sábado, 7 de febrero de 2015

LA HISTÉRICA (W. Masyuribaul)

I

Lloraba y reía frecuentemente, no por ceder a impulsos de sus sentimientos, sino por distracción; aparentaba tal indiferencia a las cosas de la vida, que no faltó quien por esto la juzgara mala, sin serlo.
En semejantes condiciones sostenía una lucha horrible entre el corazón y la cabeza.
Inclinándose a los dictados de aquél, estaba expuesta a confundirse si por este se condenaba a sufrimiento horrible.
Ante los ojos de los estaños la virtud decaía por momentos; sin piedad la motejaban, pero siempre o casi siempre lograba imponerse a sus calumniadores.
La Envida, no obstante, comenzaba a corroer aquel cuerpo virgen, y hubo momento en que dudó de sí misma; ya entonces suspiros y lágrimas eran su único consuelo. ¡El más grave problema de la vida quedaba planteado!
La implacable Envidia acrecentaba su influencia para luchar en las sombras contra el honor, pero… aquel espíritu varonil se atrevió a desafiar a la maledicencia, y prestando su corazón a cuantos quisieron verlo, consiguió que la virtud en peligro triunfara. No podía suceder otra cosa. La providencia vela constantemente por las almas generosas.
¡Pobre niña! Diecisiete años… un amor tiernísimo, verdadero, pero preñado de obstáculos, era todo su pecado. La hermosa realidad resultaba un sueño cruel, horrible.
La rodeaban circunstancias extraordinariamente increíbles. Inquietudes, delirios y hasta pesadumbres, constituían la aureola augusta de su fantasía. Solo confiaba en el porvenir; tenía fe en que vendrían tiempos más felices y entonces podría dar expansión a sus sentimientos. Dedicábase por le presente a la soñadora de los recuerdos.
Trataba inútilmente de ocultar sufrimientos y alegrías; goces y desdichas pasaban al arsenal de los recuerdos, sin haber podido nunca disfrutar de las delicias que la expansión produce. La vida en estas circunstancias no podía ser tan grata como tenía derecho a esperar una mujer de diecisiete años.
La ilusión hacia el objeto amado seguí fomentándose; la pasión crecía, crecía sin contemplaciones y ante síntomas tan naturales, ¿qué tristeza se reflejaba en el rostro de aquel ángel!

II
Dudas, odios y demás flaquezas de la vida, constituían la cadena de su martirio, lo único que no inspiraban eran celos.
El rápido desarrollo de los sucesos fue causa de que la Envidia cayera a los pies de Elena destrozada por la Fe.
–¡Benditas mil veces las luchas de amor! – exclamaba Elena.
Desconocía que las pasiones encendidas al fango de un éxtasis purísimo y las luchas constantemente que sostenía su alma enamorada, tenían que degenerar en un estado histérico, con extravío de la razón.
Elena hacía gala de un entendimiento privilegiado; era una especie de doctora; legía frecuentemente en las hojas de su corazón, y la página más selecta, su favorita lección, se condensaba en muy pocas palabras: en que el hombre por el cual sufría la había confiando fe, honor y vida, y esto no lo dudaba.
Cuando parecían disiparse las sospechas malévolas de la Envida, esta se interpuso de nuevo entre corazón y cabeza, y echándola despiadadamente como un tigre a la víctima, trató de sepultarla.
¡Triste destino! La mentira y la verdad comenzaron a confundirse, así como fuerza superior a la magia del arte.
Imposible vencer los insuperables obstáculos que se presentaban, pues la vindicta pública no veía la sangre que hacía y aplaudía entusiasmada, sin comprender que cometía un doble crimen.
No pudo más: sentidos sentimientos y pasiones cedieron simultáneamente para que el histerismo se apoderara de aquel débil cuerpo.
La lucha de nervios que tuvo necesidad de sostener fue aparatosa. Nubláronse sus imágenes soñadoras y comenzó a reír y llorar inconscientemente, llegando en su delirio hasta revelar secretos de su corazón.
Despierta la hermosa enamorada, palideció y se dio a temblar temerosa de que en el paroxismo de su dolor llegara su gran fatalidad a desfigurar los excesos de su pasión, dando quizá la razón a la Envidia.

W. MASYURIBAUL.
(Diario de Pontevedra, 17 de diciembre de 1897)

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