miércoles, 28 de marzo de 2018

MANOLÍN (Luís González Gil)


Al abuelo se le caía la baba de gusto con las ocurrencias de Manolín.
Todas las tardes de sol, cuando terminaban el almuerzo, Manolín cogía al viejo de la mano y le decía con terquedad mimosa:
–¡Vamos a paseo, abuelito!... ¡Anda!... ¿Quieres que vayamos?...
Y aunque al pobre viejo le agradaba mucho una reposada digestión junto a la chimenea encendida, no sabía contrariar los caprichos del nieto. Le amaba tanto como sus padres, y le hubiese parecido un crimen causarle el más pequeño disgusto.
¡Hala! ¡hala! como dos compañeros de colegio, el anciano y el niño emprendían una larga caminata a las afueras del pueblo, brincando Manolín igual que un gozquecillo rebelde y encaramándose en los pelados árboles que hallaba en su camino.
El abuelo, arrastrando las piernas, seguía con embobados ojos las travesuras del chiquillo, que él no podía emular y solían llenarle de espanto.
Porque, como travieso, ¡vaya si lo era Manolín! Algunas cuestas las bajaba rodando con las piernas encogidas y la cabeza oculta entre los brazos, materialmente hecho un ovillo…
Y el viejo, sobresaltado al verle rodar como una pelota, aligeraba la vacilante marcha para salvarle del peligro, y llegaba jadeante, cuando ya el niño estaba de pie, sin más det6rimento que algún insignificante rasguño y varios sietes en los calzones.
Entonces pretendía reñirle y hasta ponía el rostro ceñudo… Pero al ver los ojos tristes de Manolín, sus mejillas de rosa manchadas de barro y los bucles desgreñados que orlaban su cabecita melancólica como la de un nazareno…, el viejo desarrugaba el ceño adusto y se comía a besos al muchacho, mientras le decía balbuciente de emoción:
–¿Te has hecho daño, sol mío?... ¡Hijo de mi alma! Si yo tengo la culpa por no haber ido más aprisa…
¡Y apenas se reía Manolín con los sustos de su abuelo!

***
Llegó la tarde más bella del invierno. Los árboles desnudos, bañados por la luz esplendorosa del sol, parecían renacer al beso de una primavera temprana; entre las ramas retorcidas piaban alegres los pájaros.
Manolín ideaba diabluras para asustar al abuelo, y este, marchando detrás del niño, pasaba del sobresalto a la ternura, sonreía bondadosamente, saboreaba aquel último amor de su vida…
La senda por donde iban ambos torcía de pronto en una altura coronada por extensa planicie. Al llegar a la mitad de la pendiente, Manolín emprendió carrera veloz hasta ocultarse en el recodo a las miradas de su abuelo.
–No corras, Manolín, no corras… – le gritaba el viejo. – Ten cuidado, que está ahí la alberca.
Y como no le contestase apretó el paso, sin dejar de gritarle con voz ahogada:
–¡No corras, Manolín, no corras!
Cuando llegó a lo alto, el niño no estaba. Detrás del recodo, el depósito, lleno de agua hasta los bordes, apareció como un monstruo devorador a los ojos aterrados del viejo.
Miró por todas partes; gritó sollozando, y se perdían sus lamentos en la explanada silenciosa, envuelta en la luz ardiente del sol.
Entonces se fijó en la alberca, sobre cuyas aguas tranquilas fulguraban chispas de diamante descendidas del cielo.
Y mudo por el terror, anonadado, clavó sus ojos, desmesuradamente abiertos, ojos de loco, en la gorra azul de Manolín que flotaba en la orilla…
–¡Orivenga!... ¡orivenga!... –chilló en aquel momento a su espalda una vocecilla burlona.
El anciano pudo aventar la rigidez de sus músculos, y volviéndose bruscamente, vio asomar por detrás de un árbol la cabecita risueña de Manolín que, muy contento con su broma, repetía el inocente estribillo:
–¡Orivenga!... ¡orivenga!...
…………………………...
…………………………..
¿Ustedes creerán que el abuelo cogió al chico por las piernas y lo tiró de cabeza al estanque?
Pues nada de eso. Le apretó contra su corazón, y cuando pudo recobrar el uso de la palabra, fue lo primero que dijo:
–Este demonio de Manolín… ¡tiene cada ocurrencia!...



LA CORZA (José Nogales Nogales)

El matrimonio de Tomás y Remedios quedó concertado delante de la choza una noche de primavera en que la luna comenzó a subir, filtrando su luz, como a través de un encaje, por entre las ramas del encinar.
En troncones de chopo y taburetes de corcho estaban sentados Felipe el Largo, padre de Remedios, y su mujer, una pobre mujer que parecía una oveja acansiná, que ni tugía ni mugía; tío Francisco el Remellao, padre del novio; Remedios, una mozona de cuatro dedos sobre la marca, según el discreto elogio con que la obsequió un marchante; Tomás, el ágil y suelto y alegre pretendiente, y Dolores la Corza, sobrina del Largo, huérfana recogida desde que tenía tres años.
–La cosa está en eso, Felipe, en que así se ha terciao; y acuérdate de lo que fuiste de pollo ahora que eres recovero. Estos se quieren… y no hay sino poner el pescuezo. Y no me vengas con que si el zagal festejaba a la Corza, porque eso, que lo diga ella, tó se volvió aire.
–¿Aire? menos que eso: un relampagazo tonto que ni enfría ni calienta. – dijo la Corza con hocico de a cuarta.
–Bueno, hombre, ¡sí estoy conforme! Pero me parece que con dar la casilla del pueblo hago bastante.
–Y la yunta, padre. Sin yunta no me caso.
–¿Lo ves, hombre? Suelta el par de vacas, que críen otra familia.
El Largo echó un suspiro de lo más honro, y dijo que sí con la cabeza. Le dolía aquella promesa de entregar las dos vacas paridas, entrambas negras, lustrosas, gordas y cabales. La Corza soltó otro suspirazo mojado en lágrimas, porque ella cuidaba de las vacas y de los becerros, y la querían con fieles extremos de un cariño sano, paciente, mejor que el de los hombres.
Un ruiseñor que anidaba en un chopo empezó a cantar tan amorosamente, que despertó a las dormidas brisas de la serranía. El monte se deshacía en olores de una intensidad vivificante; el acre perfume de las cornicabras y lentiscos, de los tomillares y cantuesos, de los quejigos y retamas en flor, henchían el aire, saturado de gérmenes. Latía la vida como latía la sangre, con nueva fuerza, con inmoderado impulso.
Detrás de la choza mugían las dos vacas llamando a los becerros, y con el meneo de los testuces sonaban las esquilas con un son concertado, dulcísimo, que se perdía bajo el encinar como notas de un cántico pastoril acomodado a la ocasión y a lugar tan agreste.
Tomás aprovechó una pausa que hacían los viejos, sacó el silbo de adelfa, el de los tres agujeros clásicos, y comenzó una tocata, mitad aprendida, mitad improvisada allí, al lado de la buena moza, a quien a la luz de la luna le relucían tanto los ojos como los carrillos.
–¡Qué bien toca! –decían Felipe y el Remellao.– Y aquél sacó la cantarilla del vino y el vaso de cuerno, y no fue menester más para que una tibia ráfaga de alegría los inundase. El silbo de adelfa hacía primores, y lo acompañaban bien el rumor confuso y doliente de la arboleda, el son de las esquilas, las notas valientes y enamoradas del ruiseñor, y hasta el maullar lejano del gato salvaje que paseaba su celo por el monte.
–Basta de musiquerías, que es tarde –dijo la Corza – La negrita y la pelá me están llamando: quieren hierba, y he de ir a la cerca para traerles un montón.
–Eso. Cuídamelas bien, Corza, que ya son mías.
Y el músico se echó a reír con toda su alma. La Corza no respondió. Levantóse y echó a andar encinar adelante, hasta que se perdió en las sombras.
–La zagala tiene razón. Es tarde, y el pueblo está lejos. ¿Vienes Tomasillo?
–Yo me quedo en la case de los «murtales.»
Felipe miró al cielo para ver la caída del «carro chico» y la subida de las «cabrillas», meneó el cantarete y juzgó por todas estas señales que no había acreedor que le reclamase tanto como la cama; y así unos y otros se despidieron.

