo:


     –He visto en América muchachos de solo trece años que escriben mucho mejor que eso.
     –Pero éste es el gran Cristób…
     –Qué me importa quién sea; es la peor letra que he visto. Usted no debe aprovecharse de nosotros porque seamos extranjeros. Si usted tiene alguna muestra de caligrafía de un mérito verdadero, tendremos mucho gusto en inspeccionarla, pero si usted no tiene… no perdamos tiempo aquí.
     Seguimos adelante. El guía estaba consternado, pero probó una vez más. Tenía algo que creía irresistible.
     –Vengan ustedes, les mostraré el busto de Cristóbal Colón. ¡Oh, es grande, espléndido, magnífico!
     Nos condujo ante un busto bellísimo… ¡Sí, bellísimo!
     Dio un paso atrás, y en actitud teatral:
     –¡Miren, caballeros, qué bello! ¡El busto de Cristóbal Colón, bello busto, hermoso pedestal!
     El doctor se puso el lente (reservado para estas ocasiones).
     –¿Cómo dijo usted que se llama este caballero?
     –¡Cristóbal Colón, el gran Cristóbal Colón!
     –Cristóbal Colón, el gran Cristóbal Colón… y bien, ¿qué hizo?
     –Descubrió América. ¡Descubrió América! ¡Diávolo!
     –¿Descubrió América? No, esa no cuela. Nosotros venimos de América y no hemos oído semejante cosa… Cristóbal Colón, nombre simpático. ¿Ha… ha muerto?
     –¡Oh!, corpo di Bacco! ¡Hace trescientos años!
     –¿De qué murió?
     –Yo no sé; no puedo decirle…
     –¿De viruela?
     –Yo no sé caballeros; yo no sé de qué murió.
     –De sarampión probablemente, ¿eh?
     –Puede ser… yo no sé… yo creo que murió de algo.
     –¿Viven los padres?
     –¡Im…posible!
     –¿Cuál es el busto y cuál es el pedestal?
     –¡Santa María! Este es el busto; éste es el pedestal.
     –¡Ah, ya veo! Feliz combinación; muy feliz combinación, ciertamente.
     Ayer pasamos tres o cuatro horas en el Vaticano, ese maravilloso mundo de curiosidades, y en más de una ocasión casi expresamos interés y aun admiración; nos costaba trabajo reprimirnos; sin embargo, lo conseguimos.
     El cicerone estaba asombrado, aturdido.
     De la mañana a la noche anda a la caza de cosas extraordinarias, y usa de todo su ingenio, pero inútilmente; nunca mostramos el menos interés en cosa alguna.
     Había reservado lo que consideraba la mayor maravilla para lo último: una momia real, egipcia, tal vez la mejor conservada del mundo, y se sentía tan seguro esta vez, que le volvió algo de su antiguo entusiasmo.
     –¡Vean, caballeros! ¡Momia! ¡Momia!
     El lente del doctor salió a relucir, y con la calma acostumbrada:
     –¡Ah!... ¿Cómo dice usted que es el nombre de esta persona?
     –¿Nombre? No tiene nombre. ¡Momia, momia egipcia!...
     –Sí, sí. ¿Nacido aquí?
     –¡No; momia egipcia!
     –¡Ah, justamente! ¿Francés, presumo?
     –No, francés no, ni romano; nacido en Egipto.
     –¿Nacido en Egipto? Nunca he oído hablar de Egipto. ¿En el extranjero, probablemente? Momia, momia. Tan tranquilo, tan pensativo… ¿Está… está muerto?
     –¡Oh, sacre-bleu! ¡Ha estado muerto tres mil años!
     El doctor se volvió furioso.
     –¿Qué significa semejante conducta? ¿Pretende usted jugar con nosotros como si fuéramos chinos, porque somos forasteros y queremos aprender? ¡Burlase de nosotros con sus viles osamentas de segunda mano!... ¡Rayos y truenos! Me dan ganas de… ¡En un Museo tan grande, bien podría haber cadáveres más frescos!

