lunes, 17 de agosto de 2020

UN EPISODIO DE LA GUERRA CIVIL (Isidoro García Flores)

        Era yo un niño y aun recuerdo con horror algunos episodios de la guerra civil en la que disolviéndose los lazos sagrados de familia y luchando hermanos contra hermanos y padres contra hijos desoló por espacio de siete años nuestra hermosa patria. Vivía entonces con mi familia en un pueblo inmediato a los montes de Alamín, guarida constate de los secuaces de D. Carlos y donde dominaron algún tiempo sin que las fuerzas isabelinas pudieran contener aquella orda de hombres armados. Mi hermano mayor, cabeza de familia, concluida su carrera de abogado se había establecido con nosotros. Como joven que era e instruido se decidió por la augusta niña Doña Isabel II y trató de unirse a los hombres de su misma opinión, comprometiendo no solo a estos sino a otros muchos a la defensa de sus personas y bienes que se hallaban todos los días a merced de los forajidos. Su pensamiento fue secundado y bien pronto se reunió en torno suyo un fuerte partido que aclamándole por jefe se halló en disposición de contrarrestar las fuerzas reunidas. Desde entonces las partidas facciosas miraron con respeto a dicho pueblo sin atreverse a atacarle al descubierto, y cuantas veces lo intentaron otras tantas fueron rechazadas con denuedo.
       En un basto edificio, palacio que era de los marqueses, antiguos señores de esta villa y que se hallaba en la plaza pública se formó una especie de fuerte para si alguna vez se veían  atacados por fuerzas superiores poder refugiarse en él las familias comprometidas como en ultima defensa. Siendo lo más temible que pudiera ser comprometido el pueblo por la noche y sabiendo tenían los facciosos muchos espías en él había siempre en dicho palacio una guardia preventiva. Para mayor seguridad jamás mi hermano pasó una noche fuera de él a donde se retiraba al toque de queda.
       Había también en mi pueblo una joven  dotada de singular belleza a la cual mi hermano amaba desde niño siendo a la vez correspondido con un amor igual. No había bastado a romper este lazo la diferente opinión que profesaban las dos familias en términos que la de la joven tenía dos hermanos jefes de facciosos, por lo cual se hallaba entonces ella sola con su padre. Siendo este perseguido por las autoridades constituidas, mi hermano había podido muchas veces hacer cesar por amor a este niña la persecución que contra él se desencadenaba saliendo en varias ocasiones fiador de su conducta. Acaso por esta razón el padre consentía las relaciones amorosas de los jóvenes, pero sus hijos no podían sufrir un enlace que creían les deshonraba.
       Un día entró en casa de D. Pedro, que así se llamaba el padre de la niña, un desconocido, tomando mil precauciones para no ser visto, presentó una carta que leída por D. Pedro.
       -Bien, dijo este acaso tienen razón, y sea una obra meritoria a Dios el exterminio de los enemigos de la religión de nuestros mayores.
       Enseguida entró en su cuarto, y trazó con manos trémulas, pues a pesar de lo fanático que era su conciencia no estaba tranquila, cuatro renglones que decían.
       "A la hora de queda le acompañaré: estad escondidos en la primera bocacalle que hace esquina, y haced fuego sobre el que lleve un cigarro encendido."
       Entregó esta esquela sin firma al desconocido, quien guardando las mismas precauciones, salió del pueblo dirigiéndose a los montes de Alamin.
       En esto conocerá el lector que era un espía de los hijos de D. Pedro y el asunto que meditaba era el asesinato de mi hermano, pagándole de este modo el amor que tenía a la hermana de aquellos y los favores que había dispensado a su padre. ¡Pero cuanto no puede el odio en la guerra civil y más cuando las almas están imbuidas en un ignorante fanatismo!
       Todo aquel día lo pasó D. Pedro en un continuo sobresalto: por un lado se creía otra Débora que iba a librar a su pueblo del jefe de sus enemigos y de su Dios, mas a la vez su conciencia le agitaba sin cesar , y se le ponía delante lo atroz y horrible de la acción que iba a cometer, y la ingratitud con que iba a pagar los beneficios recibidos. Su bella hija le preguntó mil veces la causa de su desasosiego, y sin embargo de las razones evasivas que la daba, pudo comprender por las palabras que se le escapaban que aquella noche iba a suceder algo extraordinario y la contraseña había de ser un cigarro encendido. Su corazón la presagiaba mil males, y su amor inventaba otros tantos medios para evitarlos, pero inútilmente, pues no sabía cual era la desgracia que la amenazaba.
       Al oscurecer, como siempre llegó mi hermano a aquella casa. Desde luego notó algo de extraordinario. La mirada inquieta de su amada y el semblante taciturno de D. Pedro le hicieron poner sobre aviso. A esto se juntaba la presencia continua de este que otras veces acostumbraba a salir del cuarto a dar disposiciones de su casa, y aquella noche no se apartó del lado de los amantes evitando se hablasen solos, ni dirigieran una mirada.
       Llegada la hora de queda, mi hermano se levantó para marchar, y D. Pedro se dispuso a acompañarle para no infundir alguna sospecha si no lo hacía. Aquí debo advertir que mi hermano jamás desprendía de sus labios el cigarro puro encendido, pues era fumador, y D. Pedro muy raras veces fumaba. Al despedirse fue a encender como tenía de costumbre el cigarro y al alargarle el fuego la inocente niña dijo a media voz.
       -Cuidado con el cigarro.
       Esta palabra dicha con toda intención, aun cuando no le explicaba el sentido, le hizo comprender ocultaba algún misterio y un peligro que era necesario evitar.
       Salieron de allí dirigiéndose al palacio que como hemos dicho servía de fuerte.
       Las noche era oscura y tenebrosa, y mi hermano dominado por un secreto temor iba formando mil cálculos sin poder atinar en ninguno el medio de evitar el peligro que bien veía se acercaba. Fiado en la palabra que había oído, apenas salió a la calle sacó de su petaca otro cigarro y le alargó a su compañero invitándole a que le encendiese, a lo cual se negaba tenazmente.
       Al llegar a la primera bocacalle, en donde como llevamos dicho debían hallarse los asesinos, dio la casualidad de que, diferentes gentes recogiéndose a sus casas la atravesaban a la vez pero no dejó de notar mi hermano a pesar de la oscuridad, dos bultos ocultos tras una esquina. Entonces aceleró el paso y volvió nuevamente a invitar a D. Pedro a que encendiese otro cigarro. Creyendo este malogrado su designio por la gente que atravesaba en aquel instante la calle, y habiendo pasado del sitio en donde debía de cometerse el hecho no quiso infundir sospechas al joven y tomó el habano que mi hermano le alargaba, le encendió y siguió su camino fumando.
       Hallándose cerca del fuerte mi hermano que había apagado su cigarro en cuanto el otro le encendió, se despidió de su compañero para entrar solo a donde le llamaba la obligación.
       Aún no se había retirado veinte pasos de allí cuando dos detonaciones de trabuco que llegaron a sus oídos acompañadas de un ¡ay! moribundo le hicieron volver la cabeza viendo a su compañero caer al suelo herido de muerte. Conoció entonces el peligro de que se había salvado, dio un salto y se encerró en el fuerte, pero no sin que antes viera dos hombres que abalanzándose sobre el muerto le descubrieron gritando a la vez. ¡Es mi padre!
       Los dos hijos habían errado el golpe, pues según contraseña hicieron fuego sobre el que llevaba el cigarro encendido y habían asesinado a su padre.
       Desde entonces no se volvió a oír hablar más de dellos, se cree que murieron desgraciadamente, pues desesperados se habían en el primer ataque metido entre las lanzas enemigas.