***
En medio de la verda, bajo el ramaje de cuatro encinas que lo juntaban, vio Tomás un bulto derribado sobre el haz de hierba.
–¿Corza, te has caído? Pues tú no bebiste. Bien que lo reparé.
–No caí. Es que tengo frío…
–¿Frío tú, y en esta noche en que no sé qué soplos de horno menean las encinas? ¿Quieres que te levante? Dilo.
–Quita de ahí, bestia dañina –dijo la Corza levantándose. –Si me tocas, te estripo.
–Algo menos será. Acuérdate.
–No me acuerdo.
–Estás repicando con los dientes. A ver, déjame… si es para abrigarte, tonta. Te llevaré a la choza.
–No es mía. Hasta hoy no he caído en que no es mía. En que nada es mío. Ni las vacas, que son tuyas.
–¡Toma, pues vaya un acuerdo! ¿Tú has tenido algo nunca? No tienes más que lo buena que eres y lo guapa y sargentona que Dios te ha criado. ¿Te acuerdas cuando trabajábamos juntos, y tío Felipe me reñía porque yo tocaba el silbo y no le dejaba dormir? Aquí lo traigo, tontaza; ¿quieres que te toque?
–Sí; sí… pero vete.
–Vaya, pues me iré y tocaré por darte gusto. Que me cuides muy bien la yunta.
La sombra del ramaje se tragó a Tomás, pero de aquella obscuridad surgió la cantata pastoril como un cántico del alba, que se fue alejando, que se fue perdiendo en el espeso bosque, como el eco de una esperanza que se disuelve en la bruma del terruño.
¡Oh, Dios! ya no lo oía la Corza, que seguía escuchando. Aquel gorjeo del palo de adelfa que alegró la choza, se había perdido para siempre. Y eso decía la Corza: ¡para siempre!...
Quedóse allí, rígida, mirando la sombra movediza, que ya no le traía un solo eco. Unos gusanos de luz que el haz de hierba dejó en su cabeza, abrieron las linternas verdosas y se movían con su extraña fosforescencia como una oscilante diadema de viviente pedrería; las encinas dejaban caer como lluvia piadosa los flecos áureos de sus flores; el ramaje ondeaba con rumor querelloso; el ruiseñor lanzaba desde el chopo su nota de amor, cada vez más llena, cada vez más trémula y apasionada, y el son dulcísimo de las esquilas respondía mansa y apaciblemente al concierto primaveral que henchía los cielos y la tierra.
–Cuídalas, ¿eh? ¡Cuídalas, que son mías! Ni ellas ni yo somos de nadie. ¡De nadie!
Y renegó del mundo, de un mundo tan embustero en que cantaban los ruiseñores y se hacen el amor las mariposas mientras el corazón humano sangra y ruge. Una súbita impaciencia la sacudió como sacudían el monte las olientes brisas; sintió el ansia de ser más libre, de ser más sola, de beber de un trago toda la amargura.
–Yo sé como se hace eso. Lo sé. Ya lo verán muy pronto.
Y cargando con el blando haz en que jugaban las luciérnagas, aquel alma salvaje fuese al regajo temible donde crecía la hierba mortal con la que reventaban las vacas.
Era un sitio tristísimo: la espesa manta de hierba venenosa, húmeda de rocío, tendía alevosamente su verdor intenso, y esparcía su olor como una caricia traicionera.
–¿Me conocéis, verdad? Siempre vine para echar el ganado… ahora vengo para que al ganado vayáis. ¿Qué cosas, eh? Si tuvierais boca os echabais a reír. Yo que tengo boca, no me río… ¡hasta con los dientes lloro!
Mezcló con el haz el manojo de trébol venenoso y de cicuta en flor, y tomó la vuelta de la choza con una energía alto turbulenta, que la hacía tropezar y dar rodeos.
Las dos vacas volvieron las cabezas y mugieron saludándola. La negrita tenía el rabo hecho una rosca, y la pelá se rascaba un ijar con su lengua de a palmo. Mientras que ansiosamente molían la hierba en sus húmedas bocazas, la Corza acarició a los mansos animales con ternura, como la madre que se despide de sus hijos.
–No, no seréis de nadie. Nos vamos todos.
Y señaló con la mano al horizonte obscuro, a un sitio desconocido que estaría muy lejos, acaso tenebroso, acaso riente, donde la primavera traería solo flores y ninguna lágrima. Entró en la cerca, y los ternerillos se le vinieron encima jugando como dos cachorros. Franqueóles la puerta, y allá se fueron berreando de alegría a sacar el último trago de vida de unas entrañas en que se revolvía la muerte.
–Me lo daba el corazón… yo no podía acabar más que en el regajo. No hubo otra más libre ni más sola. Ahora quiero serlo más. El Remellao dio en el clavo: ¡todo aquello no fue más que aire… un relampagazo que me dejó seca!
Al llegar otra vez al sitio en que crecía blanda y jugosa la hierba mortal, creyó oír aquel silbo de adelfa haciendo primorosos sones bajo la fronda de las encinas.
–No es, no es. Es el ruiseñor. Otro embustero. Aquél se calló para siempre… ¡maldito sea!

***

La luna se quedó blanca con las primeras luces de la aurora; una faja de color de rosas tiñó el borde de los cerros; la turba alada despertó en un piar inocente que remozaba el campo, y una alondra que se perdía en las nubes pasó, dejando caer su cántico vibrante como un alegre ideal que aletea en el azul infinito.
Salió el sol, rojo como una amapola enorme, y sus primeros rayos de color de sangre alumbraron una cosa triste que manchaba el nacarado esplendor de la primavera. Detrás de la choza, dos vacas negras y lustrosas levantaban sus hinchadas panzas, por las que pasó el veneno. Dos becerros parecían gemir junto a las ubres frías que secó la muerte. Allá abajo, sobre la alfombra de hierbas mortales, estaba la Corza tendida, muerta, con la boca verde y el vientre hinchado, como otra vaca lozana y bravía.
Sobre aquellos cuerpos había pasado una ráfaga de pasión, de la pasión que mata.

