sábado, 25 de febrero de 2017

MAUPASSANT (Lusiñán de Mari)

–¿Lo conoció usted?
–Nunca.
–Entonces no me doy cuenta de esos extraños amores.
Pues él fue la única pasión de mi juventud. Era alto, de figura hercúlea, pero a la vez gallardísima. Los ojos azules claros, grandes y llenos de un extraño misterio…. parecía que dentro del cráneo le ardía una luz vivísima y que esa luz le salía por ellos. La boca roja, fresca, con una dentadura marfilesca…. Tenía unas manos preciosas, pequeñísimas, que él se empeñaba en desfigurar porque le parecían afeminadas… Era un gran artista, verdadero temperamento genial, exquisito, poblado de sombras soñadoras, alma con claro oscuro… Le repugnaba el orden, el sistema, la línea… trabajaba con un desorden característico…  a veces pasaba toda una noche sobre las blancas cuartillas, devorando papel como si su pluma gozara en ir trazando la línea negra. Temporadas en que el trabajo le lamía la pálida frente dando a su cara tonos marfilescos. Otras no hacía nada… pasaba meses y meses enamorado de la sombra de un árbol… escondido en las frondas, fumando en su pipa durante largas horas, ajeno a la vida material, llenándose los anchos pulmones con bocanadas de aire oxigenado… Guindo agrio y bravío que florecía entre la fronda en un lejano rincón del bosque. Apartado ribazo en que el agua murmuradora se extendía tranquilamente, tomando el color verde magnífico del fondo virginal… Rincón olvidado de la costa, en donde los acantilados forman oscuras cavernas en las cuales entra la ola para salir convertida en blanquísima catarata de espuma…
Esos fueron sus amores y eso llevó a sus palpitantes narraciones, trozos arrancados a la naturaleza viva, puesta en bastardo lenguaje humano, incapaz de expresar a medias la honda emoción estética que él sentía.
Recuerda usted su « cacería » Aquella mañana gris y lluviosa… los capotes calados… el áspero olor de la marisma… los juncos del lago… la pareja de patos que se levanta del agua… la detonación de la escopeta de la cual sale el plomo que troncha el idilio de aquellos amores alados y bellísimos… el pobre animal que se desploma en el agua con las blancas plumas teñidas de rojo… la hembra que gira volando alrededor del compañero muerto… ¡Cuánta belleza! ¡cuánta poesía! ¡Qué elegancia! ¡Cuánta sobriedad en el rasgo!...
¿Recuerda usted sus « Fresas de la montaña »? Aquel bosque de castaños, los amarillos maizales que rodean las casitas allá en lo hondo del valle… La niña desgreñada y rubia como el lino, adornada la cabeza con escaramujos silvestres y el cestito en el cual va depositando los granitos carmíneos que exhalan vivísimo perfume…
Yo me enamoré de él con pasión extraña. No quise conocerle nunca. Veraneábamos en el Norte. En una aldea gallega… En la estación, al partir, un muchacho muy empalagoso que me hacía el amor, compró un libro en el puesto de periódicos y me lo regaló. Era un libro de Guy. «Sus narraciones.» Las leía cien veces durante aquel verano, y por un fenómeno natural en mis años me enamoré de él, sin idea de conocerle nunca… Luego supe todo su martirio. ¡Ah! si yo hubiera podido velarle en sus noches de fiebre cuando la enfermedad empezaba a apagar la luz de su cerebro… Después lo lloré mucho, muchísimo… y aun hay veces que me escapo al cementerio donde duerme para siempre, y suelo llevarle una corona de frescas rosas que dejo sobre la lápida fría.
¡Ah, sí: Maupassant ha sido el amor de mis amores de niña! A usted solo se lo confieso, porque usted quizás me comprenda.

Lusiñán de Mari  (pseudónimo de Luís de Armiñán)
Narraciones rápidas. Imprenta de Evaristo Odriozola. Madrid, 1896.

viernes, 27 de enero de 2017

LA INQUIETANTE AVENTURA DE SIMONIN PESCHET (Trébla)