Álbum Literario.  23 de diciembre de 1857


domingo, 16 de agosto de 2020

LA ROPA SUCIA (M. de la Roche)

        El lance, que fue famoso, extraordinario, ocurrió en Roma, la ciudad de los Papas. Allí vivía una lavandera que era la predilecta de todos los hogares; una lavandera disputada, más aún, mimada por todas las familias. Los servicios de Margarita, que así se llamaba la princesa del enjabonado, se pagaban muy bien por las más encopetadas señoras. - ¡Oh, Margarita! - decían muchas damas de ilustre abolengo; - ninguna como ella para dejar la ropa blanca, igual que el campo de la nieve. ¡Que puños tiene, cómo aprieta y qué restregones tan fuertes los suyos!...
       Por supuesto, que con solo ver a Margarita se comprendía que fuese una lavandera inimitable. Alta, erguida, de hombros anchos, brazos recios y fuerte musculatura, más parecía un suizo de la guardia del Pontífice que una feliz trabajadora. En su rostro había señales que delataban las delicadezas propias de su sexo. Aquellos ojos negros rasgados, brillantes, hablaban de amor: la boca plegada, de labios finos y sonrosados, parecía fabricada para expresar ternezas. Margarita era, además de una sirviente excepcional en su clase, una mujer guapa y garrida a carta cabal.
       Empezó su oficio a los quince o dieciséis años, y lo empezó teorizando; que hasta en eso de lavar caben las teorías, cuando están bien aplicadas. La ropa sucia - decía Margarita - debe lavarse en casa; en ninguna otra parte queda mejor, y además se evitan curiosidades impertinentes y comentarios indiscretos.
       Margarita empezó a ir a las casas y en todas partes adquirió merecido renombre. Las doncellas defendían a Margarita, y las señoras lo mismo: de suerte que Margarita ganaba cuanto quería, y también iba de uno en otro palacio, según su antojo, y hasta parecía algo amiga de algunas muy ilustres señoronas de la corte.
       En aquella sazón vivía en Roma la princesa de Frascheti, rubia adorable, ideal, con los ojos claros como el cielo de un amanecer primaveral, y el pelo rubio como rayos de sol. El principe Frascheti era un viejo gruñón y celoso, extremadamente celoso. para evitar las miradas que los galanes dirigían a la princesa, y burlar riesgos mayores y muy posibles, prohibió en absoluto a su mujer el que saliese a la calle. Despidió a sus criados, sustituyéndole por mujeres viejas como él, con trazas de brujas, y convirtió su señorial mansión en una especie de castillo encantado, cárcel de la hechicera rubia destinada a no gozar del mundo y a consumir su hermosura en aquellos solitarios salones, en los cuales acabaría por morir de aburrimiento, de frío en el alma.
       Dijéronle cierto día al príncipe que su mujer recibía billetes amorosos. - ¿Pero, cómo? - preguntó`- ¿dónde? - Pues, en los cestos de la ropa limpia que las lavanderas devuelven, van escondidas cartas dulces y sentidas. - ¿Sí? - exclamó el príncipe - pues ya no volverán a sacar ropa de mi casa... Y enseguida dispuso que la lavandera fuese a su palacio en los días precisos.
       Y cómo era lógico, llamaron a Margarita. Acudió la célebre lavandera, y en casa de los principies Frascheti fue tan bien recibida como en otros lugares principalísimos también. Sobre todo, la princesa quedó prendada de las cualidades de Margarita. -¡Cuánto me alegro de vuestra determinación! - dijo al príncipe su consorte;-con esa muchacha que ha venido queda mi ropa mucho mejor, y hasta yo misma, que jamás tuve afición a ciertas bajas ocupaciones, huélgome mucho ahora de acompañar en sus faenas a la lavandera. Es muy primorosa, muy alegre. Me regocija el alma con su charla continua y sus ocurrencias.
       -Tate - pensó el príncipe; - esta Margarita se ha prestado a ser encubridora de mi esposa y por eso la complace tanto. Evitaré el peligro.
       Y dispuso el príncipe que si Margarita quería seguir al servicio de su señora la princesa, había de acomodarse a vivir en aquel hogar del cual quedaba prohibida en absoluta la salida.
      Margarita contestó que de muy buen grado se quedaría encerrada como las demás sirvientes y la dueña de aquella mansión; que era tanto el afecto y la lealtad que la inspiraba su señora, que por ella se sacrificaba a vivir entre cuatro paredes.
       Cuando se supo esto la princesa no disimuló su regocijo, y el príncipe descansó.
       Apenas corrió entre las mujeres de Roma la noticia de que la famosa lavandera se había quedado al servicio e los príncipes Frascheti, se alarmaron mucho, y hasta se propasaron a hablar de perfidias y de ingratitudes.
       El caso fue que en cierto día el conde Asti habló con el príncipe Frascheti, en los siguientes términos:
       -Permitidme, ,príncipe, que un hombre de mi linaje entretenga vuestra atención con asuntos de poco momento.
       -¿De qué vais a hablarme?
       -De vuestra lavandera.
       -¡Cómo! ¡Me asombráis!
       -Sabed que he descubierto un gran secreto que conviene a todos conocer, porque mucha parte de la nobleza romana ha sido víctima de un engaño cruelísimo.
       -Proseguid, proseguid, conde.
       -Margarita, la célebre lavandera, no es tal Margarita ni es tal lavandera.
       -Entonces ¿es...?
       -Lavandero. Es un joven disfrazado de mujer desde hace algunos años.
       -¡Así dejaba tan blanca la ropa!
       -Mientras acudió a varias casas que se disputaban sus servicios, no pudo descubrirse la superchería; hoy han cambiado las cosas...
       Los dos aristócratas entregaron a la justicia a la supuesta Margarita. La princesa lloró al ver redoblados los celos del príncipe, el cual dijo: - ¡No me sirvió que la lavandera viniese aquí! Pues bien, para evitarme disgustos y deseando que mi hogar no tenga ninguna comunicación con el mundo, ni aún con los lavanderos, he dispuesto... ¡que llevemos siempre la ropa sucia!...


