martes, 17 de febrero de 2015

EL CUARTO DE HORA (Eduardo Zamacois)

… Juanita Torner le había robado el juicio con la salsa y pique de su gienecillo cascabelero, su nariz apicarada, sus ojos negros preñados de arrebatos agarenos, su cabellera fuerte y crespa, y su color cetrino de gitana ardiente; era una de esas hembras diabólicas que a cada nueva posesión descubren ternuras y hechizos que al principio estuvieron velados por otros de mayor bulto y cuantía, y luego fueron apareciendo fingiendo al deseo el torturador antojo de una mujer de ensueño y embeleso, que no puede gozarse nunca…
Aquello parecía lo inapresable, espíritu de la belleza misma hecho carne, la desesperante quimera de las ninfas siempre vírgenes forjada por los mirajes embusteros del inquieto deseo.
En la enfermiza exaltación de aquel cariño influía no poco la situación de Juanita Torner, casada con un viejo celoso muy ducho en lides amorosas, y las dificultades que Roberto había de vencer para dar vado a las exigencias de su deseo. Se veían a salto de mata, abrazándose y separándose enseguida, como pajarillos encelados que se acarician en la punta de una rama; y tras aquel fugitivo momento de expansión venían días inacabables, a veces semanas de dolorosa expectación, durante las cuales los dos amantes habían de contentarse con el billetito incendiario que Roberto deslizaba furtivamente en la mano de Juanita los domingos, a la salida de misa, aprovechando la aglomeración de fieles que se agolpaban en la puerta.
En aquellos billetitos con que mutuamente se consolaban, Roberto empelaba el descompuesto lenguaje de los locos: ella le respondía con esa mansedumbre de las mujeres acostumbradas a resignarse, y sus cartas siempre envolvían una dulce esperanza que raras veces obtuvo inmediata realización.
«Tus extremos me hacen sufrir mucho–decía; – ten más resignación, más fe en el porvenir, y aprende, bien mío, a sufrir como yo sufro. Mañana, a las seis de la tarde, pasa por mi calle; yo estaré detrás de los cristales del balcón: si saco el pañuelo vuelves por la noche y entras; si no  te hago seña ninguna… ¡paciencia!... es que mis cábalas han fallado. Adiós, te beso en la boca…»
Aquellas citas mantenían la amorosa afición de Roberto en perpetuo jaque: acudía a ellas emocionado, como el colegial que se fuga a media noche de su casa para concurrir a un baile de máscaras, y después de mucho esperar componiendo en su imaginación series prolijas de sonrosadas arabescos, veía a Juanita, que le miraba tristemente y luego se retiraba dejando caer el visillo y sin decirle nada. Así pasaban los días y fueron muchas las semanas en que no pudo obtener hasta el sábado por la noche, lo que el lunes por la tarde le prometieron.
Aquellas ocasiones que ambos enamorados asían, como por los cabellos, para verse, eran insuficientes: duraban diez minutos, quince, a lo sumo… y Roberto se marchaba más enamorado que nunca, creyendo que su amada de hoy atesoraba más encantos y ardimientos que su amada de ayer; y como este fenómeno se repitió varias veces y él no tenía sosiego ni espacio para confirmar la verdad de sus imaginaciones, llegó a convencerse de que Juanita Torner era como mágico Proteo del deleite, que cien veces cambia si otras tantas se rinde, y que dentro de su unidad guardaba y escondía tantas variedades que no podrían encerrarse en guarismos con ser inacabable la serie de los números.
Para despejar aquella incógnita necesitaba verla minuciosamente, oírla hablar unos momentos, ¡un cuarto de hora!... Ese divino cuarto de hora en que los sabios conquistan la gloria y los especuladores la fortuna y los amantes el supino placer… Instante solemne que, después de pasar, no vuelve nunca…
Y para Roberto, el cuarto de hora de su amor no había llegado aún.

