domingo, 17 de octubre de 2021

Los difuntos (MODESTO PRIETO CAMIÑA)

 

En la plácida oscuridad de la noche aldeana, rompió el solemne silencio reinante, un grito, que llevado en las rápidas alas del céfiro, llenó de espanto a los sencillos habitantes del lugar. Fue un grito de suprema angustia, terrorífico; dijérase que en las tinieblas, alguien había sido sorprendido por algún ente monstruoso, que poco a poco, como gozándose en su obra, avanzaba con sus garras hacia la garganta de su víctima, estrangulándola en el preciso instante en que demandaba auxilio. No habían transcurrido muchos minutos, cuando otro grito heló la sangre en las venas del vecindario.

Como obediente a un extraño conjuro, la campana de la capilla del humilde cementerio empezó a tañer en forma desusada: ya tocaba acompasadamente, como de pronto, lanzaba a rebato, acrecentaba el hálito siniestro que se respiraba en el villorrio.

Todas las puertas y ventanas se cerraron, las luces se apagaron y todo quedó dominado por el miedo que oprimía el conjunto con el peso de sus impalpables manos.

De pronto, en la plaza desierta, se oyeron unas pisadas como de una persona que corre y en la puerta de Fanchuco sonaron recios y desesperados golpes. Nadie se atreve a abrir. Es la noche de Santos, la víspera de Difuntos. En esta noche, cuenta la leyenda que la Santa Compaña recorre los campos en procesión; que las almas en pena abandonan sus frías tumbas, y llevan a hombros los féretros de las recién enterrados, mientras los demás portan hachones encendidos.

Sabían los viejos que más de uno había sido sorprendido fuera de su casa a la hora en que pasaba la macabra comitiva, y fuera forzado a formar parte del acompañamiento, muriendo después sin arrancarle detalles sobre lo ocurrido.

–¡Abride! ¡Pol-a Virxe, abride! – clamaba una voz golpeando la puerta.

–Deixádeme– dijo Fanchuco a sus famliares, y descolgando la escopeta franqueó la entrada.

Pepe, “El Ferreiro”, que era quien así gritaba, tan pronto vio la casa abierta, se metió en ella y cerrando de golpe, fue a ocultarse tras del propietario de la vivienda, al tiempo que decía: –¡A vin! ¡Era a morte!

–¡Xesus! ¡Nosa Señora lle dea acougo as ánimas!

Los hijos llorando se abrazaron a las piernas de Fanchuco.

–¿A morte? ¿Dónde a viche? –inquirió este.

–¡Alí! ¡No cimiterio!–contestó o Ferreiro, con el rostro demudado por el terror.

–Imos velo–ordenó Fanchuco, y requiriendo el arma abrió otra vez la puerta.

Varias sombras portadoras de candiles y faroles iban agrupándose en la plaza, a su resplandor se percibía el brillo de los cuchillos, las hoces y las escopetas: los vecinos se disponían a averiguar el misterio.

La campana continuaba tañendo sin orden ni concierto.

¡Os mortos non temen aos vivos! – habló una vieja.

–Pois os vivos van ir na procura d’eles–arguyó Fanchuco, montando el gatillo. – A Compaña e unha fantasía.

O Ferreiro vino hacia el grupo rodeado por un grupo de mujeres y niños que le asediaban con preguntas sobre lo acaecido.

–Ferreiriño ¿ti a mirache?

–¿Qué che fixeron, Ferrreiro?

El buen hombre, algo repuesto ante la compañía de los hombres armados, dijo: –Eu viña da miña seara dimpois de aquelar os canastos, e ó pasar por diante do cimiterio, escoite unha badalada, ollei pr’a campá e vin que abancávase sin que ninguén lle tocara.

C-un pouco de medo reparei pr’o meu redor, e unha sombra moura, moura, faxin ó longo da tapia, dand’un berro espantable.

Outra sombra branca chouraba ó pe da capela, y-a- campá                                                               soaba… Non sei; non quero lembrarme. Eu berrei e fuxín, fuxín…

Cortó la conversación el alocado repique de la esquila, estremeciendo la noche con el augurio trágico de su voz metálica.

Las mujeres estrecharon el grupo y dieron principio a los rezos. Los hombres se miraron consternados, sin saber que solución adoptar. El pánico los dominaba a pesar de estar armados.

Fanchuco sobreponiéndose a sí mismo, tomó el mando de aquella gente y se encaminó al cementerio. Un escalofrío sacudió sus cuerpos. Algunos interpretando aquello como una funesta señal quisieron volverse, pero Fanchuco dispuesto a descifrar la clave del enigma, los obligó a continuar la marcha.

–Hay que espantar esos difuntos. Eu teño para min qu’o que vai non volve.

Ya llevaban caminando un gran trecho cuando otro dijo: –Cheira a cera quemada.

–E máis sí – afirmó otro.

–¡Mala señal! –corroboró un tercero.

Segundos más tarde todos compartían la misma opinión, incluso el jefe de la partida quien empezó a recelar si, en efecto, aquellos pronósticos tendrían algo de aviso sobrenatural y por precaución, ordenó elevar una plegaria por las almas del Purgatorio.

En las proximidades de la capilla hallaron el cuerpo inanimado de una persona; al acercarse vieron que era una mendiga del lugar, que estaba desmayada. Mientras los más miedosos quedaban atendiéndola, el resto del grupo siguió avanzando.

Ante ellos apareció la tapia del sencillo cementerio; sobre ella se erguía la espadaña donde debían estar agitando la campana, los muertos. Los altos cipreses, a ambos lados, parecían gigantes amparando la macabra fiesta, que volvía a adquirir nuevo auge.

Entre unas matas, unas formas blancas se movían. Fanchuco mandó hacer fuego sobre ella. Una descarga cerrada atronó  el espacio y su eco de muerte se dispersó por la vasta campiña. La forma blanca hizo una terrible y violenta contorsión y desapareció entre los jarales.

Todos se contemplaron consternados. Con grandes precauciones, Fanchuco y o Ferreiro, seguidos de dos compañeros, se aproximaron al sitio donde se ocultó el bulto maléfico. Una sonora carcajada quebró la ansiedad expectante.

–¿Era unha calivera?– demandó alguno.

–¡Que iba ser! – respondió Fanchuco. –¡Era unha cabra enredada pol-os cornos na corda da campá!...

 

MODESTO PRIETO CAMIÑA

El Compostelano. Noviembre 1933

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