Vida Galante  1 de enero de 1899

EL PEOR SUPLICIO (Catulle Mendes)

        Satanás estaba desesperado. El alma de un hombre horriblemente criminal había llegado al Infierno, y el mismo Satanás no hallaba ningún tormento bastante grande para castigarle.
       No, no lo había en aquella espantosa mansión. Las calderas de plomo derretido, las horquillas puestas al rojo blanco, los lechos de agujas, las cubas llenas de víboras, todos eran castigos suaves para aquella alma perversa.
       Pero, ¡qué horrendo crimen había cometido en vida aquel hombre? ¿Había sido un rey sanguinario, un traidor a su padre, un seductor de doncellas, o, lo que aún es peor, ¿odiaba la música o detestaba el perfume de las flores?... No se sabía: lo cierto es que era un criminal inconcebible.
       Satanás permanecía perplejo, recelando que el bondadoso Dios le tildase de tímido y negligente: hasta los serafines inspectores de los suplicios infernales, proponían su destitución. El Diablo leyó nuevamente el poema de Dante Alighieri y el de Alejandrino Sommet... Nada, aquellos tormentos eran dulcísimos... Ser enterrado vivo en la nieve, nadar en un lago de sangre, recorrer uno por uno todos los crímenes posibles, ver la madre al hijo de sus entrañas arrugado, seco, raquítico, revejido en medio de su niñez... ¡Ca! Decididamente, todo ello era menos que nada. ¿Qué hacer?... -Señor... - dijo una voz que salía de una cuba ardiendo; la voz de un poeta que expiaba en el fuego su afán de cantar el oro de unos cabellos y la nieve de un pecho.
       -¿Quién me llama? - preguntó del Diablo.
       -Yo -contestó el poeta; - yo, que os sacaré de este apuro si me concedéis un momento de descanso.
       -Está bien, habla.
       -Señor, hay en la Tierra, entre los floridos laureles de un balcón, una joven, rubia, de ojos azules, que sueña mientras hojea un libro que tiene en la mano sin leerle. Id a verla, y ella os enseñará un nuevo suplicio, el más horrible de todos.
       ¿Sería cierto?...
       Satanás se decidió a subir a la Tierra. Abrió sus negras alas, atravesó los espacios tenebrosos y, cerniéndose en el azul brillante, orientó su vuelo al florido balcón donde la joven rubia soñaba entre los laureles con un libro en las rodillas...
       ¡Oh! No, no era posible; el poeta se había burlado de él: aquella niña gentil no podía concebir ningún pensamiento malo. No, mil veces no.
       Debajo de aquellos cabellos de oro, tenues como hilillo de vaporoso nimbo, brillaban con infinita dulzura sus ojos azules, más limpios que las ondas de los lagos vírgenes; en la nieve de su frente, tan incomparablemente blanca como el candor de sus ensueños; en su diminuta boca, apenas entreabierta; en el hechizo de su graciosa figura y en el aire de colegiala a quien nada turba aún, había esa ingenuidad encantadora que de todo se asombra sin malicia la existencia del mal, y que lloraría si viese una hormiga aplastada en la arena del jardín.
       Satanás, pesaroso de haber realizado un viaje tan inútil, pensó retirarse después de revelar a la joven el objeto de su vista. La niña abrió sus grandes ojos azules, y, deteniéndolo con la mirada, dijo:
       -¿Un tormento más horrible que todos los del Infierno?... Pues bien; os lo voy a descubrir.
       -¡Cómo! ¿Conoces un suplicio?...
       -Sí, un suplicio espantoso.
       -¿Y sin fin? - añadió el Diablo.
       -Sí, infinito... porque queda el recuerdo. Escuchad - dijo la niña siguiendo con la mirada el vuelo de una blanca mariposa. -Conducir aquí al culpable aquí ,entre estas flores, yo le enseñaré la labor que bordo, el libro de cuentos de hadas donde leo. Pues bien; yo no le miraré, no le sonreiré, y cuando me pida el beso que palpita en mis labios...
       -¡Sí, entonces!...
       -Entonces... Se lo negaré - murmuró la joven con voz dulcísima que hizo estremecer de gozo a las flores del balcón.