Esto acontecía entre íntimos, en el salón del doctor B…. La presencia de un pequeño velador sobre el que reposaba un cenicero había desviado la conversación hacia las mesas giratorias. Nuestro anfitrión, con un alzamiento de hombros significativo, ratificaba el sarcasmo que jamás deja de suscitar semejante tema.
–¡Y sin embargo, giran! – exclamó Max Hovard, menos dispuesto a afirmar su convicción que a parodiar la frase de Galileo.
Como lo miramos, asombrado, dijo:
–¡Oh! desde luego– volvió a intervenir el elegante adjunto de embajada – no tengo el espíritu militante que ustedes piensan, pero no puedo evadirme a una cierta fe en el ocultismo y a una confianza muy firme en su porvenir.
–¿En que hechos se basa usted? – preguntó uno de nosotros.
–En una simple historia – respondió Max Hovard. Ella no se parece de ningún modo a esas sospechosas experiencias cuyas reseñas recorren el mundo, pero relata una aventura inquietante y rigurosamente auténtica.
–Cuente.
–¡De acuerdo!
Y mientras que una fina sonrisa se desplegaba en su pálido rostro de ojos claros, habiendo expulsado hacia el techo el humo de su cigarrillo, comenzó:
–Ustedes saben, caballeros, que antes de abordar la carrera diplomática, hice algunos pinitos en el periodismo. No llegué a mucho. Ahora bien, en esa época conocí, entre las salas de redacción, a un tal Simonin Peschet, al que después perdí su rastro.
Este Simonin Peschet, aunque debió conformarse con no ser más que un simple reportero, alimentaba grandes ambiciones. Creyéndose imbuido de unas cualidades maravillosas de imaginación y estilo, se consideraba un triunfador por adelantado, y soñaba con disfrutar de la gloria de nuestros literatos más famosos.
Pueden ustedes imaginar los amargos rencores que se tenían hacia el desdichado muchacho, cuando les haya dicho que su talento se reducía a poca casa y que, a pesar de su delicado espíritu – se puede ser a la vez un analista sutil y un pésimo escritor –no era autor, en cualquier caso, más que de mediocres elucubraciones.
Se lo hicieron ver; al menos lo intentó, pues de dirección en dirección, de librería en librería, paseó mucho tiempo y en vano sus preciosos manuscritos.
Con ese juego deprimente y cruel, se afligía cada vez más.
–Eso es normal – dijo alguien.
–Sí, pero el despecho de Simonin Peschet,– especificó Max Hovard,– tenía de particular que se concentraba de algún modo en un odio obsesivo al respecto, pero no hacia los vivos, sino hacia algunos escritores muertos.
Sin razón determinada, profesaba a Maupassant una particular aversión.
–¿De dónde procede su sobrestimada reputación de contador y novelista a esa fotógrafo banal de las personas y las cosas? ¡Oh! ese Maupassant – se complacía en repetir…–¡Ese Maupassant!...
Y le daba vueltas a esa idea fija.
Cierto día, Simonin Peschet escribió un relato que le pareció notable, había encontrado espontáneamente la intriga y lo había redactado con una facilidad que le sorprendió a sí mismo. Lleno de esperanza en el resultado, lo copió cuidadosamente y los dirigió de inmediato a una de las revistas más en boga. Este relato se titulaba: El Miedo, y contenía entre otros párrafos, este:
«Era el invierno pasado, en un bosque del nordeste de Francia. La noche llegó dos horas antes, tan oscuro era el cielo. Tenía por guía un aldeano que caminaba a mi lado, por un pequeño camino, bajo una bóveda de pinos a los que el viento desencadenado arrancaba lamentos. Entre las copas, veía correr las nubes en desorden, nubes dispersas, que parecían huir ante un espanto.
»A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido, con un gemido de sufrimiento; y el frío me invadía, a pesar de mi paso rápido y mi pesada vestimenta.»
–Sobrecogedor cuadro – observó el doctor B…,– pero, ¡caramba!, mi querido Hovard, ¿cómo diablos recuerda con tanta claridad esas líneas?
–Podría citarle las demás, de la primera a la última – respondió el adjunto de embajada.– Mi memoria tiene sus razones; la comprenderá enseguida.
El relato de Simonin Peschet proseguía de ese modo, en un estilo elegante y robusto, caballeros, bonitamente coloreado, admirablemente sobrio y claro. La narración llegaba al desgarrador extremo de las angustias de un alucinado, que confundía los ojos de su perro, fijados en la noche sobre él, por los de un espectro.
–Disculpe mi interrupción – dijo una voz entre los asistentes – pero, ¿qué relación puede tener todo esto con el espiritismo?
–¡Paciencia!– replicó Max Hovard, y continuó:
–Pocos días después, el autor de El Miedo recibió una carta del consejo de la revista a la que había dirigido su manuscrito. Se le rogaba que pasase por allí, por un asunto que le concernía, y les dejo a ustedes adivinar la prisa que se dio para acceder a esa prometedora llamada.
Fue el secretario de redacción quien lo recibió:
–¿El Sr. Simonin Peschet, verdad? – interrogó este. – No esperó ningún saludo ni aquiescencia, se sentó en su sillón para inspeccionar a su visitante, luego, tras una pausa que pareció un siglo, continuó:
–Y bien, señor Simonin Peschet, he encontrado en mi vida personas atrevidas, pero que lo fuesen tanto como usted, nunca!... ¿Conoce a Guy de Maupassant?
–Demasiado, en exceso – fue la respuesta, preludio de nuevas imprecaciones contra el célebre y delicioso escritor de La Pequeña Roque.
Pero el secretario de la redacción detuvo ese impulso y dijo:
–Me he dado cuenta, en efecto, que usted lo conoce muy bien.
 Luego añadió, sarcástico:
–¿Usted no ignora que él, al igual que usted, es el autor de un relato que se titula El Miedo, el cual, de principio a fin es semejante al suyo?... ¿Qué?... ¿Parece dudar?... No se tome la molestia, caballero, consulte ese volumen que lo convencerá, lo he traído a propósito para usted.
Tendío a Simonin Peschet un libro abierto en la misma página donde este pudo leer: El Miedo. El texto impreso seguía, palabra por palabra, línea por línea, absolutamente idéntico al del manuscrito entregado.
–¡Caramba!, uno ha sido copiado del otro.
–No, caballero, – afirmó vigorosamente Max Hovard – y usted se equivoca.
 El pobre autor del segundo Miedo era un hombre honesto; desconocía sinceramente el primero.
–Ya lo veo venir – dijo sardónicamente el doctor B… – ¿usted quiere insinuar, mi querido amigo, que era el Sr. de Maupassant, el espíritu de Guy de Maupassant, quien a su vez le hacía esa jugarreta a su detractor?
–Perdón – dijo el narrador –, yo no insinúo nada y no concluyo nada. Dejo a ustedes que deduzcan de esta aventura lo que les plazca.
–¡Es usted un ingenuo, Max Hovard, – respondió el dueño de la casa, – y su Simonin Peschet no era más que un vulgar plagiario!
La fisonomía del adjunto de embajada se tornó seria, fijó sobre nosotros sus pupilas glaucas y con un tono que, en esta ocasión, no admitía más réplica, pronunció:
–Simonin Peschet, caballeros, se lo repito una vez más, era un hombre honesto. Simonin Peschet desconocía totalmente, y por lo tanto no lo había copiado, el relato de Guy de Maupassant. Simonin Peschet podría jurárselo. Simonin Peschet se lo jura, pues Simonin Peschet – ese es el nombre con el que he firmado, antaño, mis primeros trabajos – Simonin Peschet… ¡era yo!


Albert Delvaille (Trébla).