Blanco y Negro, 31 de marzo de 1900

LAS TRES COSAS DEL TÍO JUAN (José Nogales Nogales)

Todo el pueblo sabía que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Lucía, y que, aunque ésta no se derretía por nadie, no ponía mala cara a las solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y, de añadidura, rica; él, en los linderos de los veinticinco, no pobre, medio señoritín por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos únicos. No faltaba al naciente afecto más que el sacramento de la confirmación, y para eso no había otro obispo sino tío Juan, el Plantao, padre y señor natural de la dama requerida.
El ilustre linaje de los Plantaos distinguióse desde muy antiguo tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y, de haber querido proveerse de heráldica, su escudo no fuera otro que un clavo clavado por el revés en una pared de gules. Apolinar se sentía cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el tío Juan saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba de sus síes o sus noes así lo hicieran pedazos.
No humo más remedio que pasar el Rubicón… y tirase de cabeza en aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El tío Juan había dicho una vez: «¿Qué trae ese por aquí?» Y para los que le conocían el genio, era bastante.
–Ahora que está tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios quiera que pueda salir con cara alegre… Pero antes dime, para que lleve fuerza, que me queires como yo te quiero, con los redaños del alma.
–Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres decírselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso será, porque yo también soy plantá.
Renegando de aquellos bravíos rigores de la casta, encaminose Apolinar a la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tendía sus sarmientos como cuerdas secas, y después por el angosto corral atestado de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la bodega enredósele un manojo de telarañas en el bombín, y tragando saliva entró en la oscura pieza.
–¡Tío Juan; eh, tío Juan…!
–¡Aquí! ¿Eres tú? Con este jinojo de tinglao no se ve gota.
Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado, con una pelambre de pecho que parecía una maceta de albahaca. Era más que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba, parecía un oso polar.
–¿No se figura usted a lo que vengo?
–A tomar un jarrillo.
–No, señor; a tomar un parecer.
–Pues no es lo mesmo. Pero, anda, suéltala; que no hay hombre sin hombre.
–Con esa licencia… no sé cómo le diga que Lucía me tira un poco, un pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a mí que yo también le tiro una migaja, venía, porque es razón, a decirle qué le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho camino.
Diose tío Juan cuatro rasconazos en el testuz, y volviendo las espladas, fue a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en las mano, como quien echa el Dominus vobiscum, se abrió de brazos, diciendo:
–Todo el toque del hombre está en un sí y un no. Así es que, antes de soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de alumbradores y que Dios sea con todos.
Y después de beber por riguroso turno, quedóse tío Juan rumiando aquel escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en terreno firme.
–Pues atento a eso, digo que me parece a mí que la mujer se hizo para el hombre y el hombre para la mujer… y que por eso tiran el uno del otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gañán en este negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer tres cosas, sin que ninguna le perdone; no haciéndolas, ya se puede ir con viento fresco y levantar la parva.
–Aunque sean trescientas haré yo, con tal de meterme debajo del yugo. Eche usted, tío Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me mande cargar con la bodega, todavía me había de parecer mandato ligero, según lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiradero que ya le he dicho.
–No soy tan bárbaro para mandar lo que está fuera de las fuerzas del hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son estas: que me traigan todos los días la primera gallinaza que suelte el gallo al romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer, véalo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me dé candela en la palma de la mano el día de mi santo por la mañana, y esto ha de ser con sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir.
–¿Nada más?
–En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte.
–Tío Juan, vaya usted preparando el yugo más fuerte que haya en casa, porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa.
Y Apolinar salió de allí con la cara radiante, bailándole los ojos en una ráfaga de alegría loca, y dando al viento como romántica pluma aquel jirón de telarañas que se pegó en el sombrero.
–¡Troncho, qué suerte! Lucía, me ha dicho tu padre que te vayas preparando, que tenemos que abrir un surco.
–¡Qué tonto eres! ¿De qué surco hablas? Me parece que viene su merced algo repuntado y que el jarro habló más que las personas.
–Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas humanas. Verás que labor más dulce.
–¡Pero qué borrico te has vuelto!

***
«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin quitar ojo del gallo hasta que dio de sí el extraño remedio del mal de ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no sabiendo que hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia, se fue con los cavadores a su majuelo, a matar el tiempo hasta que es estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros:
–Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.
–¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría!
Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los palomos cogen pajitas para hacer el nido.
–A ver yo…
¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dio de cabeza en el montón. Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de risa.
–Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos remojones de sudor.
–¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro…
Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento:
–Hoy seré uno de tantos. Hay que apretar…, y no os compadezcáis de mí si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez tronco de olivo y vara de mimbre.
Aquella fue una jornada heroica. Los cavadores, viendo cuán gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa, con que apareció ente las brumas de la mañana, sino otra muy grave, casi austera, que parecía complacida con la ofrenda del sudor humano que riega el terrón y fecundiza el mundo.
Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla:
–¿No has visto la sementera?
–No.
Y Apolinar sintió una vergüenza muy honda por aquella confesión hecha en pleno campo.
–Pues, vamos, hombre; hay día para todo. Tengo una disputa con tu primo Epifanio: él, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal.
Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella sintió Apolinar una voz gozosa que parecía brincar en otra mancha verde y lozana, gritándole: ¡Todo es tuyo, regocíjate, o no eres hombre!
Y se regocijó honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entrañas.
–¡Yo, que no había visto esto! ¡Maldito sea el casino y las cartas y quien las inventó! ¡Malditos los tabernáculos, que nos chupan el tiempo y no nos dejan ver esta gloria, esta bendición de Dios derramada por los campos!
Los sembrados del primo Epifanio no resistían la comparación. La tierra era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad la habían esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el caso.
–Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la tierra: un trabajador. Según le eches, así produce.
Apolinar sintió que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo íntimo y callado del que posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina, brota, crece y se reproduce.
–¿En qué estaría yo pensando? Tío Agapito, usted me hace un hombre. Voy a echarme al campo como una fiera.
–¡Al campo, al campo! Esa es la ubre… ¡Si vieras a cuánto gandul mantiene el campo!
–Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fui. Ya soy otro. Me duelen los pies… zapatos de vaca… Me duele la cabeza… tiraré este apestoso bombín y compraré un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de cerdas de cochino. No más vestidos de Carnaval. Tío Agapito, un abrazo, y pídale usted a Dios que allá, por la primavera, pueda yo comer hierba sin doblar los corvejones.