       La Vida Galante.  26 de diciembre de 1898

       


   

       

sábado, 15 de agosto de 2020

NOCHEBUENA ARISTOCRÁTICA (Jacinto Benavente)

        Después de la Misa del gallo, celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia del teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.
       La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.
       Entre todos no pasaban de quince.
       -La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me considero muy dichosa.
       Los invitados sintieron graciosamente al cumplido.
       -¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?
       - Así, así, pocos y buenos.
       -¡Il faut serrer les rangs, querida marquesa!
       -¡Home, sweet home!
       Y rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta,

       envidia dar pudiera
       al más luciente día.

       Pero a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.
       El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa dieppoise.
       La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. Las risas no eran francas ni sonoras; parecían desgarradoras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza abrumaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella que, según frases de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar, que la noche del Nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios ni encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla, estaban allí, forzados de los deberes sociales, estaban allí... y con el pensamiento muy lejos. Con quién y sin quién, porque cada uno por su voluntad, por su gusto, hubiera pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho o la diversión; la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno; el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:
       -¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa del Encinar del Valle y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima osea de mi mujer. ¡Por qué cuidado si está delgada! En cambio mi tía... ¡Para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía solo habla de comer y de beber y la primita... de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!
       Así monolgueaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual a su vez pensaba: - ¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los de Vivares. Allí si que hubiera ido yo de muy buena gana... ¡Pero la familia!... ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los de Vivares!
       La marquesa del Encinar del Valle grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Elena, que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y en cambio el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de Citerea, pero los filets de volaille eran abominables.
       La verdad, mejor le hubiera estado ir al reveillon de misses Bryan. Allí se comía.
       La condesita del Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba... en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en músicas sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inmarcesibles. ¡Triste condesita! ¡Cantos tropezones había dado, por ir mirando arriba! Aquella noche misma, con qué poco hubiera forjado un ideal, como niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco, dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme color de cielo... y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora, mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.
       A su lado Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba como el marqués, en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles una quqdrille con el grand ecart. Seis mil francos se había gastado en dessous para la circunferencia. ¡Y perder él aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués como si quisiera decirle: - Si esto concluyera pronto, podíamos hacer una escapada, el marqués le comprendía y miraba el reloj impaciente.
       Paco Noguera, literato de salón, protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza  en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas, para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.
       Lola Montera, pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Foldelvalle, y en que la condesa quería casarle a todo trance con su hija... y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios alterados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado... Y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.
       Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Sólo dos le faltaban, su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra... de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena... de quien más valía no hablar... Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún Colmado, ese estaba fuera de la sociedad... y de todo.
       La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche, eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida, sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.


La Vida Galante.  25 de diciembre de 1898

 



FRAGMENTOS DE UNA CARTA DE MUJER (Alphonse Daudet)