Le Figaro. Suplemento literario del domingo.  5 de diciembre de 1920.
Traducción de José M. Ramos González. 27 de enero de 2017.

LA PROPINA (Edmond Sée)

En un compartimento del tren que la llevaba, a toda marcha, hacia R…-sur-Mer, donde su hija y su yerno pasaban las vacaciones, la Sra. Radouce, pensativa, miraba huir el paisaje y soñaba. Se retrotraía en pensamiento a quince años atrás, cuando realizaba ese mismo viaje con su hijita. En aquella época, la Sra. Radouce todavía era joven, esbelta, elegante, bonita y feliz, pues su marido la adoraba, y como sus negocios prosperaban, este no le negaba nada. Así, cada verano, la enviaba a la orilla del mar a fin de que pudiese descansar de la vida mundana, mientras él continuaba trabajando en París. Ahora bien, en cuatro o cinco años de veraneo consecutivo, la bella Sra. Radouce había iluminado con su deslumbrante simpatía la playa de R… - sur-Mer. Tan pronto llegaba, y  durante toda su estancia, a su alrededor orbitaba toda una corte de admiradores, de adoradores empeñados en complacerla, en seducirla. Pero ella, siempre disfrutando de ello con reconocimiento y con voluptuosidad de esos homenajes,  se mantenía estrictamente honesta y muy aferrada a su marido y a su hijita.
Aun así, si hubiese querido…
Pensad que un día, Ribestein, el riquísimo banquero, que la cortejaba de cerca y se confesaba, a quién quería escucharle, desesperadamente prendado, le ofreció poner su fortuna a sus pies si ella consentía en divorciarse para convertirse en su esposa; e incluso estaba ese príncipe italiano, su vecino, que le hacía llevar, cada mañana, un colosal ramo de flores, e intentaba mil extravagancias amorosas a fin de enternecerla. Sin hablar de otros testimonios que se multiplicaban igualmente en el transcurso de esos gloriosos veraneos. Pero, entre esas manifestaciones, la que tal vez había halagado más a la bella Sra. Radouce, era la que le dirigía un humilde adorador, un simple cochero «de plaza», cuyo coche estacionaba muy cerca del hotel. ¡Ah! Este no ocultaba el culto inocente que dedicaba a la deslumbrante pasajera, y lo manifestaba, a su manera, de un modo muy curioso. Cada vez que la Sra. Radouce daba algunos pasos, surgía su modesto adorador, que le imploraba, con una sonrisa maravillada, que tomase asiento en su coche. A menudo, cuando ella tenía algunas compras que hacer, o para acudir a la playa, la Sra. Raoduce aceptaba no sin una divertida indulgencia; entonces el otro – un apuesto muchacho, y más elegante, más delicado que sus iguales, saltaba alegremente sobre su pescante, como radiante de su victoria. ¡Y partían!
Y al regreso, cuando su clienta quería añadir, al precio de la carrera, un billete a guisa de propina, Gaspard – ese era el nombre del cochero – lo rechazaba, indignado:
–No – murmuraba devotamente,– nada de eso… Mi propina es el placer de llevaros.
Después de esto, enrojeciendo por esa confesión apenas esbozada, levantaba su sombrero y, saludando sobre su asiento, partía a toda velocidad haciendo chasquear alegremente su fusta. Con estos recuerdos, la Sra. Radouce sonreía no sin cierta melancolía.
Lamentablemente, después de esos bellos y alegres años, el destino se había mostrado menos clemente para con ella. Al principio, su marido, comprometido en especulaciones arriesgadas, se arruinaba a medias, y luego moría, dejando una esposa, y una hija sometida a todas las dificultades de la existencia.
Sin embargo, la Sra. Radouce había asumido con valentía su nueva condición, había luchado para salvar los restos de su fortuna; negándose a rehacer su vida, se había dedicado a la educación de su hija, y, hoy, después de tantos años transcurridos con una rapidez vertiginosa, esta hija se había convertido a su vez en esposa; acababa de casarse con un compañero de infancia, un encantador muchacho cuya situación económica no dejaba de ser envidiable. Por lo demás, el yerno de la Sra. Radouce, muy enamorado de su mujer, se mostraba perfecto para su suegra, y era él quien había exigido que fuese a pasar dos o tres semanas con ellos, y precisamente en R…-sur-Mer. Al principio, ella se había negado, temiendo turbar con su presencia la luna de miel de la joven pareja, pero él insistió tan afectuosamente que la Sra. Radouce acabó por dejarse convencer.