 

MARK TWAIN

Extraído de La  Vida Literaria (Madrid)   nº 3   21 enero 1899


 

domingo, 1 de abril de 2018

YO ESTOY POR LO POSITIVO (Ventura Ruíz Aguilera)

No vayas a pensar, lector amigo, que el que tiene en este momento la honra de dirigirte la palabra, es de los que están por lo que indica el epígrafe del presente artículo; pues aunque el término con que lo encabeza –llámalo, si quieres, sombrero o montera – se refiere al individuo parlante, esto es, a mí, has de saber que yo no soy el yo de que se trata, sino el que se aprovecha de una frase que principia con la primera persona del singular del repetido pronombre, para entretener a la segunda, que eres tú, a costa de la tercera que es el que está por lo positivo, o sea el positivista; persona a más no poder, sin embargo de que no falta quien opina que es cosa, porque no puede menos. Sea, pues, persona en buena hora, y tratémosle con el respeto y el cariño que se merece por sus atributos de tal, dejando escrúpulos a un lado.
El positivista disfruta, como cualquier prójimo, el privilegio de comer en plato y de beber en vaso; privilegio que –digámoslo de paso – le conceden a regañadientes los fabricantes de pesebres y de pilones, cuya industria se halla en lamentable decadencia desde que nuestro héroe sabe y cree que el positivismo es compatible con la racionalidad, el decoro y otras zarandajas.
Entregado en cuerpo y alma a esa creencia, no concibe que haya goces fuera de los que le pinta en su imaginación la brocha del materialismo, distinguido artista del siglo XIX. Una copa de exquisito vino, un bolsillo bien provisto, un manjar suculento, y si es raro mejor, una habitación lujosa, una querida, o dos, o media docena… he ahí compendiadas muchas de sus aspiraciones sublimes, de sus venturas supremas. Si en su corazón no hay fibra que responda a un sentimiento generoso, es porque los tiempos están malos, y la generosidad es derroche, casi crimen. Si en su cerebro no bulle un pensamiento elevado, es porque su humildad se lo prohíbe; su juicio le dice que los afectos son ilusiones, patarata la fe, el amor mentira; y para que se vea hasta donde llega su penetración, ha descubierto que la amistad es un comercio que debe cultivarse más o menos, según que sea mayor o menor el beneficio positivo que deje; de manera, que los amigos vienen a ser a sus ojos pedazos de galena o de carbón de piedra.
Para encontrar un positivista, no es necesario andar de zeca en meca armados de linterna, como el zascandil de Diógenes, en busca de un hombre; pulula por todas partes, existe así bajo las latitudes polares, como bajo las tropicales.
Entablemos conversación con el primero que se nos venga a la mano, que alguno se nos vendrá más fácilmente que el premio grande de la lotería moderna o que una buena comedia. ¿No digo? Ya me saluda uno.
–¿Qué hay de nuevo?
–Perdone usted, ando de ojeo, sigo la pista a esa doncella.
–¡Acabáramos! va usted a caza de gangas.
–Es mi fuerte.
–Pero, hombre; ¿es posible que con cuarenta y nueve años a la cola, continúe usted tan calavera? Siempre en galanteos, siempre en orgías…
–Eso es decirme indirectamente que ya debía reducirme al rosario y la bota.
–No tanto; pero la vida que usted trae no es para llegar a muy viejo.
–Al contrario; esta vida me satisface, me engorda y hasta me rejuvenece.
–¿Y qué adelantará con engañar a esa pobre muchacha, a quien conozco y es pura como una azucena; qué sacará con envolverla en las redes de su experiencia mundana, con reducirla tal vez a la vergüenza y a la desesperación? Porque supongo que V. no tratará de casarse con ella.