        ... "me ha costado el haberme casado con un artista.
       ¡Ah, querida mía, si lo hubiera sabido!... Pero las jóvenes se forjan acerca de todas las cosas ideas muy singulares. Figúrate que en la Exposición, cuando yo leía en la Guía esas señas de las calles tranquilas situadas en las barriadas de París, soñaba con vidas tranquilas, sedentarias, consagradas al trabajo y a la familia, y me decía, comprendiendo de antemano cuán celosa sería: "Así es como quiero un marido. Estará siempre conmigo; pasaremos todo el día juntos, él en su lienzo o en su escultura, yo leyendo o cosiendo a su lado, bajo la luz tibia del taller." ¡Pobre inocente! Entonces no sospechaba lo que era una taller, ni el mundo extraño que en él se encuentra. Nunca, al mirar esas estatuas de diosas tan escandalosamente descotadas, me había asaltado la idea de que hubiera mujeres bastante atrevidas para... Y que yo misma... Sin esto, te suplico me creas que no me hubiese desposado con un escultor. ¡Ah! no... Debo decir que en mi casa todos se oponían a este matrimonio, a pesar de la fortuna de mi marido, de su nombre, ya célebre, y del hermoso hotel que había mandado edificar para nosotros. Yo sola lo he querido. ¡Era tan elegante, tan seductor, tan obsequioso! Parecíame, no obstante, que se preocupaba demasiado de mis vestidos  y de mi peinado: !Alzad vuestros cabellos de este modo!... Y el caballero se entretenía en prender una flor en medio de mis rizos con más arte que cualquiera de nuestras modistas. Tanta experiencia en un hombre era para asustar, ¡no es cierto? Debiera haber desconfiado.. En fin, vas a ver. Escucha.
       Regresábamos de nuestro viaje de novios. Mientras me instalaba en mi encantador hotelito, tan bien amueblado, este paraíso que tú conoces, mi marido, en cuanto llegó, se puso a trabajar y pasaba los días en su taller, fuera del hotel. Cuando volvía por la noche me hablaba entusiasmado de su próxima exposición. El asunto era: "una dama romana saliendo del baño". Quería expresar en el mármol ese pequeño estremecimiento de la piel bajo el contacto del aire, los suaves tejidos empapados de agua, adhiriéndose a los hombros, y otros muchos detalles bellísimos que ya no recuerdo. Aquí para entre nosotras, cuando me habla de su escultura, no siempre comprendo bien. Del mismo modo me decía en confianza: "Esto va a ser precioso"... Y me veía ya sobre la arena fina de las calles admirando la obra de mi esposo, un magnífico mármol blanco recortándose sobre la tapicería verde, en tanto que murmuraban a mi espalda: "La mujer del autor"...
       En fin, un día, curiosa de ver en que estábamos de nuestra dama romana, tuve la ocurrencia de ir a sorprenderle en su taller, que no conocía aún. Era una de mis primeras salidas sola; y estaba tan bonita, ¡demonio!... Al llegar encontré la puerta del jardinillo del piso bajo abierta de par en par. Entré y seguí todo derecho, y calcula mi indignación cuando vi a mi marido con blusa blanca como un albañil, despeinado, con las manos manchadas de tierra, teniendo enfrente, querida mía, una mujer de talle soberbio, de pie sobre un tablado, casi desnuda y con aire de perfecta tranquilidad, como no extrañándose de nada. Unos vestidos horribles, salpicados de lodo, zapatos muy usados y un sombrero redondeo con una pluma desrizada, estaban a su lado, sobre una silla. Vi todo esto instantáneamente, pues comprenderás que huí enseguida. Esteban quería hablarme, retenerme, pero hice un gesto de horror antes sus manos cubiertas de arcilla, y corrí a casa de mamá, donde llegué casi muerta. He aquí como entré.
       ¡Ay, Dios mío! hija mía, ¿qué tienes?...
       Refiero a mamá lo que acabo de ver, como estaba aquella terrible mujer, y en qué traje. Y yo lloraba... lloraba... Mi madre, mujy conmovida, trata de consolarme, diciéndome que debía ser un modelo.
       -¡Cómo !... Eso es abominable... No me habían hablado de esto antes de casarme.
       Entonces llegó Esteban despavorido, procurando también hacerme comprender que un modelo no es una mujer como otra cualquiera, y que además los escultores no pueden prescindir de ellos: pero estas razones apenas me persuadieron, y declaré formalmente que no quería a un marido que pasaba los días con mujeres vestidas de aquella manera.
       -Vamos, amigo mío, - dijo entonces mi pobre mamá que deseaba conciliarlo todo; - por complacer a vuestra mujercita, ¿no podíais reemplazar eso por algo semejante, por un maniquí?
       Mi esposo se mordía los bigotes enfurecido. - "Es imposible, querida mamá."
       - Sin embargo, querido mío, me parece... Ya lo veis, nuestras modistas se sirven de cabezas de cartón para arreglar los sombreros... Pues bien: lo que se hace con la cabeza ¿no podría hacerse para...?
       Por lo visto, no era posible. Al menos Esteban trató de demostrárnoslo prolijamente, con toda suerte de detalles y de palabras técnicas. Ciertamente tenía el aire muy contristado. Yo le examinaba de reojo mientras enjugaba mis lágrimas, y veía que mi dolor le afligía mucho. En fin, después de una discusión interminable, convenimos en que, ya que el modelo era indispensable, siempre que viniese estaría yo presente. Precisamente había junto al taller un sitio despejado, muy cómodo, desde donde podría observar sin ser vista. - "Es vergonzoso, dirás, tener celos semejantes y darlos a conocer". Pero, ¡qué quieres, chica! es preciso haber sufrido estas emociones para poder juzgarlas.
       Al día siguiente, el modelo tenía que venir. Me armo de todo mi valor, y me instalo en mi cuartito, con la intención de que al menor golpe dado en el tabique, mi marido me acudiría al momento.Apenas me encerré, llegó el modelo de marras, emperifollada Dios sabe cómo, con un aspecto tan miserable, que no comprendía como pudo despertar mis celos una mujer que sale a la calle sin puños blancos y con un chal viejo de franjas verdes. Pues bien, querida mía, cuando vi a la tal criatura despojarse de su chal y de su traje en medio del taller, desnudarse con aquella facilidad y con aquel impudor, experimenté una sensación que no puedo explicarte. La cólera me ahogaba... Al momento toco en el tabique... Esteban acude. Yo estaba pálida y temblorosa. Se burlaba de mí, me tranquiliza cariñosamente y vuelve a su trabajo... Entonces la mujer estaba de pie, medio desnuda, con su larga cabellera suelta y caída por la espalda con una pesadez sin ondulacones. No era la criatura de antes, sino casi una estatua, a despecho de su rostro fatigado y vulgar. Mi corazón estaba orpimido. Sin embargo, no dijenada. De prepente, oigo a mi marido que grita: - "La pierna izquierada... Avanzad la pierna izquierda"... Y como el modelo no comprendiese bien, se aproximó a ella y... ¡Ah! este golpe me aniquiló. Llamo, no me oye, LLamo otra vez enfurecida. Acude con las cejas un poco fruncidas por el ardor del trabajo.
       -Vamos Armanda... ¡sé razonable!... Y yo, deshecha en llanto, apoyada la cabeza sobre su hombro. - Eso es superior a mis fuerzas, amigo mío... No puedo... no puedo... Entonces, bruscamente, sin responderme, pasó a su taller e hizo una señala a la terrible modelo, que se vistió y se marchó.
       Durante algunos días, Esteban no regresó a su estudio. Permanecía a mi lado, no salía, rehusaba hasta la sociedad de sus amigos, siempre muy bueno, pero ¡tan triste! Una vez le pregunté con mucha timidez: -"¿No trabajáis ya?"... Lo que me valió esta respuesta: - "No se trabaja sin modelo". No me atreví a insistir, pues comprendía cuan culpable era y que tenía derecho para hablarme así. No obstante, a fuerza de halagos y sutilezas, obtuve de él que volviera a su taller y que procurara conccluir su estatua de... ¿cómo se dice?... de memoria, es decir, de imaginación, en una palabra, lo que quería mamá. A mi me parecía esto muy factible; pero al pobre muchacho le causó mucha impresión. Todas las tardes volvía nervioso, desanimado, enfermo. Para reanimarle iba a verle frecuentemente, y le decía: - "Es precioso". Pero el hecho es que la estatua apenas adelantaba. No sé si trabajaba en ella. Cuando iba al taller le encontraba siempre fumando en un diván, o amasando bolitas de arcilla, que arrojaba con furia contra la pared.
        Una tarde, cuando estaba contemplando aquella pobre dama romana, a medias bosquejada, y que tardaba tanto en salir de su baño, una idea caprichosa cruzó por mi imaginación. La romana tenía aproximadamente mi estatura... Quizá, en rigor, podría yo...
       - ¿A qué llaman una pierna bonita? - pregunté a mi marido.
       Me lo explicó minuciosamente, enseñándome lo que faltaba en su estatua, que no podía concluir sin un modelo... ¡Pobre muchacho! ¡Tenía un aire tan compungido al decir esto!... ¿Sabes lo que hice?... Recogí súbitamente las vestiduras que yacían en un rincón, fui a mi cuartito, y después cautelosamente, sin decir nada, mientras mi marido contemplaba su escultura me coloqué sobre el estrado frente a él, en el traje y con la actitud en que había visto al espantoso modelo... ¡Ah, querida mía! ¡Qué emoción cuando levantó la cabeza! Me daban deseos de reír y de llorar. Estaba encendida... ¡Y aquella muselina que era necesario ceñirse por todas partes!... Pero no me importaba. Esteban tenía un aspecto tan entusiasta que me tranquilicé enseguida. Figúrate, querida mía, que al oír..."