***

Ya en el presente (mientras el tren circulaba y la acercaba cada minuto más al final de su viaje), hete aquí que casi lamentaba su debilidad y sentía no sé qué aprensión, qué angustia confusa invadirle, con la idea de desembarcar es esa playa mundana donde antaño había reinado de un modo tan victoriosamente femenino, de desembarcar allí y algo ajada, derrotada, y totalmente cambiada, hoy, cuando ya no era, cuando ya no podía pretender ser más que una mamá…
Suspiró a la evocación de tan felices recuerdos y, extrayendo de su bolsa de viaje un neceser de aseo, se miró en un espejó minúsculo. Eso no la tranquilizó más que levemente. Entonces, como estaba sola en su compartimento, se puso a reparar el desorden de su peinado, se empolvó ligeramente, se dio un toque de pintalabios rojo y, acabada su obra, se sintió más satisfecha.
–Después de todo – murmuró a media voz – ¡tal vez no haya cambiado tanto!
Algunos minutos más tarde, el tren entraba en la estación. Enseguida descubrió a su hija y a su yerno sobre el andén, observando cada  compartimento con una intensa avidez. Ella les hizo una señal por la ventana. Se apresuraron a su encuentro. Tras las primeras efusiones, la joven mujer dijo a su madre:
–Ven rápido, nos vamos, un coche nos espera, el que nos ha traído hasta la estación y nos llevará a casa.
Y añadió, designando a su  marido:
–Gaston se ocupará del equipaje, y luego se nos unirá, pues va en su bicicleta.
Ambas salieron.
Un coche las esperaba en la salida de la estación, y su cochero hizo una señal a a las dos mujeres. Sobre el pescante, la Sra. Radouce lo reconoció y sintió una ligera turbación que la hizo enrojecer a su pesar. Sí, desde luego era él, su adorador de antaño, aquel que se encontraba sin cesar a su paso y le testimoniaba tan inocentemente su admiración… ¡y tal vez algo más!
–¿Me reconocerá?– pensó la Sra. Radouce. – ¡Ah! ¿he cambiando tanto como él?...
En efecto, ella acababa de constatar la decrepitud física de aquel al que sus amigas, para burlarse, llamaban «su galante cochero».
Hoy, el galante cochero se había convertido casi en un anciano, con el rostro demacrado, el bigote gris, y que no había conservado de su juventud más que unos ojos siempre vivos y audaces.
Viendo avanzar a la Sra. Radouce y a su hija, él les sonrió, y la Sra. Radouce tuvo la impresión de que esa sonrisa le estaba particularmente dedicada. Sintió un delicioso orgullo y un sentimiento de consuelo. Se instaló en el coche que partió a todo tren. Mientras el coche rodaba a través de las escarpadas callejuelas, la Sra. Radouce escuchaba distraídamente la afectuosa charla de su hija, y mantenía los ojos fijos en la espalda del  hombre, allí, ante ella, esa espalda un poco encorvada, un poco abovedada, pero que, así lo creía, parecía querer levantarse hoy, luchar contra el peso de la edad. Ella se volvía a ver como antaño, haciendo una entrada triunfal en el patio del hotel, donde Gaspard saltaba de su asiento para ayudarla a descender, adelantando celosamente a los adoradores que esperaban ante la entrada. Ella creía verle, diligente, radiante, y escucharle murmurar la frase acostumbrada que ella se divertía coquetamente en provocar: «… Nada de propina, ¡mi propina es el placer de llevaros!»

***
Una súbita detención la sacó de su ensoñación. Habían llegado ante la casa. La hija de la Sra. Radouce saltó ligeramente a tierra, ayudó a su madre a descender, y luego llamó para que los criados acudiesen a recoger las maletas. Entonces la Sra. Radouce, obedeciendo a un impulso repentino e irresistible, quiso llevar a cabo una experiencia… una prueba que la tranquilizaría convenciéndola de que todavía conservaba un poco de su poder de seducción, de su prestigio, que todavía era digna de la admiración de los hombres: aún mujer, mujer y no solamente una madre…
Buscó nerviosamente, rápidamente en su cartera y, mirando a Gaspard con su más dulce sonrisa – la sonrisa de la bella Sra. Radouce, dijo:
–¿Cuánto le debo?
Él sonrió a su vez:
–Como de costumbre. ¡Cinco francos por la carrera!
Ella le tendió un billete:
–¡Aquí tiene!
… dudó, luego, entregándole un segundo billete, murmuró, casi ansiosamente:
–Y esto… es su propina.
Ella esperó un segundo, dos segundos, y una absurda emoción hacía latir su corazón.
…………..
***

Pero Gaspard, sin pestañear, tomó el segundo billete, lo deslizó en el bolsillo de su chaleco, y, tocando el borde de su sombrero, volvió a subir a su pescante, donde se instaló, hizo chasquear su fusta y partió benévolamente, a poca velocidad, dejando sobre la orilla de la acera a una mujer repentinamente pálida, cuyos labios temblaban y a la que su hija debió llamar en dos ocasiones para que entrase en la casa, lentamente, como  con pena y con un andar bruscamente pesado.

Edmond Sée.

Suplemento literario de Le Figaro.  18 de febrero de 1923
Traducción José M. Ramos González, 27 de enero de 2017


domingo, 1 de noviembre de 2015

LA CALUMNIA (Carlos Rubio)