***

No durmió bien, porque el excesivo cansancio riñe con el sueño. En las manos parecían arder sus huesos desencajados; el espinazo se le engarrotaba… y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el jornalero desheredado, que todos los días, a cambio de unos cuartos roñosos, aumenta el caudal ajeno con bárbaro derroche de su propia vida, y como a la madrugada oyese cantar el gallo, pregonero de deber y compromiso, volvió  a ver la claridad del naciente día, y otra vez cogieron sus doloridas manos el azadón lustroso, y el sudor del amo cayó como una lluvia fecunda en la heredad, que parecía estremecerse de amor y agradecimiento.
Y un día tras otro se fue curtiendo al sol y al aire, y mientras más se endurecía la corteza, más nobles blanduras aparecían por dentro.– Como la viña de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la capitana. ¡Qué suerte de hombre! –Este era el tema de conversación entre la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque había formalidad y trago de vino, y allí no se hacía el agio vergonzoso para la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de empuje, estimulados con su ejemplo.
Pasó el invierno y el sol primaveral vistió el campo de gala. Los habares en flor henchían el aire de aromas purísimos; los trigos azuleaban, los cebadales se mecían orgullosamente a compás del viento; las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas, tendían al sol una espléndida gasa de oro verde… y los viñedos extendían sobre la rojiza tierra otra gasa de pámpanos, y ya el olor tempranero del cierne se esparcía como una caricia dulce y vivificante.
Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo y de la tierra.
No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera pasarlo con la chaqueta puesta.
–Me ajogaría.–
Y por parecerle esta razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima.
Cuando entró Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la gula.
–Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña.
–Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.
–Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño.
Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas, que tiró al suelo.
–Tío Juan, eche usted cuenta.
Y más ágil que un pájaro, doblose y pescó un manojo de hierba en flor que le caía sobre el pecho como una llama.
–Si usted quiere, me la como.
–No tienes que comerla. El toque está en trincarla.
–Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo… ¡Como que tengo aquí un callo que parece una onza de oro!
–Ya está. Ahora… justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a este bruto.
El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza.
–Tío Juan, ¿de veras que es para mí?
–Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.
–¿Entonces?...
–No seas borrico –dijo Lucía.–Padre quería que madrugases; si no madrugas, no me abrazas.
Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor, de fortaleza y de ventura.
–¿Sabéis lo que soñé esta noche?–dijo el tío Juan. – Pues que yo era el Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro…
Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas parecía responder allá, en los alto, al alborozo de la raza nueva, de la raza fuerte, que abría su fecundo surco de am or en la llanura humana.

EL PUENTE DE LAS ÁNIMAS (José Nogales Nogales)