La Vida Galante,  11 de diciembre de 1898

¿CUÁL DE LOS TRES? (Eduardo Zamacois)

       El tren expreso que va desde Hendaya a París había salido de la estación, deslizándose lentamente sobre sus ruedas engrasadas.
       En aquel departamento del coche iban dos hombres; un español y un inglés. El primero envuelto en una rica manta de vistosos colorines; amodorrado, soñoliento, procurando conciliar el sueño, bajo las alas de su sombrero cordobés; el otro , inmóvil y grave dentro de su gabán de pieles, con un rostro largo y seco que parecía grabado en boj. Cada cual ocupaba una ventanilla, y el matrimonio y el clérigo francés que acababan de subir, se sentaron del mismo lado, frente al español, el sacerdote se acomodó junto a Eugenia. Era pequeñín, regordete y colorado, como Carmelo Recio, (el marido), y tal vez escogió aquel sitio sin darse cuenta, obedeciendo inconscientemente a un sentimiento innato de simetría.
       El tren, en tanto, corría con rapidez vertiginosa, devorando kilómetros; la máquina silbaba y resoplaba furiosa, vomitando chispas que iban a extinguirse en las frías soledades de la noche; por las ventanillas del vagón se veían desfilar árboles, casas, manchas oscuras de cerros lejanos, praderas que parecían galopar hacia atrás engendrando al mortecino resplandor de la luna, perspectivas metalescentes que variaban a cada instante, multiplicándose, fundiéndose, corriendo unas en pos de otras, envueltas, perdidas, entre las columnas jironadas de humo arrojadas por la feroz locomotora; y tras aquellas planicies sobrevenían nuevas sombras enormes de cerros escarpados que avanzaban veloces, cual si el genio maléfico del caos los arrojase desde el horizonte sobre el tren; pero aquel choque horrísono que la vista fingía, no llegaba, y el tren proseguía su marcha mugiendo, soplando, haciendo crujir el maderamen de los vagones sacudidos con el insólito traqueteo de las ruedas que giraban enloquecidas bajo el peso del coche.
       A pesar de aquel sacudimiento rítmico y continuo que llamaba al sueño, nadie dormía. Carmelo Recio miraba embelesado por el cristal de la ventanilla, lo poco que alcanzaba a verse de las campiñas fugitivas; Eugenia y el cura, por la posición que ocupaban, ni siquiera podían disfrutar de aquel divertimiento, y estaban aburridos, sin saber que empleo dar a sus ojos; el inglés, con el seco rostro encerrado entre dos patillas rubias, les miraba fijamente, con unos ojos duros, insensibles al sueño... En cuanto al español, completamente despabilado, miraba a Eugenia, admirándola..
       Aquilatando la belleza de su frente pequeñina e inquieta, sus ojos dulces de soñadora, su boquita risueña y zumbona, toda aquella feliz acopladura, en fin, de rasgos, que tan picante expresión imprimían al rostro juvenil de la muchacha; y su cutis, pálido, blanquísimo, que parecía traslúcido visto al reflejo amarillento de la luz del coche, y entre los semblantes apopléticos de Carmelo Recio y del clérigo francés, cuya redonda fisonomía se destacaba entre la estolilla de su hábito y el respaldo del asiento, como un círculo rojo.
       Y luego, admiraba la graciosa esbeltez del busto ceñido por un abriguito de color gris, y la actitud indolente de las manos, cruzadas sobre la falda; y descendiendo más aún, llegaba a los pies, pequeñines y coquetones, digno sostén de tan adorable escultura; piececitos bullidores que debían de tener fragancia propia, como las flores, y trascender a esencia refinada de nardo o de claveles... y que le recordaron los de Itimad, aquella hermosa esclava querida del rey moro Al-Motamid; la cual, habiendo visto como dos mujeres amasaban barro con los pies para fabricar adobes, quiso imitarlas, y entonces el enamorado rey árabe no queriendo oponerse a tal capricho y procurando al mismo tiempo conservar las bellezas de aquellos pies delicados que no estaban hechos para tan ruin empleo, mandó preparar en uno de los patios del Alcázar de Córdoba, un barro formado con pétalos de rosa, flores de almendro, mirra, canela, almizcle y otras especies olorosas; y, cuando todo estuvo dispuesto y preparado a su talante, llamó a Itimad y la dijo: "Ya puedes descalzarte, para hacer adobes, mi amor"...
       Mientras el viajero español esparcía su ánimo en aquellas poéticas imaginaciones, Eugenia también le miraba, seducida por esa atracción que la juventud y la belleza ejercen sobre los temperamentos impresionables; y sin apercibirse del gravísimo delito moral en que incurría abandonándose en aquel examen, se holgaba de encontrarle tan joven y tan guapo; únicamente creyó advertir al pronto, un cierto desaliño en su indumentaria...; ¡pero, mire usted por donde la gustaban a ella los hombres así, despreocupados!... Y continuando por la jabonosa pendiente que recorría, se atrevió a compararle con su Carmelo...