I

Váyanse al diablo la geografía y la cronología; jamás he sabido recordar un lugar ni una fecha: así, pues, todas las indiaciones que puedo hacer para precisar eltiepo y el lugar de mi relación, se reducen a decir que se refiere a un hecho ocurrido en Europa y a principios del siglo XVIII.
Una hermosa mañana de primavera, lord X***, viajero inglés, alto, delgado, blanco, rubio y excéntrico como todos los ingleses de novela, oculto detrás de las cortinillas del balcón de su alojamiento, se entretenía en mirar a una joven que en la casa de enfrente estaba regando sus tiestos.
La joven era, en verdad, digna de ser mirada. Jamás los pinceles de Rafael dibujaron un rostro tan hermoso y tan virginal; su tez de azucena y rosa, sus dorados cabellos, sus labios delgados y purpurinos, sus ojos melancólicos, su frente despejada, todos la asemejaba a una de esas creaciones de los poetas, para los cuales no buscan modelos en la tierra, sino en los ángeles del cielo, su patria siempre amada. No era una mujer, era la encarnación de una melodía celestial.
El inglés decía para sí: – Estoy a punto de cumplir cuarenta años, y empiezan a cansarme los viajes; pero solo en el mundo, solo como un hongo, ¿qué haré, si no viajo? ¿Ahorcarme en mi jardín inglés en que se ahorcó mi padre, habiéndose ahorcado antes mi abuelo y antes mi bisabuelo? Todos ellos se ahorcaron a los cincuenta y cinco años, cinco días, cinco horas y cinco minutos; yo no he de romper la tradición. Además, de que cada uno de ellos cuando se ahorcó dejó un hijo que lo heredase, y yo no tengo ninguno; debo, pues, casarme, tener hijos, y esperar mi hora al pie del pino tradicional. Y dado que me case, ¿no es mejor hacerlo con una mujer bonita que con una fea? Esa muchacha que cuida de sus flores vale más, por sí sola, que todos mis caballos juntos. Es pobre, a juzgar por su traje, y si su alma se asemeja a su rostro, debe ser un ángel de bondad, Sin embargo, en estas cosas no conviene fiarse de las apariencias, sino tomar informes. Tomémoslos, pues, empezando por el interrogatorio de la persona más curiosa y más habladora que conozco en todo el barrio, y plegue a Dios que salga todo como deseo.
Tendió la mano, y sin dejar de mirar a la joven, tiró del cordón de la campanilla.
La patrona se presentó.
Era una mujer de la edad incierta que se llama cierta edad, bastante bien conservada, y de facciones vulgares. Vulgar era también su inteligencia, cuyo punto saliente, por decirlo así, era la superstición. Una gitana la había predicho que su hija se casaría con un inglés muy rico, y esto bastó para que mirara en lord X*** un futuro yerno, y esperara de un momento a otro oírle pedir la mano siempre blanca, mano de Caralampia, que si no fuera porque sus ojos eran pequeños como lentejas, su nariz gruesa y colorada como una remolacha, su color de pan de munición, y su cuerpo algo torcido, rivalizaría en belleza con la mismísima Elena.
–Señora Dionisia, – dijo lord X***, – ¿quién es esa joven que está regando los tiestos allí enfrente?
Dionisia se acercó al balcón, y admirándose de la pregunta, contestó:
–Es María, la costurera, una pobre muchacha huérfana, que no tiene más propiedades que sus agujas.
–Yo soy rico para los dos, – murmuró lord X***.
Dionisia le miró aterrada. Su castillo de naipes se derrumbaba.
–Y decid, – prosiguió lord X***, – ¿es honrada?
La más ligera mancha no empañaba la reputación de María, paloma virginal digna de anidar entre las palomas del Paraíso; pero Dionisia no pensaba sino en su hija y en la predicción de la gitana, así es que contestó con tono incisivo:
–En cuanto a eso…
–¿Qué? – preguntó el inglés.
–Nada…
–Decid si sabéis algo, creed que me importa saberlo.
–Nada, yo no debo murmurar de nadie.
–Pero si decir la verdad cuando se os pregunta.
–Disimuladme, señor, no diré nada, otros os informarán.
–Sois una buena mujer, – dijo el inglés, después de una pausa; – id con Dios. Lo dicho me basta. Me ahorcaré soltero.
Y se separó de la ventana.
Un momento después cerró la suya María, muy ajena de creer que acababa de jugarse su porvenir, y que merced a una trampa de su vecina, le había perdido.

II
Lord X*** continuó su viaje al día siguiente; Caralampia, la hija de Dionisia, se casó, no con un inglés rico, sino con un pobre molinero que tenía la costumbre inglesa de emborracharse diariamente, y que cada vez que se emborrachaba sacudía una paliza a su  mujer; y Dionisia, después de haber gastado cuanto tenía en socorrer a su hija, fue echada de casa por su yerno, y tuvo que mendigar su sustento de puerta en puerta.
María vio su miseria, se compadeció de ella, y la dijo: – Venid a mi casa, os miraré como si fuerais mi madre, – Y la llevó a su casa, y trabajó día y noche para sustentarla; pero el exceso del trabajo la hizo enfermar, y al poco tiempo murió.
Los ángeles en el mundo
Están mal, y se van presto,
ha dicho un poeta. Dionisia, desde aquel momento, no pudo sosegar. El recuerdo de su calumnia, y el no menos vivo de María, que la había sacrificado su vida, la perseguían por todas partes. Un día entró en una iglesia, y postrándose a los pies de un confesionario, pidió consuelos a un sacerdote, confiándole su remordimiento.
–Tu culpa es muy grande, – le dijo el sacerdote;  – pero mayor es la misericordia divina. Ve esta noche a las doce al templo en que descansan los restos de María, y ora por el descanso de su alma. Esta es la penitencia que te impongo por tu pecado.
Dionisia, más consolada, aunque bastante agitada por el temor, esperó la noche para cumplir su penitencia.