***
Eran pasados muchos meses, muchos… cuando la ocasión deseada se presentó poniendo término novelesco a aquella espera inacabable.
El marido de Juana estaba concluyendo de vestirse para salir: le habían invitado a escuchar la lectura de una comedia que un amigo suyo acaba de escribir y de la cual se hablaba mucho en el saloncillo de los teatros. La reunión empezaba a las nueve en punto, concurrían a ella varios novelistas y actores de gran cartel, y, tratándose de individuos de tanto fuste, no era cortés hacerse esperar.
–¿Tardarás mucho?– repetía la joven.
–No; entre doce y doce y media, estoy aquí… ¡Adiós!...
–Te espero, ¿sabes?... te espero…
Y mientras el marido se marchaba por un lado, Roberto, que le espiaba, llegó por el otro. Juanita le condujo al gabinete  y en tanto la doncella, ladina confidente y protectora de aquel enredijo, preparaba sobre el velador un ligero piscolabis, los dos enamorados reían, reían, con ese candor pueril de los dichosos.
–Las diez, las once, las doce, ¡tres horas!–exclamaba Roberto mirando su reloj; –¡si parece imposible que en tan poco tiempo quepan los anhelos más grandes de mi vida!...
La doncella se había retirado cerrando la puerta y corriendo los cortinajes, y Roberto aproximó el velador al sofá: en medio de los platos bien surtidos de jamón en dulce, pastas y otras sabrosas golosinas, había una botella de Jerez añejo brillando a la luz del quinqué como una barra de oro.
–Anda, empieza tú – dijo ella.
–No; tú eres quien debes dar ejemplo..
Trasegaron algunas copitas de vino y tornaron a abrazarse, con lo que dieron comienzo a las sublimes puerilidades del amor; y hubo aquello de comer en un mismo plato y de beber en la misma copa, y de hablar continuamente y sin sindéresis de todo y de nada…
Estaban sentados en el sofá, cogidos de las manos, mirándose a los ojos, confundiendo sus alientos…
–Por fin estás como yo deseaba – decía Roberto; – y puedo mirarte a mi sabor, y recrearme con tus palabras y emborracharme con tu hermosura… y descansar después junto a ti de la embriaguez que tu belleza me produzca…
Entre tanto los relojes proseguían su marcha imperturbables, llevándose en el engranaje de sus máquinas jirones de felicidad.
–¡Así quería yo tenerte!–repetía Roberto, –así!...
El quinqué colocado sobre el piano, bañaba la habitación en una luz ténue y soñolienta que batallaba con la oscuridad que invadía los ángulos; sobre el velador quedaban los restos del festín y la botella de Jerez casi vacía; por los cortinones entreabiertos del dormitorio se veía la cabecera de un lecho, alto, dorado y soberbio, como un trono oriental. El cuarto de hora del supremo deleite se acercaba…
La joven se había puesto de pie, con los brazos caídos y la gentil cabeza echada hacia atrás, en la voluptuosa actitud de una diosa pagana. Roberto, cogiéndola por las manos, la arrastraba suavemente. El dorado instante del codiciado bien estaba allí, tras los cortinajes… Juanita Torner, excitada por el vino, se abandonaba, lanzándose al peligro con una dulce inconsciencia de sonámbula. La mujer prudente había desparecido en ella, y quedaba la hembra bravía, sensual, que quiere entregarse…
En aquel momento dramático resonó un campanillazo y se oyeron los pasos precipitados de la doncella que se acercaba sigilosamente. Después la puerta del gabinete se abrió y apareció la sirviente con los labios lívidos de terror.
–Señora – balbuceó – el señor…
La joven, con ese valor que las mujeres demuestran en las ocasiones difíciles, se rehízo prontamente, y mientras la doncella iba a abrir, Juana indicó a Roberto con un ademán la puertecilla de escape: ni siquiera tuvieron tiempo de despedirse y eljoven huyó desapareciendo en las tinieblas del dormitorio…
–¿Cómo, eres tú? – exclamó Juanita al ver a su marido; –¡cuánto me alegro!... Me encuentras levantada porque me dolía el estómago y no quise acostarme sin antes comer algo…
Le había echado los brazos al cuello y le besaba amorosamente, excitada aún por el recuerdo de su amante. Él la abrazó también, muy ufano de verse tan agasajado; y mientras la joven le ayudaba a quitarse el gabán y a descalzarse las botas, el feliz esposo murmuraba:
–¿No sabes? ¡Me he aburrido! ¡Vaya una comedia! ¡Y a eso llaman escribir!... ¡Qué diálogos tan soporíferos, qué estilo tan premioso, qué símiles tan resobados, qué chistes tan recalentados y qué argumento! ¡Eso sobre todo!...
Acababa de quitarse el chaleco y tuvo que interrumpir sus explicaciones sofocado por Juana, que le besó en los labios.
–¡Qué argumento, qué asunto tan viejo!... ¡El eterno asunto de que en este mundo, lleno de incongruencias, todo anda del revés y que, generalmente, los tontos calientan las castañas que otros han de comerse!... ¿Eh?... ¿Qué te parece?...
Ella lanzó una carcajada corta, impúdica, y repuso:
–Que has acertado, pero completamente, créeme… ¡Vamos a dormir!.....

Y el malaventurado Roberto, que logró escapar de su escondrijo sin ser visto de nadie, salía a la calle maldiciendo y pensando en aquel fiero sarcasmo del Destino, que le había burlado trocando el curato de hora de la suma felicidad, en el menguado cuarto de hora de la suprema ridiculez.

EDUARDO ZAMACOIS
Vida Galante, nº 6.   Barcelona  11 diciembre de 1898.

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