"Son las comparaciones siempre odiosas,
siempre, y en el archivo de Simancas,
si no me engaño, pienso haber leído
que en el símil perdió siempre el marido"...

       La inocente Eugenia destrozaba al suyo comparándole con el gentil galán desconocido, y un dolor secreto la torturaba. Nunca le pareció el desventurado Camelo Recio, tan pequeño, ni tan gordo, ni tan vulgarote, ni tan grasiento...
       Ninguno de los circunstantes hablaba, malhumorados por el frío y el cansancio de un viaje tan largo; Recio y su mujer, el cura y el español, iban casi juntos, formando un grupo; en la otra ventanilla del coche iba el inglés, solo, inalterable, mirándoles con esa insolencia mortificante de las figuras de cera o de los cortos de vista.
       De pronto el joven, experimentó un deseo violentísimo de besar a Eugenia; pero en la boca, allí precisamente, en aquella boquirrita de labios finos, tan burlones y tan húmedos. Tal vez en la generación de aquel antojo repentino influyese el interés manifiesto con que la moza le miraba, o simplemente la luz del coche que parpadeaba amenazando apagarse y ofreciéndole con ello ocasión excelente para ejecutar su pecaminoso pensamiento.
       El tren llegaba a Burdeos a las cinco de la madrugada, pero la coyuntura tenía que presentarse antes, porque en aquella estación había cambio de trenes. Aún faltaban más de dos horas... ¿resistiría la luz todo aquel tiempo sin apagarse?... El joven levantó la cabeza desesperado, para mirarla; Eugenia y el cura siguieron aquel movimiento cuyo significado entendían a medias, porque ya habían pensado en la aburrida probabilidad de quedarse a oscuras; pero nadie habló y continuaron como hasta allí, embozados en sus reflexiones.
      Y pensando siempre el joven en el modo mejor de realizar impunemente su propósito, se atrevió a sonreír a Eugenia aprovechando las distracciones de Carmelo Recio a quien la fatiga iba adormilando; sonrisa provocativa y elocuente digna de un Antístenes, que ella tuvo la osadía de recompensar con una mirada.
       Faltaban tres cuarto de hora para llegar a Burdeos, y el joven ya tenía resuelto el difícil problema de besar, sin peligros, a aquella mujer; pero necesitaba estar a oscuras y la bendita luz resistía aún... El inglés continuaba imperturbable, con el frío semblante encerrado en el paréntesis de sus patillas rubias.
       Los temblequeteos de la luz eran más prolongados cada vez y más frecuentes: a ratos parecía extinguirse completamente, cuando el vagón experimentaba una sacudida más violenta; pero luego renacía impertinente, testaruda, cobrando fuerzas de sus últimas gotas de aceite. Pasó otra media hora y la feliz ocasión no se ofrecía: el tren iba sin retraso y llegaría a Burdeos a las cinco en punto; solo faltaban ocho minutos... Un parpadeo más prolongado de la luz, indicó que la llama había empezado a consumir el aceite de la mecha; algunos momentos más y todo habría concluido... Pero, diríase que la locomotora tuvo conciencia de lo que en aquel departamento de primera sucedía, según la prisa que se daba en llegar.
       De improviso, la luz se apagó... e instantáneamente resonaron el amoroso crujir de un beso rápido, frenético, y el estallido de una bofetada terrible, relampagueante, que sonó como una pedrada en un espejo...
       Era que el joven, mientras besaba a Eugenia, levantó el brazo y descargó su mano abierta sobre los abultados carrillos del clérigo francés, que respondieron con ese chasquido característico de la carne mollar.

       Habían llegado a Burdeos y bajaron al andén.
       Carmelo Recio, que lo había oído todo y creía a Eugenia autora de la bofetada, miraba a los tres hombres con ademán retador, no sabiendo con cuál de ellos encararse; el cura, a pesar de la hinchazón que amenazaba la parte ofendida, no osó quejarse acobardado por los feroces ademanes del marido, a quien suponía autor de la agresión; el inglés les examinaba emocionado visiblemente por la novedad de la aventura, pero sin comprenderla; Eugenia, turulata, tampoco podía descifrar el enmarañado intringulis de lo ocurrido...
       Aquella escena duró un instante, los mozos de la estación iban y venían llevando baúles y empujando a los viajeros, y cada cual se fue por su lado.. Y Carmelo Recio les vio alejarse, mientras él seguía a su mujer, furioso, cargado con sus maletas, preguntándose:
       -¿Cuál de ellos habrá sido? ¿Cuál de los tres?...

La Vida Galante  4 de diciembre de 1898

viernes, 14 de agosto de 2020

LLUVIA A MEDIA NOCHE (Armando Silvestre)