III

El templo en que debía cumplir, era uno de esos poemas de piedra de la Edad Media que admiran el arte moderno, impotente para imitarlos. Todo en él respiraba la idea de la divinidad relacionada con la humanidad. Mirándole desde fuera un extranjero ignorante de nuestra religión, hubiera leído el misterio sublime de la fe cristiana con solo haberle visto de noche, cuando elevándose sobre la ciudad como el ángel de la fe, dejaba caer el eco de la fúnebre campana desde lo alto de sus góticas torres terminadas en cruces de flores, que indicaban que el alma religiosa reserva para el cielo los aromas de su pureza. Y penetrando en su recinto, mirando a la luz de la lámpara, eterna como la conciencia, aquellas altas naves en que la pintura y la escultura aparecían como humildes esclavas de la arquitectura, aquellas columnas semejantes a los elevados cedros del monte sagrado, aquellas bóvedas oscuras, y enverjadas capillas, aquellos altares dorados, aquel pavimento compuesto de losas de tumbas, ¿quién no se sentiría conmovido de religioso pavor?
Al llegar a la puerta del templo, Dionisia se detuvo vacilante. Pareciale que las molduras estaban animadas, que las sagradas efigies de los altares y de las ojivas la miraban con enojo; sobre todo la oscuridad de las naves la infundían un miedo indeterminado a plegarias desconocidas.
Oró brevemente, se animó y marchó. Su paso resbalando por las losas, la parecía el siseo de la ronda del sábado.
Al llegar a la tumba de María, se arrodilló, y volvió a orar con los ojos cerrados, por miedo a una aparición; pero su precaución fue inútil. Sus párpados dejaron de interceptar la luz, y al través de ellos, como al través de trasparentes cristales, vio abrirse la tumba y levantarse a la joven, adornada con un dulcísimo traje blanco, y coronada de rosas, blancas también. Brillaba en sus labios la flor de una dulce sonrisa, pero su mirada era siempre melancólica.
–¡Perdón, – murmuró Dionisia, aunque María no la miraba enojada; – perdón, señora, por el daño que os he hecho; bastante castigada estoy!
–No es a mí a quien has hecho el daño, – murmuró María, con una voz tan dulce como las melodías del Paraíso; – no es a mí. Yo sufrí en la tierra, pero por eso mismo es mayor en el cielo mi felicidad: ¿qué importa un día de lágrimas, si con él se compra una eternidad de ventura? Los daños que has hecho a los otros los vas a ver.
En este momento tres personas más se levantaron de la tumba de María. Eran tres hombres, uno ceñía la toga, otro el sayal del misionero, y el último parecía ocupado en analizar unas yerbas que tenía recogidas en un paño de su túnica.
–Hubieran sido mis hijos, – suspiró María, – tres corazones más para amar a Dios.
–Yo,– dijo el primero, – hubiera guardado el santuario de la justicia, y arrancando la cizaña del campo de la patria, la hubiera abonado para producir los frutos más óptimos.
–Yo, – dijo el segundo, – hubiese enseñado la fe a pueblos enteros que gimen en la ignorancia, y abierto las puertas del cielo a desgraciados que esperan aun por largo tiempo quien rompa los grillos con que los tiene sujeto el rey de las tinieblas.
–Yo, – dijo el tercero, – hubiese sido médico, y enseñado a curar males que se creen incurables.
 Y todos tres, volviéndose indignados a Dionisia, unieron sus voces para gritar tres veces: «¡Maldita seas!»
Y pareció que millares de voces repetían entre las sombras la solemne maldición.
Dionisia apenas alentaba.
Por fin, haciendo un esfuerzo titánico, murmuró con voz apagada: –¡Perdón, perdón! ¿qué he de hacer para reparar el mal que he causado?
–¡Repararle! –murmuró Maria; –¡repararle!
Cogió una copa de oro llena de agua, y presentándosela a Dionisia, le dijo: – Derrama esa agua en el suelo.
Dionisia obedeció.
–Ahora, –añadió María, –tórnala a coger.
–Las junturas de la losa la han embebido: es imposible cogerla.
–Pues así sucede con la calumnia; todos pueden derramarla, nadie recogerla; y para aspirar al perdón del mal que se ha causado, es preciso ante todo procurar resarcirle.
Y la visión desapareció.
Dionisia cayó desmayada, y cuando al día siguiente la recogieron y le preguntaron lo que le había ocurrido, no pudo contestar… estaba loca.

CARLOS RUBIO

Publicado en Almanaque Literario para 1873.

viernes, 28 de agosto de 2015

PESADILLAS (Eduardo Zamacois)

La luz de una lámpara verde suspendida en medio del dormitorio, envolvía los muebles en una soñolienta hopalanda luminosa, triste como una neblina otoñal, bajo la cual aparecían las marquesinas con sus suaves panzas afelpadas, y un severo lecho de caoba, amplio y macizo.
Eva, la adorable pecadora que supo encender tantas pasiones y hurtar tantas horas al demonio, torturador del Fastidio, dormía profundamente descansando las fatigas de la última bacanal. Tenía la tez mate, los labios rojos y la nariz caprichosa y tajante de los temperamentos inquietos; los ojos reposaban a la sombra de sus pestañas, y el plácido letargo de aquella cabeza hubiese sido perfecto, si los íntimos rebrinqueteos del espíritu no se hubieran traducido en los frecuentes estremecimientos del sobrecejo, que temblaba bajo el casco ondulante de sus cabellera rubia: casco magnífico formado de cabellos fuertes y erguidos en varias direcciones, como si cada uno de ellos fuera dotado de voluntad y carácter propios.
Eva soñaba…
En tales momentos, su imaginación componía una fábula en que había retazos de realidad vívida y girones del mundo quimérico… Aquella noche, Eva y otra mujer, muy hermosa también y muy ducha en los ladinos discreteos y taimerías del buen placer, se disputaron el corazón del mismo hombre, y Eva triunfó.
–Soy invencible,– murmuraba la joven soñando; –  el cetro de la belleza no caerá nunca de mis manos. No hay mujer que me rinda… Mi gentileza es como manantial que no se agota, como sol sin ocaso…
Y discurriendo así Eva, vio venir hacia ella un largo rosario de sombras blancas que se acercaban pausadamente y con el diestro índice sobre los labios en la actitud de esos ángeles silenciosos que ornan los grandes monumentos sepulcrales. Aquellas mujeres parecían hermanas gemelas, tan grande era su parecido: todas muy pálidas, muy tristes, con afiladas narices hebraicas y rasgados ojos melancólicos…
–¿Quiénes sois? – preguntó Eva.
–Somos las Horas… – dijo la primera. – Somos las Horas… – repitió como un eco, la segunda. Y seguían desfilando una tras otra, con paso quedo y cogidas de las manos… Y como la gentil pecadora tornase a preguntar, quiénes eran y qué pretendían de ella, las Horas contestaron:
–Somos las omnipotentes motoras del mundo. En nuestro seno nace y muere todo y el cosmos no existiría sin nuestra colaboración. Estamos en todas partes, el Tiempo es nuestro padre y nuestro verdugo, y somos tan numerosas que llenamos el espacio. Del infinito venimos camino de la inmensidad; las Horas que se van no vuelven, y sin embargo, el raudal de las Horas, a despecho de fluir eternamente, no se agota nunca… Nosostras, que asistimos al nacimiento del Sol y a la formación de la Tierra, también seremos testigos de su ruina y desmoronamiento; nosotras somos las hadas invisibles que secamos los mares, y allanamos las cordilleras, y hundimos los palacios más sólidos, y deslustramos el recuerdo de las hazañas más memorables y aventamos el polvo de las ruinas… Hace un momento, la satisfacción de un triunfo, prendió en tu ánimo la presunción de que tu belleza era invencible y todopoderosa… Te engañas; las únicas deidades omnipotentes, somos nosotras…
–¿Y ese poder infernal, lo empleareis en contra mía? – preguntó Eva.
–Sí; contra ti y contra todo, que tal es nuestra misión.
–¿Y me mataréis?
–Sí.
–¿Y me afeareis?
–Sí. ¡Cómo!... ¿No sabías que Venus murió a manos de las Horas?...
Eva quiso protestar y huir de aquel calenturiento aquelarre, pero no pudo, y ellas, las Horas implacables, tornaron a murmurar con ese sonsonete manso y arrullador del remusgo que susurra entre las cañas.
–No te envanezcas, pobre pecadora, porque eres sierva nuestra, y prostérnate ante nosotras recordando que lo Pretérito y lo Porvenir, de Horas están formados…
Y hablando así, las terribles hijas del Tiempo, seguían desfilando.
–Acuérdate, Eva, – continuaron diciendo – que en una Hora naciste y que a manos de una de nosotras habrás de morir…Ahora tus Horas son jóvenes, lozanas, alegres y soñadoras como tú misma; mas recuerda que las Horas buenas pasarán y vendrán las de la arada vejez… Horas nefandas que marchitarán tus mejillas y dulzurarán el fuego de tus entrañas ardientes, y tornarán fétido el ogaño vaho aromoso de tus labios y quemarán tus párpados… Recuerda esas Horas y luego aquella Hora trágica, suprema, en que el Sol no brillará para ti…
Y escuchando tan tremendas amenazas, Eva, horrorizada, despertó, mirando los muebles envueltos en la voluptuosa luz de la lamparilla verde. Luego, queriendo asegurarse por sí misma de lo que había soñado, saltó del lecho y corrió a mirarse en el espejo de un armario.
–¡Oh, qué sueño tan fatídico! – murmuró; – envejecer, morir… ¿qué importa?... Soy joven, soy hermosa… Gocemos; pues, mientras mis nervios sientan el supereminente deleite de vivir…
Y sacudió su abundosa cabellera rubia; aquel casco soberbio que aún no había recogido ese polvo que levanta la marcha triunfal de las Horas…