La huerta de Curro el «santero» está a unos mil pasos del pueblo, mirando hacia donde sale el sol. Fórmanla hasta sus seis fanegas de tierra de regadío, con su noria del tiempo de los moros, en que se zambullen los arcaduces atados con mimbres secos y primorosas tomizas. Acaso nadie vio más tosca máquina ni borriquillo tan matalón como aquel que la mueve, todo el santo día con las anteojeras puestas. Allí hay de todo cuanto Dios crió: naranjas, frutalería diversa, canteros de hortaliza, según el tiempo; árboles cocinales y medicinales, como el laurel y el sauco; tablas de alcauciles, rosales en las lindes, madreselvas en los vallados, y alrededor de la casa un sinfín de tiestos, ollas rotas, barreños lañados, cubos sin fondo, en que se crían los claveles a la vera de las almácigas. Además hay una frondosa alcaparronera que arraigó en un poste, entre dos ladrillos, y se descuelga como hermoso tapiz cubriendo una de las cuatro paredes de la casa.
El santero padre, ya difunto– apodado así porque pasó su vida en la cercana ermita, y al calor de las benditas Ánimas crió una piara de hijos, –compró aquella tierra cuando el gobierno arrambló con el caudal eclesiástico y lo entregó a manos vivas por siete ochavos y medio. Curro heredó una octava parte de huerta, y gracias a su buen manejo, a la economía de su mujer y al auxilio de su única hija, la excelente Demetria, pudo comprar a picos y a micos las otras partes, haciendo de la finca aquella el grato arrimo de su vejez.
Tenía también sus tierrecillas de pan sembrar, de las que venían a casa el trigo, la avena y las habas, con que unos y otros iban pelechando buenamente. Detrás de la casa está el gallinero, un pedazo de corral cercado de cañas, y algo más apartado el pajar, semejante a altísima choza de palma, con su cruz en el caballete para evitar los incendios. No muy distante de todo esto ábrese el hueco de la noria tapizado de culantrillo, y par de esta, la ancha alberca llena de agua verdinegra en que flota el limo en masas esponjosas.
–Ná; que está como quiere –decían de Curro sus convecinos.–Suelta la naranja y ya está enredao con el mayuelo; deja la ciruela y apenca con las granás, y antes que espiche la col se le viene a las barbas el alcaucil; y luego, vengan trigales y grano basto y mazorcas pa comé y pa encalentá.
Todo el mundo juraba que tenía dineros, y al olor del gato llovían los pretendientes, cosa tanto más natural, cuando que la Demetria, gato aparte, era una real moza que de un puñetazo partía un duro. Los que con más ahínco la rondaban, eran Matías el de la Coja, un pillastre que dejó en el servicio las ganas de trabajar y andaba de día vagueando y de noche cazando gatos de verdad para hacer calderetas, e Hipólito el Estirao, mocetón fornido y serio, algo solemne en sus ademanes, y tan ceremonioso, que fuera del trabajo no prescindía de la heredada capa en ningún accidente de la vida social.
Entrambos solían dejarse caer por la huerta las más de las noches: con achaque de agricultura soltaban su parrafata, y con indirectillas, con refrancicos, y tal cual rodeada razón que el travesuelo amor les ponía en la boca, iban encaminando su negocio a uno de los fines para que fueron creados. En punto de las diez soltaba el borriquillo el toque de queda y se iban los galanes en amor y compaña hablando del tiempo, de las cosechas, de la falta o sobra de agua, hasta que pasaban el puente de las Ánimas, un puentecillo de estacas y tablones tendido sobre el arroyo mansurrón, al que solo el invierno le hinchaba las narices. Para ir del pueblo o venir de él, había que pasar aquel puente, que pitas y zarzales se lo iban comiendo.
Los padres de Demetria, allá para sus adentros, amparaban a Hipólito el ceremonioso, buen labrador y calentejo de cuartos. En cuanto a Matías, su juicio estaba claramente expuesto en estas razones que el uno al otro se decían a la luz del candil nupcial, delante de la olorosa cama de estacas y panizos: «¡Un perdis como ese! Un roamundo por esos cuarteles, sabiendo más de baraja que de sembrar canteros! Vamos, que no.»
Y aunque abrían tanto ojo, no podían descubrir hacia que lado caía el solicitado afecto de Demetria.
–Lo que sa menester es que no haiga gatuperio, que yo conozco a las hembras y sé que siempre tiráis a la hierba peor, –decía Curro, del todo escamado y receloso.
–No lo digas, demontre. Una hija como  esta, que es una oveja, ¿iba a tomaye cariño a semejante sonaja? Se riye con sus cosas.
–Ahí está el toque, en que se riye; mira como con Hipólito no menea los labios.
En estas incertidumbres pasó el invierno y la primavera, la recolección después, más tarde la vendimia, y andaban los industriosos «santeros» vendiendo la granada, cuando se reunió cierta noche el ilustre senado en la gran pieza de la casa, que era zaguán, cocina, comedor, hórreo, almacén de aperos… delante de la chimenea de campana encañada por dentro, en que ardía un tronco de naranjo y un montón de mazorcas peladas.
Demetria hacía empleita cabe la lumbre vivaracha, y tenía en su benditísima cara un color de manzana en sazón que embelesaba al prójimo. Su madre labraba medias con un meneo de agujas que daba mareos, mientras el padre hurgaba el fuego y arrimaba sus pies descalzos como dos tostadas que quisiera poner en punto. Terciaba un hortelano portugués que hablaba meramente de las brujas y las acechaba toda suerte de ruindades, amén de varias cosas útiles; y los dos pretendientes oficiales se hallaban frente a frente, Matías pureando como hombre dado a los vicios, e Hipólito muy reverendo, sin soltar la negra capa, que por arriba le rascaba la corinilla y por abajo le envolvía los pies. Merinillo, un monaguillo avispado y granuja que servía a Matías de lleva y trae, se enroscaba como un galgo junto al hogar.
Hablaban de las labores del día, de la conveniencia de sembrar antes o después de que las tierras se secaran, y el buen Hipólito enderezaba sus razones «por atún y a ver al duque», diciendo sin quitar ojo de la gentil empleitera:
–Desengáñese usté, tío Curro; la sementera, temprana. Si se deja estar, vienen los aguaceros y la pudren. Y aluego, ¿qué se arrecoge? Ná.
–Lo que arrecoges tú –dijo Merinillo. –Más vale que te arrecojas la capa, que te se va a quemar con los estampíos… ¡Concho con la capa é Dio!
–Mira tú, cara de pajuela, a ver si no te metes en la capa de nadie y te vas a tocar las Ánimas. ¡Nos ha fastidiao el crío metomentó!–saltó Demetria hecha una furia.
–Eso. ¡Largo! que donde hay hombres no se necesitan niños, –agregó Matías.
Merinillo fuese algo corrido y como a regañadientes. La cara de Hipólito reflejó en dos resplandores distintos una súbita alegría y un agradecimiento conmovedor. En aquel instante pensaba: «Lo que es esa me quiere. ¡Qué buen amigo es ese!» Y se quedó ahondando en estas complicadas operaciones mentales, que eran para él un mundo.
En esto, el portugués la tomó con las brujas y contó cosas estupendas. Conocía a todo el gremio de Villarreal y de Ayamonte, y hablaba de bestias perdidas halladas por sus artes, tesoros encontrados, enfermos sanos con cuatro mejurges y dos retahílas… Sabía muy bien que los pescadores de aquella costa suelen hacer tres partes de lo pescado: una para el armador, otra para la tripulación y otra para las brujas, y de ahí ¡eche usted y no se derrame!
–Mi padre las vido– dijo Curro. – Las vido pasar por cima de la ermita en noches de estas, cuando tocaba la campana. Ellas iban repicando en los almireces y dando chillíos… Mi padre no las nombraba por su nombre porque dicen que es malo, que escupen en las huertas y se secan las matas de lo que haiga, y asín, cada vez que sentía el estropicio, decía: «¡Ya están ahí esas señoras… Ave María purísima!» Y nosotros a jundir la cabeza en el jergón.
–Esas serían las Ánimas –observó la mujer de Curro, – que las noches de este mes salen del cementerio y pasan por el puente en cuanto la campana se menea.
–¡Dale! Si sabré  yo lo que son ánimas y lo que son brujas, habiendo sío toa mi vida animero. Las ánimas no se puén ver máj que en el puente, y no llevan almireces ni dan chillíos. Si al caso, dan unos bramíos que jielan la sangre.
–Mi tío Juan las vido una noche y es el que más pué decir deso –dijo Matías.–Pasaban por los laos del puente montás en unos caballos sin patas, y jala que jala toa la noche con el lomo encorvao y echando al aire unos pañales blancos… Allá en la punta, dice que estaba una grande con brazos que llegaban a las estrellas y dando relumbríos hasta por la boca. Y a tó esto, el puente temblaba con el ¡ujujum!... de unos lamentos que llenaban el aire amargoso en que se mascaba la llantina.
–¡Qué te calles, condenao!
En este instante una ráfaga de viento colóse por la chimenea y bajó bramando hasta esparcier las llamas por el suelo.
–¡Cuando yo digo! –exclamó Matías sin disimular el miedo.–Me voy. Esta noche paece que hay brujas hasta en las pencas de los chumbos. Alogunos no querdrán creerlo, pero a esos tales los ponía yo de cintinela en el puente…
–Si vosa mersé las hubera visto como yo, bailando un fado…
–Condió.– Y desapareció Matías sin aguardar a que el portugués contara lo del fado. No se le cocía el pan a Hipólito con aquella conversación tan fuera del camino a que él quería llevarla. Aquel hombrón duro y valiente en todas las faenas del campo, tenía el estrecho cráneo lleno de agorerías y supersticiones. Mejor se las habría con un lobo que con un alma en pena, y las historias con que las comadres asustan a la infancia se le revolvían, dando en tierra con toda la máquina de su valentía y de su esfuerzo.
A la hora reglamentaria despidióse con aquel empaque digno y decoroso, un tanto alicortado en presencia de la Demetria, y embozándose en la luenga capa, que no pasaría un dardo, primero a tientas, luego alumbrado por el centellear de las innumerables estrellas, cruzó la huerta y salió al hondo caminejo. En lo alto de los tapiales se alzaban tiesas y ganchudas, con silenciosa inmovilidad de muerte, las chumberas y las pitas. Más allá movíanse unas masas negras, y rumorosas, las copas de los naranjos, respondiendo al soplo del aire con rumor de sordas lamentaciones. Arriba, en el gran casco azul, brillaba la llama blanca de los astros, velada por una bruma húmeda, lacrimosa, saturada de amarguras salobres.
Antes de trasponer el último recodo, oyó Hipólito el clamor de la campana de la ermita, tocando una especie de rebato funeral con que parecía llamar a todos los negros fantasmas de la noche. ¡Malum signum! quiso decir con aquella parada en firme que hizo Hipólito en el camino. La campana seguía dando al viento su vibración clamorosa, los árboles parecían gemir con rumor doliente, la perezosa bruma se desgarraba en las pencas de las pitas como en jirones de un sudario inmenso…
–Vamos allá, que estos espantijos son chiquillás y ná más que pariencias. En el inte, iré echando un requiescantimpace, que es cosa que quita el miedo y a las Ánimas les sirve.
Pero al salir del camino y dar vista al puente se le remataron los alientos, quedándose helado con tal sensación de espanto, que hasta la capa vino al suelo. A entrambos lados galopaban unas figuras negras, erizadas, encorvándose sobre caballos sin patas que se desdibujaban cual si fuesen de humo. Unos lienzos blancos, resplandecientes bajo el fulgor de las estrellas, ondeaban como siniestras banderas a compás de aquel fantástico galope; al otro lado del puente alzábase una figura grande, monstruosa, con varias cabezas asomando por encima del sudario, y en una de estas relucían con resplandor intenso y rojo sus ojos innumerables.
La campana seguía sonando cada vez más trémula en aquel ambiente funeral; voces humanas, entre las que sobresalía una atiplada y dolorosa, entonaban un Responso, el canto de los muertos llenando la noche. Y cuando Hipólito vio con sus propios ojos moverse la figura grande, que lanzaba el sudario con un brazo colosal con que podría tocar el cielo, no fue dueño de su voluntad, y volviendo grupas, emprendió una carrera loca, desesperada, para la que el campo era estrecho.
………………………………………..