        No soy responsable de que esta verídica historia empiece como otras muchas que os he referido. La comedia humana se reduce a repeticiones inacabables, con sus tres actos reglamentarios, y el telón se levanta para descubrir decoraciones harto conocidas.
       Es media noche y estamos en Carcassonne, en casa del Mayor Bellawine, a quien sus compañeros de armas llaman el cocumandan. Su mujer se llama Olimpia y el amante - el mejor amigo de Bellawine - Leopoldo. ¡Qué queréis!... No todos los seductores han de llamarse Arturos...
       Vean ahora, amigos míos, a lo que se expone un Mayor de los más simpáticos, por irse a charlar con sus colegas en vez de cuidar el honor del hogar doméstico.
      Aquella noche había recepción militar, y las noches de recepción Mr. Bellawine nunca regresaba a su casa antes de las seis de la mañana.
       Eran ya las doce y hacía más de dos horas que Olimpia y Leopoldo estaban juntos en la habitación más íntima... De pronto, ¡cric, crac! suena una llave en la cerradura de la puerta y seguidamente resuenan los pasos del Mayor, cuyas espuelas se arrastran bulliciosamente sobre el pavimento.
       La fuga era imposible. ¨Todo lo que pudo hacer Leopoldo fue refugiarse en el cuarto de baño, inmediato a la alcoba. En un rincón había un aparato hidroterápico, con su baño de cinc en la parte inferior y un cilindro rodeado por una cortina que permitía disfrutar tranquilamente y sin temor a miradas indiscretas, de los austeros placeres de la ducha. Leopoldo no vaciló, y arrojando su ropa debajo de un sillón entró en el baño, corriendo la cortinilla protectora.
       Durante este tiempo Olimpia había apagado la luz, y fingía dormir profundamente.
***
       El Mayor Bellawine traía un genio endemoniado. La recepción le costó muy cara; había perido en una hora cinco partidas de dominó. Aquello era inaguantable y por eso volvía tan temprano, bien ajeno de que iba a proporcionar un disgusto mayúsculo a su mujer y a su mejor amigo.
       El comandante se desnudó sin decir palabra, arrojó a un rincón sus botas de montar, observó el cielo asomándose a una ventana y entró temblando de frío en el cuarto de baño. Durante algunos momentos miró al aparato hidroterápico, frotándose el cuerpo nerviosamente y con intenciones de darse una ducha para entrar en reacción. Leopoldo estaba yerto de espanto... ¡Oh! ¡Si el Mayor descorre la cortina!... ¡Vano terror! Bellawine se contentó con vaciar cuatro jarros de agua en el receptáculo superior para la ducha matutina. Después se frotó el cuerpo con un ungüento oriental maravilloso que él mismo había traído de África y que servía para quitar el frío, y volviendo a su alcoba se acostó silenciosamente. Minutos después roncaba como un santo, ejecutando una sinfonía magistral.
***
       Entretanto, Leopoldo, que ya no podía sostenerse de pie, añadió a las anteriores una nueva imprudencia. Al querer cambiar de actitud apoyó un pequeño resorte y una lluvia fina y helada comenzó a resbalar por su cabeza y sus espaldas. Como la oscuridad era completa no daba con el maldito resorte y el agua seguía cayendo, continua, implacable, a pesar de todos sus esfuerzos. Aquella ducha cruel le hacía dar diente con diente... ¡suplicio abominable que acabaría con el pobre galán si se prolongaba un cuarto de hora! De repente Bellawine se despertó e incorporándose bruscamente en el lecho, gruñó con disgusto:
       -¡Voto a mil bombas, y como llueve!
          Olimpia no sabía a qué santo encomendarse y engañada también por el ruido, tuvo una inspiración.
        -¡Ah, Dios mío! - exclamó; - ¡he dejado las jaulas de los pájaros en medio del jardín!
       Ella sabía muy bien que el Mayor doraba a sus pajaritos. Los militares viejos suelen tener esas ternuras.
       -Es la primera vez que te olvidas, - murmuró el Mayor. Y saltando del lecho se visitó un pantalón y salió apresuradamente de la habitación.
       -Pronto, pronto, sálvate, - dijo Olimpia a Leopoldo entreabriendo la puerta del cuarto de baño.

       Leopoldo aprovechó la invitación y salió del baño tiritando y en un estado lastimoso, mientras Olimpia repetía: - ¡Pronto... pronto, por Dios!
       Leopoldo se visitó coo pudo y corrió hacia la calle, rápido como una flecha; mientras Olimpia se acostaba diciendo:-¡Salvadle, Dios mío!
       Pocos minutos después oyó las voces de dos hombres que subían la escalera, y en ellas reconoció distintamente la voz de su marido y la de Leopoldo.
       -¡Por vida del cielo, mi querido Leopoldo! -repetía casi sollozando el excelente Bellawine; - entra, entra... mi mujer te prestará sus auxilios... ¡Dormirás aquí! ¡Diantre, qué desgraciado soy!
       Y Bellawine empujaba a Leopoldo hacia la habitación, en tanto que Olimpia procuraba descubrir que podía significar todo aquello.
       -Ay, esposa querida; si supieras lo que acabo de hacer!.... ¡Pobre Leopoldo, mi mejor amigo!... Imagínate que bajo al jardín y veo que el tiempo es magnífico. Como yo estaba seguro de haber oído llover, pensé: "¡Vaya, será algún borracho que ha escogido mi puerta para satisfacer una necesidad!"... Y salgo sigilosamente, deslizándome a lo largo de la verja para sorprender al delincuente; en efecto, me aproximo y veo huir a un hombre...
       -Era Leopoldo - pensó Olimpia.
       -Corro en su persecución - continuó Bellawine; - ya sabes que soy un ciervo!... Le alcanzo y ¡cataplum! del primer puñetazo le hago caer de cabeza en la zanjilla llena de agua que hay junto a la acera... Me acerco más aún... ¡y me encuentro con el pobre Leopoldo, que se retiraba de la recepción!... ¡Ea, ea, levántate y ayudame a hacerle entrar en calor!
       Ollimpia obedeció reprimiendo la risa.
       -No te consiento que vuelvas a casa, - continuaba diciendo Bellaweine;- ¡vas a coger un catarro! Vaya, a acostarse; aquí está nuestro lecho. Mi mujer y yo dormiremos en las butacas.
       Leopoldo tuvo que resignarse. Cuando el Mayor le vio acostado, cogió su gabán y su képis , y se dispuso a salir.
       -¿Dónde vas, amigo mio? - le preguntó su mujer.
       - Corro en busca de un boticario, - repuso el heroico amigo; -necesito que me indique lo que 
debemos hacer para que entre en reacción...
       Y salió presuroso, como alma que lleva el Diablo.
***
       ¡Ceguedad humana! Bellawine estuvo ausente más de un cuarto de hora. Cuando regresó, ya Leopoldo, afortunadamente, no necesitaba de los cuidados del farmacéutico.


La Vida Galante.   27 de noviembre de 1898.