–¿Qué es casarme? ¿Soy, por ventura, algún hortera? Primero me arrojaría al Canal. Hijo mío, yo no me mantengo de ilusiones; soy perro viejo y tengo más escamas que una sardina; en una palabra, estoy por lo positivo. La haré promesas sin número, juramentos que se convertirán en humo; y después que la atortole y que la maree, después que haya desbancado a cierto mozalbete que la ama como un abencerraje, y dicho sea en honor suyo, con buen fin, la incauta paloma caerá en las garras del gavilán. ¡He desplumado ya tantas y tantas!
–¡Digna hazaña, por cierto!
–Digna o no, prefiero los goces de lo que los hipócritas y los pusilánimes llaman disipación, a la monótona existencia de los que miden todos sus pasos con el compás de esa cosa, a que los dan el mismo nombre de moral.
–Basta, basta; usted me enternece y me persuade. ¿Para cuando se dejan las coronas y las estatuas? Para cuando…
¡Calle! Voló el gavilán en pos de la paloma. ¡Ah! yo haré que el hermano de esa joven, que es teniente de granaderos, corte las alas a semejante pajarraco, antes de que caiga sobre su presa.
Ahora va el lector a hacer conocimiento con don Zoilo Zirutecas, excelente filántropo que ha construido el edificio de una fortuna colosal con el oro, la plata y el cobre de los necesitados a quienes ha socorrido en sus miserias, sin más ganancia que un doscientos cincuenta por ciento… nada, como quien dice. El Avaro de Moliere sería un niño de teta, un hijo pródigo al lado del incomparable Zirutecas, cuyos consejos, si se solicitasen y él quisiera darlos, derramarían torrentes de luz en varios problemas nebulosos de los que hoy rodean a la ciencia económica. Don Zoilo es la quinta esencia del positivismo. No saludará a un amigo por no malgastar un movimiento de cabeza, por no despilfarrar una palabra; es el Demóstenes, el Mirbeau del silencio. En sus operaciones usurarias jamás se anda con rodeos, sino que se va derecho al bulto, como los toros bravos, o al grano, como los gorriones hambrientos, con la certeza de que en negocio en que él tome parte, desde luego puede exclamar, como César: Veni, vidi, vici, o más vale llegar a tiempo que rondar un año, que dijo el otro. Asegura que es sordo, poro yo creo que lo es solamente a la voz de la razón, cuando esta no se halla en armonía con sus intereses, y a la desgracia, cuando la desgracia es irresponsable y le pide aunque no sea más que un ochavo; pues para el caso basta que se le pida. Crucemos con él algunas palabras.
–¡Señor don Zoilo!
Nada: ¡silencio sublime! Le tiraré por el gabán.
–¿Eh?
–Una viuda con cuatro niños muere desamparada en la calle de…
–Agur.
–Señor don Zoilo…
–Hombre, ¿me deja usted en paz? Ya sabe que yo estoy por lo positivo, que detesto la conversación, que el tiempo es precioso.
–Ya lo sé. ¿Me compra usted un pedazo de tiempo?
–¿Un pedazo de qué…? A ver, explíquese usted.
La sordera tiene una breve intermitencia: Zirutecas abre desmesuradamente los ojos y la boca, saca la caja del rapé y toma un polvo.
–Deme usted un polvito.
La sordera de don Zoilo se reproduce, lo cual coincide fatalmente con la guardadura de la caja.
–¿Con qué no hacemos nada? me pregunta con candor angelical.
–Mañana (aquí levanto la voz) escribiré a usted por el correo interior, y le hablaré largo y tendido sobre el importante asunto que…
–Mire usted, más vale que se pase por mi casa: ¡son tan remolones los carteros!
Zirutecas quiere ahorrarse la contestación escrita, por no gastar dos cuartos en el sello de franqueo.
–Corriente, iré a su casa.
Don Zoilo aplica la punta de un mal coracero a un soberbio habano que acabo de encender, con el cual se queda, a lo tonto, alargándome aquella, a lo sabio; operación en la que apenas ganará un quinientos por cero; en seguida me tiende un par de dedos, por no tenderme la mano, y se marcha con la música a otra parte.