–Lo que es el gachó no vuelve a pasar el puente. Sacabó el noviajo. Anda, Merinillo, arranca el cordel de la campana, quita esos pañales de las zarzas pa que no se meneen… espera que yo quite del pitaco este el palo y la sábana… apaga la vela del tostaor, no venga por ahí alguien y se lleve el susto. ¿Sabes que cantas mu retebién el gori-gori de los defuntos? Paeces un grillo enlutao. ¡Ajajá! ya está el puente en traje de mecánica; ya pué pasar tó el mundo. A ver, mira qué bulto negro es ese…
–¿Qué va a ser? La capa del nene. ¡Concho con la capa é Dio!
–Llévatela, tírasela en el corral. El bruto sa creío que se la llevó la pantasma. ¡Ahora sí que Demetria es pa mí! ¡Me la dan las Ánimas!


Blanco y Negro   3 noviembre 1900.

lunes, 26 de marzo de 2018

LA BELLA GARCÍA (Emilio Sánchez Pastor)

Pachín no había tenido más amores en su microscópica aldea que el que le había inspirado Magdalena, la moza más guapa de Errázula (que así se llamaba el pueblo), y la más requerida por todos los jóvenes de su edad. Trabajaban juntos en el campo, no estaban distantes los caseríos de sus padres, y Pachín se sintió herido por los encantos de Magdalena, que le miraba a su vez con buenos ojos.
Cuando al caer la tarde en los días calurosos de estío regresaban al pueblo después de una jornada horrible de diez horas de trabajo, Pachín colocaba a Magdalena en lo alto de la paja de maíz que conducía su carreta, y así volvían a la aldea, excitando la envidia de todos los mozos y mozas que encontraban en el camino.
Ella, satisfecha como una reina en su trono, entonaba en vascuence un zortzico todo tristeza y sentimiento, y Pachín hacía la segunda voz con ese instinto musical que solo tienen los vascongados, interrumpiendo el canto de cuando en cuando para gritar: «¡Aida!» a los bueyes que, reclinados uno contra otro con objeto de hacer mayor fuerza, trepaban con su carga desde el valle a la montaña.
Pero aquel idilio, como todos en esta vida, terminó pronto. La madre de Magdalena había servido en Madrid y se le ocurrió la idea de que su hija debía imitarla, con lo cual podría ayudar a sus padres mucho más que cogiendo maíz en la aldea.
Porque con e pretextos de dar de comer a los hijos, y con el de que los hijos ayuden a los padres, se han cometido en este mundo las acciones más horrendas y la mayor parte de los crímenes.
La tía Maureta, que era la madre de Magdalena, atendió a su egoísmo, y a Madrid fue la chica, a pesar de las protestas y de las lágrimas de Pachín. «¡Sola en Madrid!» decía sin darse verdadera cuenta de los peligros que podían amenazar a Magdalena, pero presintiéndolos. «¡Sola en Madrid!»
Por espacio de algunos meses hubo cartas frecuentes entre los novios. Venían las de Magdalena para Pachín en el mismo sobre y a veces en el mismo pliego que para la madre, y las contestaciones volvían también unidas. De repente Pachín dejó de recibir cartas y la tía Maureta no; es más, la madre no le daba a leer las cartas de la hija. «Aquí pasa algo, se decía él, y algo muy malo.» Pero no podía adivinar la causa, ni nadie se la contaba. Pidió explicaciones y no se las dieron.
–Olvídala, le contestó la madre de Magdalena; se conoce que piensa de otra manera y no quiere novios.
¡Olvidarla! Eso es lo que Pachín no podía hacer tan fácilmente. Triste, cejijunto, mudo casi siempre, acudía al trabajo con la actividad en él acostumbrada; pero ya no se le oía ninguna frase alegre, ni tomaba parte en las bromas de sus compañeros, ni los domingos pasaba la tarde en la sidrería como en otros tiempos.
Entretanto la tía Maureta variaba de un modo radical su manera de vivir: ya no trabajaba en el campo; la porción de tierra que poseía, y a cuenta de la cual siempre tenía tomado dinero a réditos, quedó completamente desempeñada, y hasta en el vestir hacía ostentaciones que llamaban la atención de todo el mundo.
Pachín notaba todo esto con mucha rabia en el alma y con gran desconsuelo en el corazón. «Se ha casado con algún hombre rico», pensaba, y por eso tiene dinero la madre.
Un día el secretario del ayuntamiento, que era el individuo de peor intención que había en Errázula, llamó a Pachín para leerle un periódico que le interesaba mucho. Era uno de los diarios de mayor circulación de Madrid, y con el epígrafe de La bella García publicaba un artículo reseñando los triunfos que una bailarina compatriota nuestra obtenía en Paris y en toda Europa. Los triunfos no eran precisamente artísticos; bailaba mal, pero la falta de arte la suplía la desvergüenza, y los extranjeros se sentían enloquecidos ante los ademanes lúbricos de la bella española. Había debutado en Folies Bergeres, y desde allí había pasado a distintas capitales de Europa, obteniendo siempre los mismso éxitos… amorosos.
Porque a esos éxitos estaba consagrado el escrito; el articulista refería detalladamente las aventuras de la bella García con un príncipe bávaro, con un oficial inglés, y por último con un individuo de la familia imperial rusa, a quien en el momento de escribir aquellas tenía de adjunto en Montecarlo, con la obligación de suministrarla cuanto oro necesitase para perderlo al treinta y cuarenta.
Por último, el periodista había procurado investigar el origen de la bailarina, y resultaba de sus trabajos que era natural de Errázula, pueblo de las Provincias Vascongadas, donde vivía su madre muy contenta y satisfecha de los éxitos de su hija.
Pachín, al llegar a la última parte del artículo, dio un bote en la silla; luego lloró como un chiquillo; tuvo intenciones de ir a matar a la tía Maureta en el acto, pero el secretario, después de haberle causado tan honda herida, le prodigó el vulgar consuelo de que lo mejor era aguantarse.
No pensaba Pachín en tal cosa en aquel instante; pero en medio de su grosera ignorancia tenía un fondo moral tan grande en el corazón, que al amor sucedió a los pocos días el desprecio, y a este la lástima y olvido.
Al año Pachín había recobrado su antiguo buen humor, y si alguna vez se acordaba de Magdalena era con la indiferencia que podía recordar a cualquier conocido cuyo trato no le hubiera importado ni poco ni mucho.