EDUARDO ZAMACOIS

La Vida Literaria. Madrid, 25 de mayo de 1899.

domingo, 29 de marzo de 2015

NATURALEZA (Diego de Fuentes)


¡Pobre poeta! Luchaba en vano por descansar un instante después de una noche entera de fiebre… Se echó de la cama precipitadamente; fue a sentarse delante de su mesa, llena por todos lados de cuartillas blancas y vírgenes, y apoyó la cabeza entre sus manos temblorosas, apretando ferozmente sus sienes, como queriendo ahogar de una vez los gritos y las quejas de la multitud de ideas que anidaban en su cerebro… ¡Era horrible! Reclamaban todos su derecho a la vida, pretendían unas y otras ser engalanadas con espléndidos ropajes… Bastante tiempo habían vivido ya encerradas en aquel templo reducido, aunque hermoso, constituían la felicidad de su poseedor, eran su único orgullo, su sola ambición; era justo, pues, que se las hiciese honor dándoles forma… Lucharían obstinadamente hasta conseguir su justo triunfo… luchaban, sí, hasta volverle loco…
Pero el poeta se sentía aquella alegre mañana con menos fuerzas que nunca… Sólo ansiaba enloquecer de dicha contemplando durante mucho tiempo aquella naturaleza que derrochaba vida a manos llenas…

¡Qué hermoso estaba el campo! El sol lucía como nunca su grandeza, enviando a la Tierra en sus rayos raudales benéficos de luz espléndida y vivificante calor… ¡Luces y colores! La llanura inmensa, cubierta de espigas, semejaba un vasto mar de oro; las amapolas salpicaban de sangre las mieses; las florecillas moradas, verdes y azules componían un radiante mosaico de amatistas, rubíes y zafiros… ¡Qué delicia!
El poeta, echado en el suelo perezosamente, contemplaba extasiado el imponente y delicioso espectáculo.
Sentía imperiosa necesidad de beber aquel aire purísimo con la boca y con los ojos; hubiera deseado que aquellos aromas rústicos y deliciosos y aquel sol magnífico se introdujesen en su interior para abrasar sus entrañas… Y con instintos de bestia se tendió sobre la verde alfombra… Cerró al fin los ojos y comenzó a soñar despierto…
Ilustración original de Marin.
A los posos instantes se vio interrumpido el silencio majestuoso de aquella hora por el ruido leve que producían los movimientos de dos piececitos diminutos… Después escuchó el poeta crujidos de faldas que rozaban el suelo; más tarde las tenues palpitaciones de un pecho anhelante. Abrió los ojos: a corta distancia contempló asombrado la arrogante figura de una hermosa mujer. Le miraba, le miraba ansiosa, queriendo descubrir en sus ojos un alma hermana de la suya… Fue acercándose poquito a poco y al llegar junto a él, sin haber balbuceado una sola palabra, hincó en tierra sus rodillas, colocó las manos sobre sus hombros y acercó sus labios tembloroso a los de él… El poeta la apartó de sí haciendo un movimiento brusco… Parecíale que todos los inmensos encantos de aquella naturaleza espléndida habían formado el cuerpo de aquella mujer para colmar sus ansias de posesión… Pero no, antes de todo había sentido deseos imperiosos de ser maltratado…
Y rompiendo aquel mutismo majestuoso, exclamó: «¡Maltrátame, mujer! Que tus manecitas delicadas opriman ferozmente mi cuello hasta que tema morir; que tus piececitos pisoteen mi corazón hasta que te exija piedad… ¡Soy tuyo! No hay mayor dicha en estos instantes para mí que gozar sufriendo. Y cuando el dolor me haya robado todas las fuerzas, entonces reclamaré tus caricias de consuelo y sonreiré de dicha al apurar los goces inmensos que me ha de ofrecer tu juventud y tu belleza… ¡Ven, ven a mí, mujer!»