El estoy por lo positivo es una bobería en concepto de algunos; pero en cambio, y váyase lo uno por lo otro, indica un olvido completo de la modestia y de las reglas de la buena crianza; porque quien tal frase pronuncia parece así como que presume de más avisado y perspicaz que los que le oyen; quien siempre la tiene en los labios no expresa con ella precisamente lo que significa, sino estotras o parecidas ideas: –Ustedes son unos peleles, unos angelitos; yo sé donde me aprieta el zapato; mi penetración es admirable; a mi nadie me la pega. –Y lo bueno del caso es que muchos de los que blasonan de sagaces, nunca pasan de ser unos desventurados que no tienen sobre que caerse muertos; lo cual demuestra que toda su perspicacia sucumbe, cuando no es favorecida por la suerte.
Hay positivistas que cifran toda su gloria en sus comodidades personales; los hay que solo piensan en francachelas y corroblas, como el libertino: quien se eterniza hablando de acciones, céntimos, empréstitos, valores y cotizaciones; quien revienta caballos y desvencija carretelas, eternamente ocupado o desocupado en vistas y paseos.
Conozco a uno cuya insaciable voracidad le hubiera hecho digno rival de Eliogábaro, a vivir en el tiempo de este ogro coronado. Mi amigo es hombre sin instrucción alguna, pero se las echa de erudito, figurándose que para serlo basta aplicar a tontas y a locas media docena de voces, que suelen poner más en evidencia su ignorancia supina. Lo mismo fue anunciarle mi nombre el criado que me abrió la puerta de su casa la última vez que estuve en ella, salió a recibirme, envuelto en una bata de damasco estampado, cubierta la cabeza con un gorro argelino de paño de grana, armada la una mano con un cerillero encendido, una botella y una barra de lacre, y con un látigo en la otra.
–¡Paso a la poesía! ¡Viva la literatura! gritó restallando el látigo y tendiéndolo en seguida sobre las inocentes costillas de tres perros como tres elefantes, que de seguro devoraban al día lo que acaso pudiera mantener a dos familias pobres.
Los perros agacharon las orejas y huyeron gruñendo, rabo entre piernas, a los aposentos interiores, resentidos, al parecer, de que su dueño mostrase a un forastero, a un intruso, deferencias que generalmente reservaba para ellos.
–Dispense V. amigo, –prosiguió, – que le reciba con esta facha; si hubiera sabido que un protegido de Apolo había de favorecer y honrar esta prosaica choza, otra acogida más digna le hubiera preparado. Sin embargo, aún podemos celebrar tan fausto suceso haciendo una pequeña libación a Baco, porque, debo confesarle que hago tal cual sacrificio al dios de las viñas, divinidad pagana que me los recompensa proporcionándome momentos de alegría. Vea V., estaba lacrando botellas de dorado Jerez. Vaya una copita.
Y quieras o no quieras me condujo al comedor, templo y al par teatro de sus glorias cotidianas, y me hizo apurar una copa.
–Amigo, tengo ya cincuenta años; he logrado reunir una renta que me da lo suficiente para vivir con independencia, aislarme en medio de la sociedad como San Pacomio en medio del desierto, y reírme de todo el mundo, el cual se ríe a su vez de los tontos que se alimentan de sueños y de pensamientos que, por sublimes que sean, de nada sirven en el mercado. En una palabra, estoy por lo positivo. Dentro de mi concha como una tortuga, contemplo tranquilo el espectáculo de las miserias humanas; y aunque el cielo se venga abajo, no saldré de la indiferencia que forma mis delicias… Dirán que soy un egoísta, un hombre sin entrañas… ¡música, música celestial! ¡Estribillo eterno de la filosofía mendicante!