Un día se anunció que Magdalena volvía al pueblo para ver a su madre, para comprar una porción de fincas y edificar un palacio donde retirarse cuando se cansara del mundo; y con efecto, una mañana de día festivo, cuando las gentes de Errázula salían de misa, fueron sorprendidas por la llegada de lujosa cesta tirada por briosos caballos. Allí iba Magdalena esplendente de belleza y de joyas y orgullosa de la admiración que iba a despertar entre sus amigas y paisanos. En la cesta iba también la tía Maureta, que había salido al camino a esperarla, y cuyo rostro tostado y toscas sayas formaban horrible contraste con los colores vivos de carne bien cuidada de su hija y con sus elegantes atavíos.
La tía Maureta no cabía de gozo en el carruaje. Aquella entrada era uno de los triunfos con que soñaba. Despertar la envidia de todos es el placer de los espíritus groseros. Y la tía Maureta gozó mucho suponiendo que las que presenciaban atónitas la aparición de Magdalena se desharían interiormente de rabia por no poseer aquella cesta, aquellos caballos y aquella fama.
Pachín, guiado por la curiosidad, se acercó también a ver a la viajera; apenas si recordó sus facciones a través de los afeites y colorines que llevaba Magdalena; pero no había duda, estaba más hermosa que cuando se fue. Ella le reconoció en el acto y le saludó cariñosamente con la mano.
Aquella noche Pachín no durmió tranquilo; pensaba en ella, es decir, en la bella García, pero no en Magdalena. Al día siguiente le dieron bastantes bromas sus amigos, con la santa intención de molestarle en lo posible; pero él, que miraba con los ojos ávidos a la bailarina, no sentía ya ningún amor por Magdalena. Era esta otra mujer que le gustaba, pero a la que no quería. La otra había muerto completamente para él.
Magdalena, entretanto, desarrollaba sus proyectos impulsada por la vanidad más estúpida. Todo quería comprarlo para hacer ostentación de su riqueza, y para edificar su soñado hotel hacía venir de la capital de la provincia los obreros más costosos, pagando además el terreno a precios que eran fabulosos en aquella comarca.
Pachín la veía todas las tardes cuando iba a trabajar, pero no la hablaba nunca; ella, en cambio, desde la puerta de su casa le sonreía amablemente y buscaba el momento y la ocasión de hablarle.
Porque Magdalena, que había llegado a Errázula por un capricho, se sentía pegada a aquel suelo y a aquellas gentes, tan inferiores a los lugares y a las personas que había conocido en su ruidosa carrera. Y aquel Pachín tan mísero y tan franco, le parecía un hombre de distinta especie que los príncipes y duques que acababa de tratar y que tanto habían halagado su vanidad.
Un día, aun corriendo el riesgo de que Pachín no la hiciera caso, se decidió a llamarle con el pretexto de comprarle la pareja de bueyes que poseía. Pachín acudió tranquilo y sonriente como en otros tiempos, pero con una expresión de malicia en el rostro que molestó mucho a Magdalena desde el primer momento.
–Te llamo, dijo Magdalena de repente en cuanto estuvieron solos, para saber si me has olvidado por completo.
–Tonta serás si crees en olvido, contestó Pachín con su pintoresca construcción del castellano.
–De modo que aún conservas afecto a tu Magdalena.
–Afecto, no sé qué llamas; bonita es bella García.
–No me llames así; para ti no puedo ser más que Magdalena.
–Magdalena nunca serás ya, pero guapa estás ahora.
La bailarina hallaba en las palabras de Pachín un tono que la hacía daño. Apenas si entendía su enrevesada sintaxis, pero en el gesto adivinaba que su antiguo novio no la hablaba como en otro tiempo. Para penetrar más a fondo en aquel corazón, se decidió a exponer sin más rodeos todo su pensamiento.
–Pachín, le dijo, yo no te he olvidado nunca; al volver a este pueblo he sentido renacer todo mi cariño, y si quieres podemos ser muy felices, porque yo tengo mucho dinero y  nunca tendrás necesidad de trabajar; pero yo, añadió con toda la coquetería posible, ya no te gusto.
–Que más que nunca me gustas, te digo, respondió Pachín; más guapa vienes que fuiste.
–De modo, dijo ella poco menos que temblando, que podemos reanudar nuestras relaciones.
–Relasiones deseo yo más que tú, contestó Pachín poniéndose rojo como una cereza.
–Entonces, preguntó Magdalena, antes de un mes podemos casarnos.
–¡Casarme quieres tú! exclamó Pachín soltando una estruendosa carcajada. La vergüenza grande sería para mí.
–¡Entonces cómo me quieres! gritó furiosa Magdalena; y sin darle tiempo a replicar le lanzó los más groseros insultos, sin olvidar el de pobretón, que era para ella el más ofensivo. Cuando se hubo cansado de injuriarle, y como quien ha llegado a hacer un descubrimiento grande, dijo:
–Acabo de abrir los ojos; todos los hombres sois iguales: unos canallas para la mujer; lo mismo eres tú que los príncipes rusos que yo acabo de tratar.
Pachín, repuesto de la sorpresa que le produjo la salida de tono del Magdalena, se contentó con decir:
–Para bella García, canallas serán príncipes y Pachines. Para Magdalena, caballeros se portarían desde emperador de Rusia hasta pregonero de Errázula. La culpa tuya es, pues.
Y sin añadir una palabra más, salió tranquilo de casa de Magdalena silbando un zortzico popular.
La bella García no tuvo valor para contestar.
Al día siguiente salía del pueblo con la tía Maureta, desistiendo para siempre de sus proyectos de vida tranquila y honrada en el pueblo donde vio la luz primera.
En el momento de perder de vista para siempre la torre de Errázula, la tía Maureta se puso en pie en el carruaje, y volviéndose hacia la aldea exclamó:
–Los demonios te lleven, Pachín, que hija que vale millones desprecias.
Magdalena obligó a sentarse a su madre.
–Cállese usted, la dijo. Pachín tiene razón. Y comenzó a llorar amargamente.
Las alegres campanillas de los caballos y el rodar del vehículo ahogaron los sollozos de Magdalena, al tiempo que una nube de polvo ocultaba para siempre a las viajeras la cruz de la torre de Errázula.