El paisaje ostentaba galas más espléndidas… La naturaleza sonreía de gozo… Iniciábase el crepúsculo y aún continuaban  aquellos dos pechos palpitando al unísono y aún aquellos labios sedientos de calor se acariciaban con ansia infinita…

DIEGO DE FUENTES.
Publicado en La Vida Literaria. Madrid 11 de marzo de 1889.

sábado, 28 de marzo de 2015

¡ESTÁS CHIFLAO! (José García Vaso)

–Lo diré mil veces… y luego otras mil… y lo estaría siempre contando y diciendo, sin que me importara un ardite la compasión insultante de la gente… ¿Qué me importa a mí esa opinión anónima, nacida de mil cerebros prostituidos bajo el estúpido yugo de la vulgaridad?
Pues sí… vosotros no sabéis como fue aquello; oídlo: Ardía mi Patria en guerras civiles, fratricidas. Allá, a las tierras lejanas donde imperaba la muerte, iban miles y miles de hombres que, sin una protesta, sin un solo amago de rebelión, siquiera fuera tan íntima como un mal pensamiento, daban sus vidas y con ellas las de sus madres infelices, sin saber a ciencia cierta por qué daban tanto… Las daban, tal vez, porque así lo disponían otros hombres que hablaban en nombre del amor patrio, de la honra y gloria nacionales, y de otras cosas por el estilo, inventadas para convencer a las madres de que es santo quitarlas los hijos, y para convencer a los hijos de que es heroico abandonar a las madres…
Cuando, después de algún tiempo de sacrificios, iban escaseando en mi Patria la sangre generosa y el dinero miserable, un día… un día triste… un día de esos en que toda la naturaleza está de mal humor, presenciaba yo, angustiado y dolorido, el desconsolador espectáculo de un embarque de tropas… ¡Oh, cuanta amargura! Sobre el muelle bullía la muchedumbre inconsciente y escandalosa, y, hartas ya de llorar, rugían de dolor las pobres madres de aquellos infelices soldados que se iba tragando poco a poco el enorme trasatlántico que cabeceaba quejumbrosamente, como si se doliera de su forzosa complicidad en aquella sangría de hombres… ¡Cuánta amargura!
Ilustración del periódico
Entonces, entonces fue cuando, amasada con lágrimas y sangre del corazón, surgió en mí aquella idea subyugante, avasalladora… aquella idea con garras que se hundía en mi cerebro a los gritos de dolor de las pobres mujeres, y entonces fue cuando, dominado por ella, esclavizado por su poder misterioso, escalé rápidamente una altura, y hablé a la muchedumbre…
–¡Muchedumbre, eres imbécil! Las tierras que luchan por su libertad la consiguen… Solo se vence en el mundo por la libertad. Grecia vence al Oriente porque en Salamina y en las Termópilas resonaba el grito de libertad. Atenas eclipsa a Esparta porque Atenas era una república democrática. Los germanos vencen a Roma, porque traen el sentimiento de la libertad en el pecho. Suiza vence a Austria, Holanda a España, porque invocan la libertad[1]… ¡ ¡Son inútiles, oh Patria, tus esfuerzos! No luches, no luches en nombre de tus glorias, con ser tantas, no valen lo que tus hijos ni tanto como esas madres que lloran; no derrames tanta sangre ni tantas lágrimas en aras de ese regionalismo nacional que se llama patriotismo, porque la Patria, la verdadera Patria es el mundo, y todos somos ciudadanos de la tierra; no batalles por la integridad de tu territorio, porque no le tienes tuyo, todo es de todos! La mayor gloria que puedes añadir a las que ganaste cuando las rapiñas eran conquistas y la barbarie grandeza y los aventureros héroes, será la gloria de haber sido la primera nación que, rompiendo los mezquinos lazos de la Patria, dio notablemente a la humanidad lo que le quitó, tiempo atrás, el egoísmo de las naciones, y de este modo, si pierdes unas cuantas leguas de terreno que quieran ser libres, ganarás, en la historia de los pueblos, un lugar eminente…
En este punto interrumpieron mi discurso… La muchedumbre, que se había apiñado a mi alrededor, sorprendida por la dureza de la expresión y lo atropellado del discurso, me había escuchado silenciosa; las mujeres habían dado tregua a sus lágrimas, y creyeron en mí, y, mientras yo, arrebatado, dominado por una fuerza extraña, hablaba… hablaba…
Pero aquella calma era la pérfida clama de la tempestad… la estupidez y la vulgaridad hablaron por los labios de un patriota, y una voz anónima, desvergonzada y enérgica, arrojó esta frase a la muchedumbre: ¡Matadle, es un traidor a la Patria!
Me sentí súbitamente arrebatado, zarandeado, magulladlo por los innumerables brazos de aquel monstruo que manoteaba en el espacio, y luego no sentí nada… ¡el vacío, el negro vacío llenaba todo mi ser!
Cuando volví a la vida, algunas mujeres estaban a mi lado echadas en el suelo, donde yo yacía, dolorido y maltrecho… Abrí los ojos, y allá, casi perdido en la brumosa lejanía, distinguí al trasatlántico, que, cargado de reses humanas, surcaba majestuosamente el mar inmenso…
Un grupo de chiquillos se me fue acercando poco a poco; uno de ellos, más atrevido, inclinó hacia mí su cuerpecito, y mirándome, entre burlón y compasivo, me dijo: ¡Estás chiflao!
Y desde aquel día memorable soy un demente… ¡Un pobre demente declarado loco por sufragio universal!

JOSÉ GARCÍA VASO
Publicado en La Vida Literaria nº 9. Madrid, 4 de marzo de 1899.



El autor.- José García Vaso (Cartagena, 1866-?) fue un abogado, periodista y político español, alcalde de Cartagena y diputado en las Cortes Generales de la Primera República.


[1] Las líneas en cursiva son del Sr. Castelar.