–En suma, V. reconcentra todo su cariño en el hogar doméstico, en la familia.
–En la familia, exactamente; Pues aunque soy célibe, por aquello de el buey suelto bien se lame, no puedo dispensarme de simpatizar con esos leales animalitos que ha visto V. en el pasillo, los cuales constituyen mi verdadera, mi única familia. Y, a propósito, voy a declararle todos mis pecadillos; sepa V que vivo en pleno gentilismo, que mi casa es una miniatura de la Roma idólatra, y si no, a la prueba. ¿Qué ve V. ahí?
Al dirigirme esta pregunta, abrió una de las puertas que había yo notado en el comedor, y entré en una espaciosa despensa que contendría provisiones para dos años.
–Veo–le contesté–docena y media de estupendos perniles, otras tantas hojas de tocino, enormes atados de chorizos extremeños; racimos de guindillas; dos cabezas que, si no me equivoco, son de jabalí; cuatro tinajas de aceite; tres valientes pellejos, generales en jefe del ejercito de botellas que en correcta formación están en el suelo esperando la hora de derramar su sangre; salchichones, ollas de manteca, excelentes quesos, aceitunas como nueces, tarros de dulce, barriles de escabeche… y qué sé  yo cuantos cosas más!
–Pues bien, esos son mis dioses penates.
–Observo, no obstante, que con todo su amor a la antigüedad, no hay señales de que profese V. mucho amor a las artes.
–Observación es esa que dejará de serlo en cuanto enseñe mi biblioteca y mi museo.
Me introdujo en un lindo gabinete alfombrado, y parándonos junto a un estante no  muy surtido, en verdad, de libros, me dijo:
–Tome V. la obra que guste.
Saqué una y leí: Arte de Cocina.
–¿Se convence V. ahora de mi afición a las artes? me preguntó con sonrisilla burlona. –¡Vaya otro! continuó, cogiendo el segundo.
Me lo dio, y vi en el lomo este título: El Gastrónomo perfecto.
Examiné la portada del tercero, la cual contenía esta sola línea: Placeres de la mesa.
La del cuarto decía: Arte de trinchar.
La del quinto: Lecciones de tauromaquia.
La del sexto: Destilador de licores.
El museo de mi amigo se reducía a una mala copia del cuadro de los Borrachos; una cacería, copia también, de menos mérito, si cabe, que aquella; cuatro lienzos de frutas, gallinas y palomas con el cuello retorcido, y platos con diversos manjares, obra todos ellos de algún pintador de burras de leche y de chuferías.
Mi amigo, observando mi admiración, no cesaba de repetir:
–Esto se llama entenderlo, querido, lo demás es pamplina. Déjese V. de retóricas y de calendarios, dedíquese a negocios de utilidad efectiva, tangible, y echará otro pelo más lúcido.
Yo he tenido también mi alma en mi almario; he gastado nervios como cualquier hijo del vecino, ideas tan elevadas que se perdían en las nubes; y recuerdo perfectamente que nada sacaba en limpio, y que siempre, por ello, andaba hecho un pelagatos; pero lo que es en el día estoy por lo positivo y solo por lo positivo.
El positivismo, como las epidemias, deja por donde quiera que pasa huellas profundas de sus estragos, no perdonando sexos, edades, jerarquías, ni profesiones. La literatura misma se ha positivizado; y de árbol verde, frondoso y elegante, se ha convertido en tronco arrugado y seco, por cuyos vasos apenas circula savia bastante para alimentar su raquítica existencia. El majestuoso, el elocuente, el abundante idioma de nuestros padres, es un galimatías ridículo, inarmónico, embrollado; una jerigonza compuesta de retruécanos, antítesis, agudezas romas, sales insulsas, sentencias alambicadas o traídas por lo cabezones, y juegos de palabras, en la cual no se encuentra un