Blanco y Negro 8 de julio de 1899

EL TREN QUE PASA (Emilio Sánchez Pastor)

En una pelada llanura de la Mancha estaba la choza donde se guarecía de la lluvia María la Rubia cuando llevaba a pastar hacia aquella parte del campo las cabras de su amo el tío Rico.
María la Rubia era huérfana, hija de un criado antiguo de su amo, y fue recogida por éste para que sirviera de algo en la casa de labor y no hubiera que darle soldada. Cuando pasó la edad de la pubertad, empezó a llamar la atención de los mozos por la hermosura de sus facciones, la proporción de sus formas y la energía de su continente.
Guardando cabras la tenía el tío Rico, y aunque mal vestida, pero alimentada, podía decirse que era la primera moza del pueblo.
El hijo del tío Rico, llamado Colás, y que durante la niñez había hecho mártir a María de todos sus juegos, sometiéndola a los mismos tratamientos que al perro que le habían llevado para su divertimiento, empezó a poner sus pecadores ojos en la mujer ya hecha. Al desprecio sucedió el deseo, y María, que siempre le había mirado como un verdugo, le tomó verdadero horror como enamorado, comprendiendo en medio de su ignorancia que en aquella especie de pasión no había nada que tuviera relación con el cariño.
Por el pardo donde iba con las cabras pasaba el ferrocarril; por los trenes medía el tiempo, y sabía las horas a que correspondían los mixtos, los correos, los expresos y los mercancías.
Algunas veces, sin saber por qué, sentía impulsos de poner la cabeza sobre un raíl al paso de un tren para librarse de los peligros de la vida, que no conocía, porque el tío Rico ni había mandado a María a la escuela ni a la iglesia, y era incapaz de prever nada, pero que presentía por un instinto natural, más desarrollado en los ignorantes que en las personas cultas, puesto que no hay inteligencia ni instrucción que lo modifique.
La vista del tren la impresionaba mucho.
Aquello era un mundo que pasaba, un mundo mejor que el de su pueblo, sin duda alguna.
Primero la máquina con aquellos hombres que la hacían andar, y que debían ser superiores a todos los seres que ella conocía.
Luego los coches con señoritas muy bellas, ataviadas con trajes extraños, que no debían tratar a sus criados como la trataban a ella en casa del tío Rico; con señores de aspecto venerable; con jóvenes limpísimos, bien distintos de los mozos de su aldea; con militares llenos de galones; con una sociedad, en fin, que debía tener otro corazón y otros sentimientos diversos de los que animaban a la gente de su pueblo.
Luego aquellos furgones llenos de baúles; aquellos furgones, que cada uno llevaba más riqueza que la que juntaban todos los ricos de su lugar, revelaban a su mente la existencia de un mundo mejor, donde no habría nadie capaz de explotarla y maltratarla como habían hecho siempre con ella el tío Rico y su hijo.
Una mañana esperaba a la puerta de su choza el expreso, el tren desbocado, según ella le llamaba, y que era siempre el menos animado, porque aunque ella saludaba con la mano, pocos la contestaban desde las ventanillas, lo que no sucedía en el tren mixto, por ejemplo, donde sus aludos producían gritos alegres y no pocas palabras soeces, que apenas llegaban a sus oídos como un rumor vago.
Mirando en la dirección en que debía llegar el tren, no observó que por una vereda del campo venía Colás a caballo, con su traje de día de fiesta y contoneándose como el que era amo futuro de todo el campo que abarcaba su vista.
María la Rubia se puso en pie cuando las pisadas del caballo la sacaron de su abstracción. ¿A qué venía por allí Colás, pensó, tan de mañana y tan peripuesto?
–Si estás ahí sentada, le dijo por todo saludo, alguna cabra se te va a ir a la vía y la va a aplastar el tren, y mi padre te va a matar luego.
–¡Qué se han de ir!, dijo María secamente.
Nicolás se apeó, ató el caballo a un palo de la choza, y se acercó a María para pedirle que le cortara un racimo de uvas de una viña próxima. Entretanto se sentó en el suelo, y siguiéndola con la vista empezó a murmurar palabras que no llegaban a ella sino como el mosconeo de una colmena.
Cuando volvió con las uvas instó Colás a María a que se sentara a su lado, pero ella se negó a semejante familiaridad y se apartó a bastante distancia, permaneciendo en pie, sin dejar de mirar en dirección de la vía.
Colás estaba intranquilo y sobrexcitado; se levantó del suelo, se acercó al caballo, sacó un pan de las alforjas y volvió a sentarse en el mismo sitio, siempre con la vista fija en María.
Para partir el pan sacó una navaja enorme, y apenas hecha la primera rebanada, miró a todos lados y de un salto se puso al lado de María, cogiéndola de un brazo con la mano izquierda, mientras que con la derecha blandía el arma.
–Vengo a matarte, la dijo.
María dio un grito terrible y trató de desasirse, pero imposible: Colás era el hombre más forzudo del pueblo, y su puño la apretaba el brazo como una argolla de hierro. Quiso pedir auxilio, pero en todo cuanto la vista alcanzaba no se veía más ser viviente que las cabras que triscaban indiferentes a aquella horrible escena, y un cielo azul, puro, sin una nube, alumbrado por un sol de Andalucía.
–Vengo a matarte, repitió Colás sin soltarla, porque no te portas bien conmigo. Con que aquí, o me obedeces o te mato.
María estaba casi sin movimiento. No tenía alientos ni para forcejear y apartarse de un sitio donde se sentía como clavada en el suelo.
–Contesta, gritó Colás acercando la punta del arma al corazón de María.
Y ella, con los ojos fijos en el azul del cielo, pálida y casi helada, parecía esperar algún auxilio providencial que la sacara de tan angustiosa situación. De repente, sus mejilla se colorearon y sus ojos adquirieron extraño brillo. Había sentido un rumor que conocía mucho, el del tren expreso, que llegaba a su hora como siempre.
–Suelta, se atrevió a decir con una energía que estremeció a Colas; pero este oprimió con más fuerza su brazo, repitiendo:
–Contesta pronto o te mato.
El estridente silbido de la locomotora llegó en aquel momento a oídos de ambos. Colás cerró la navaja instintivamente con una sola mano, apoyando la hoja en su pierna y sin soltar a María.
En aquel instante el tren se acercaba a toda velocidad, haciendo horrible estrépito y levantando nubes de polvo, que con el humo que lanzaba a borbotones la locomotora formaba un velo tenue que rodeaba todos los vagones.
María comenzó a dar gritos con toda la fuerza de sus pulmones y a agitar furiosamente el único brazo que le quedaba libre; pero sus gritos no debían oírse, apagados por los resoplidos de la máquina y el rodar de los furgones sobre el hierro.
El maquinista miró con curiosidad aquel grupo por algunos momentos, y en seguida se entregó a las rudas tareas de su oficio. Algunos viajeros, asomados a las ventanillas, manifestaban en su gesto la sorpresa que aquella escena y aquellos gritos les producían; otros sonreían maliciosamente, y los dos guardias civiles que formaban la pareja que custodiaba el tren, con todo el cuerpo fuera de la ventanilla, parecían tratar de averiguar si se trataba de juego, burla o delito.
Todo este espectáculo pasó a los ojos de María como un relámpago. Por instantes había ido esforzando la voz.
–¡Socorro! ¡deteneos! ¡Qué me mata Colás, el hijo de mi amo! había gritado sucesivamente, y su voz no había sido oída por nadie. En aquella barahunda que movían los coches y el vapor, los gritos de María, dados con toda la fuerza de su garganta, sonaban tanto como el zumbido de una mosca en una fragua.
Muy pronto el ruido comenzó a ceder. El horroroso estrépito se convirtió casi de repente en un suave rumor cada vez menos sensible, y en la dirección de la vía no se veía ya más que un bulto negro rodeado de polvo y coronado de jirones de humo. Colás, que había permanecido inmóvil, casi, como una estatua, los breves segundos que duró esta escena, apenas se convenció de que ya no podía ser visto, volvió a sacar la navaja, exclamando:
–¿Qué te creías? aquí nadie te ampara.
María, ronca y desesperada, convencida de que ya no había esperanza para su honor, prefirió entregar la vida, y con la mano del brazo libre empezó a arañar en la cara a Colás, iniciándose una lucha horrible.
Colás no quería herirla, porque no era su muerte lo que buscaba; pero el dolor le hacía defenderse de los puñetazos y mordiscos de María, y arrojando la navaja al suelo, comenzó a golpearla con los puños tan furiosamente, que la joven, a los pocos segundos, cubierta la cara de sangre y acardenaladas las mejillas, cayó sin sentido, como muerta, en brazos de su verdugo.
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Un silbido lejano del tren que ya no se veía y los cencerrillos de las cabras triscando alrededor de la choza, fue lo último que oyó María antes de perder el sentido.
Sonidos que se confundieron, como la indiferencia de los animales ante aquella escena se confundía con la de la sociedad, que no puede hacer alto en su camino ni parar mientes ante el abuso del fuerte contra el débil.

Blanco y Negro, 29 de abril de 1899