pensamiento por un ojo de la cara, ni un chiste natural y de buena ley, por entrambos ojos. El novelista corta el vuelo a su imaginación y empobrece la frase, no siempre por ignorancia, sino por cálculo; así es que en lugar de periodos numerosos y de rumbo, como se usaba en nuestra tierra, en los que pueden lucirse y campear las galas de la lengua, nos da palabrillas con pujos de renglones, su poquito de guión a cada paso, y su mucho de admiraciones y puntos suspensivos. Un ¡ay! ocupa una línea, y vale tanto como una línea llena de letras. (Véanse los diálogos de este artículo). De esta degeneración literaria ha nacido la Zarzuela que conocemos, engendro menguado, producto enfermizo del contubernio del ingenio con la especulación, del cual ha resultado un repertorio modelo de… El público sensato llenará este claro.
Pero la Zarzuela constituye lo positivo de nuestra literatura escénica, y mucha virtud y gran temple de alma o posición muy desahogada ha de tener el pobre autor que no doble su frente a la necesidad, y que no concurra con su piedra a levantar el monumento de nuestra ignominia.
Ni la santidad del amor se libra de la influencia del positivismo. Para contraer un lazo que decide la suerte de toda la vida; ¿qué persona hay ya tan cándida que se tome la molestia de consultar su corazón y su conciencia? ¿Quién es tan ignorante que no sepa que una buena dote es la base más sólida de la tranquilidad y de la dicha conyugales? Cierto es que en ocasiones, si se verifica el enlace, uno de los cónyuges apalea al otro con lo de si aportase o no tanto o cuanto al matrimonio, si te casaste o no por amor; añadiendo, para amenizar la fiesta, interjecciones y dictados que todavía no se permiten en los diccionarios y que se conservan por tradición; pero esas son tempestades que, como todas, suelen pasar pronto, si pasan; y nunca es más hermoso el cielo doméstico que cuando aparece el arco iris de la reconciliación, después de una hora de voces, chillidos, amenazas, cachetinas, repelones, pataletas y lloriqueos, oídos y a veces presenciados con apacible satisfacción por el curioso vecindario, o al menos por tal cual inquilino aficionado a tan divertidos espectáculos; de donde resulta, que si bueno era el contigo pan y cebolla de los románticos, bueno y bonísimo es el estoy por lo positivo de los novios que hoy se estilan.
El positivismo hace que el joven fresco, entero y sano, se una con la anciana marchita, achacosa y derrengada como silla vieja; que el periodista que quiere medrar, venda a todo el mundo su pluma ramera; que se mire con desdeñosa compasión al que tiene la osadía de creer en los afectos nobles y delicados, a los cuales pospone los que dominan en gran parte de los hombres entre quienes vive; y, finalmente, que el chalán político se encumbre, y se arrastre en la miseria el que mira la política como una especie de religión.
Ahora podríamos exclamar con el orador latino: ¿Qua in urbe vivimos? ¿Qué sociedad es esta, en que lo malo pasa por bueno, por verdadero lo falso, la hipocresía por religiosidad, la virtud por necedad, casi por delito afrentoso?... Pero no, no haré esa exclamación, o por mejor decir, al hacerla solamente me propuse lucir mi profundidad filológica; pues tras de gustarme poco las jeremiadas, no soy de los que suponen que nuestros abuelos fueron unos benditos de Dios, y nosotros unos tales y unos cuales, dignos de sufrir, por nuestros vicios, la suerte de los habitantes de Sodoma y Gomorra.
Conste, pues, que el positivismo es, ni más ni menos, una moda que pasará, sin remedio; y el positivista uno de los tipos más curiosos, sino menos dañinos de nuestros días.

El Museo Universal, 1 de agosto de 1859.

EL POBRE CIEGO (Fernando León Castillo)

A mi querido amigo Antonio Matos Moreno

Era noche de baile.
Una de las casas más ilustres de España, y que a un ilustre título, recuredo de antiguas glorias, lleva aneja una riqueza fabulosa, quería deslumbrar a la sociedad madrileña, haciendo alarde de esa riqueza.
En sus salones se daba un baile de trajes, que quedará por mucho tiempo grabado en la memoria de los que tuvieron la dicha de asistir a él.
En ese baile sin igual todo estaba representado y todo confundido; se encontraban hombres de todos los tiempos; vestían trajes de todas las épocas, de todos los pueblos; Aquí se veía a Boabdil estrechando dulcemente a Isabel la Católica, reclinada sobre su hombro con voluptuosa indolencia, pasar como visiones al dulce arrullo del fantástico wals; allí Felipe II tomaba del brazo a Isabel de Inglaterra; más allá Octavio hablaba de amor a Cleopatra; las ideas más antitéticas se hallaban allí completamente hermanadas, hermanados opuestos principios, marchando unidos del brazo pueblos de distintas tendencias, enemigos mortales reconciliados, y todo pasaba al compás de misteriosa música, entre flores, esencias, luz, amor, armonía, y pasaba en revuelto remolino reflejándose como sombras chinescas y multiplicándose hasta el infinito en tersas, brillantes lunas de Venecia. ¿Qué era aquello, un pandemónium o un panteón sarcástico de la historia? No era nada: era una sociedad que rendía tributo al lujo, al placer y a la opulencia.
Yo estaba allí y también les rendía el mismo tributo.
Al fin la música, el baile, la agitación con que latía el pecho de aquellas mujeres, las palabras perdidas de amor que llegaban a mis oídos y que no eran para mí, las miradas de fuego que saltaban chispeantes de los ojos ardientes de cien mujeres hermosas, todo llegó a desvanecer mi cabeza y a aturdir mis sentidos. Yo necesitaba respirar otra atmósfera y salí a respirar el aire de la noche.
Después de haber atravesado varias calles, cruzaba por una de las más concurridas de esta corte.
Sonaban las dos en el reloj de la iglesia vecina. La noche estaba triste; ni una estrella brillaba en el cielo, envuelto en el oscuro manto con que se visten las largas, melancólicas noches de invierno, y una niebla espesa que cubría todos los objetos entre los ligeros pliegues de su flotante gasa, traía a mi memoria las nieblas del Támesis, eterno sudario que cubre ese foco de vida y sepultura del alma, Londres, que velando duerme a sus orillas.
Algunos rayos de luz macilenta desprendidos de los faroles, penetraban brillando como miradas de bruja en la oscuridad.
Mi alma estaba triste y a mi mente se agolpaban mil ideas tan lúgubres, tan melancólicas como la noche. ¡Misterioso poder, mágico influjo de la naturaleza, que casi siempre imprime en el hombre su carácter, la variedad infinita de sus manifestaciones, en medio de su infinita armonía, de su belleza infinita!
Decidme, ¿cuándo viste el cielo su manto azul, cuando en su centro brilla el sol como riquísimo diamante lanzando torrentes de luz de sus innumerables facetas, y el mar tranquilo se duerme en la playa sobre su lecho de espumas, y el bosque se cubre de verdes hojas, y las palomas del valle dan a los vientos su misterioso arrullo, decidme, ¿no sentís en vuestra alma un gozo indefinido, una alegría inefable, un placer sin límites?
¡Ah! y cuando el cielo está nebuloso y el sol se oculta tras la preñada nube, y pierden los árboles una a una sus hojas mustias y amarillas como el corazón pierde las ilusiones cuando llega el otoño de los desengaños y cae la lluvia como el llanto con que lloran los cielos, y en las ramas no trinan los pájaros, y solo se oye el melancólico canto de las aves de paso, viajeras incansables mensajeras del tiempo, habitantes de todas las regiones, hijas de todos los países, que a todas partes van llorando en triste canto su proscripción eterna, decidme, ¿no sentís en vuestra alma vago pesar, honda pena, dulce melancolía?
Aquella noche triste había infundido en mi alma la tristeza: –Yo deseaba sentir. Aquí, donde la miseria se cubre con deslumbrantes vestiduras y el pesar se oculta tras la aparente alegría, donde cada hombre marcha derecho a un fin siempre material, sin cuidarse de lo que le rodea, donde el corazón no es más que un aparato raquítico que mueve la indiferencia –¿qué alma no desea sentir? ¿Qué corazón no desea latir a impulso de verdaderas impresiones?
Pero ¡ah! querido lector, ya me olvidaba de ti: ¿a dónde voy con esta tan larga digresión? La digresión casi siempre es el olvido de los lectores, y lo confieso, ya me había olvidado de ti; he sido egoísta, porque solo me acordaba de mí; perdóname, que es disculpable este olvido, cuando tanto gozaba mi alma con el recuerdo de aquella noche.
Cruzaba, pues, decía, por una de las calles más concurridas de esta corte: entonces estaba solitaria; al llegar a un extremo de ella, escuché los melancólicos sonidos que exhalaban las cuerdas de una guitarra, que acompañaba el canto monótono de apagada voz.
Era un pobre ciego.
Sentando en la enlodada acera, sufría con resignación la lluvia.
Envuelto en un manto hecho girones por el tiempo y la miseria, estaba un niño tiritando de frío y llorando sin consuelo ¡Pobre niño!
El ciego cantaba tristemente y la voz casi se helaba en sus labios:

Duerme el mundo sosegado
Y todo descansa en paz:
Duerme el rico, duerme el pobre;
A mi me toca velar.

Una limosna señores,
Para un pedazo de pan,
Que se muere de hambre mi hijo,
Y yo con él de pesar.

En las sombras de la noche
El día tranquilo duerme,
Y en las sombras de mis ojos
La esperanza de la muerte.

Reyes y grandes del mundo,
Dad limosna al pobre ciego:
De los pobres de la tierra
Es el reino de los cielos.

Los lamentos del niño, el canto triste y monótono del pobre ciego, el sonido misterioso de la guitarra, formaban un contraste horrible con la música suave y voluptuosa del baile, que aún resonaba en mis oídos. La música es el lenguaje del alma: lo mismo arrulla el placer, que entretiene la miseria y la pobreza.
¡Ah! ¿por qué la vida es para unos senda tapizada de olorosas flores, rica estancia en cuyo centro se alza la imagen del placer envuelta entre perfumes, suaves esencias y oloroso incienso, y para otros es senda erizada de espinas, sombría estancia donde se alza con su horrible palidez la imagen de la miseria?
¡Triste arcano que fuera inútil descifrar! El destino de una parte de la humanidad es llorar su pobreza. Preciso es inclinar la frente ante la fuerza incontrastable del destino. ¡Ay de la humanidad el día en que el pobre no se resignara con su suerte!
¿Por qué los hombres no son todos felices? ¡Ah! los árboles en la primavera tienen entre sus verdes hojas alguna marchita; este árbol inmenso que se llama humanidad, donde cada rama es una familia y cada hoja un hombre, tiene también sus ramas secas y sus hojas marchitas…
Los lamentos del niño habían cesado; el pobre ciego agitaba maquinalmente las cuerdas de la guitarra, y con voz casi imperceptible repetía:

Reyes y grandes del mundo,
Dad limosna al pobre ciego:
De los pobres de la tierra
Es el reno de los cielos.

El niño había muerto de frío y de hambre. ¡Pobre hombre!...
Se oyó poco después un terrible quejido, un suspiro arrancado desde el fondo de un corazón herido de muerte.
El quejido y el suspiro se perdieron entre las sombras calladas de la noche.
El pobre ciego había muerto también abrazado al cadáver de su hijo.
Poco después todo quedó sepultado en profundo silencio. La noche seguía su carrera en los espacios: los sueños envolvían el mundo entre sus alas y todo dormía en paz.
El nuevo sol que brille en el cielo, alumbrará los cadáveres de dos desdichados.
¿Qué importa? Ruede el mundo en sus ejes de diamante. La nave que lleva en su seno a la humanidad, desplega al viento su blanca lona y surca altiva un mar bonancible sobre lecho de espumas, y arrojando torrentes de humo que suben en larga espiral hasta los cielos, único incienso que hoy quema la humanidad ante el genio del siglo XIX, salva las distancias con la velocidad del rayo, encuentra fin a lo infinito y lo inconmensurable mide.
Si alguno cae al mar no encuentra una tabla de salvación, y lucha y relucha en remo con la agonía de la muerte.
Poco después las aguas le habrán sepultado y brillará tersa la superficie del mar.
La nave sigue su marcha, y ni en la estela que forma su quilla, deja un recuerdo para el que queda atrás.

El Museo Universal, 21 de febrero de 1864