lunes, 26 de marzo de 2018

LA BELLA GARCÍA (Emilio Sánchez Pastor)

Pachín no había tenido más amores en su microscópica aldea que el que le había inspirado Magdalena, la moza más guapa de Errázula (que así se llamaba el pueblo), y la más requerida por todos los jóvenes de su edad. Trabajaban juntos en el campo, no estaban distantes los caseríos de sus padres, y Pachín se sintió herido por los encantos de Magdalena, que le miraba a su vez con buenos ojos.
Cuando al caer la tarde en los días calurosos de estío regresaban al pueblo después de una jornada horrible de diez horas de trabajo, Pachín colocaba a Magdalena en lo alto de la paja de maíz que conducía su carreta, y así volvían a la aldea, excitando la envidia de todos los mozos y mozas que encontraban en el camino.
Ella, satisfecha como una reina en su trono, entonaba en vascuence un zortzico todo tristeza y sentimiento, y Pachín hacía la segunda voz con ese instinto musical que solo tienen los vascongados, interrumpiendo el canto de cuando en cuando para gritar: «¡Aida!» a los bueyes que, reclinados uno contra otro con objeto de hacer mayor fuerza, trepaban con su carga desde el valle a la montaña.
Pero aquel idilio, como todos en esta vida, terminó pronto. La madre de Magdalena había servido en Madrid y se le ocurrió la idea de que su hija debía imitarla, con lo cual podría ayudar a sus padres mucho más que cogiendo maíz en la aldea.
Porque con e pretextos de dar de comer a los hijos, y con el de que los hijos ayuden a los padres, se han cometido en este mundo las acciones más horrendas y la mayor parte de los crímenes.
La tía Maureta, que era la madre de Magdalena, atendió a su egoísmo, y a Madrid fue la chica, a pesar de las protestas y de las lágrimas de Pachín. «¡Sola en Madrid!» decía sin darse verdadera cuenta de los peligros que podían amenazar a Magdalena, pero presintiéndolos. «¡Sola en Madrid!»
Por espacio de algunos meses hubo cartas frecuentes entre los novios. Venían las de Magdalena para Pachín en el mismo sobre y a veces en el mismo pliego que para la madre, y las contestaciones volvían también unidas. De repente Pachín dejó de recibir cartas y la tía Maureta no; es más, la madre no le daba a leer las cartas de la hija. «Aquí pasa algo, se decía él, y algo muy malo.» Pero no podía adivinar la causa, ni nadie se la contaba. Pidió explicaciones y no se las dieron.
–Olvídala, le contestó la madre de Magdalena; se conoce que piensa de otra manera y no quiere novios.
¡Olvidarla! Eso es lo que Pachín no podía hacer tan fácilmente. Triste, cejijunto, mudo casi siempre, acudía al trabajo con la actividad en él acostumbrada; pero ya no se le oía ninguna frase alegre, ni tomaba parte en las bromas de sus compañeros, ni los domingos pasaba la tarde en la sidrería como en otros tiempos.
Entretanto la tía Maureta variaba de un modo radical su manera de vivir: ya no trabajaba en el campo; la porción de tierra que poseía, y a cuenta de la cual siempre tenía tomado dinero a réditos, quedó completamente desempeñada, y hasta en el vestir hacía ostentaciones que llamaban la atención de todo el mundo.
Pachín notaba todo esto con mucha rabia en el alma y con gran desconsuelo en el corazón. «Se ha casado con algún hombre rico», pensaba, y por eso tiene dinero la madre.
Un día el secretario del ayuntamiento, que era el individuo de peor intención que había en Errázula, llamó a Pachín para leerle un periódico que le interesaba mucho. Era uno de los diarios de mayor circulación de Madrid, y con el epígrafe de La bella García publicaba un artículo reseñando los triunfos que una bailarina compatriota nuestra obtenía en Paris y en toda Europa. Los triunfos no eran precisamente artísticos; bailaba mal, pero la falta de arte la suplía la desvergüenza, y los extranjeros se sentían enloquecidos ante los ademanes lúbricos de la bella española. Había debutado en Folies Bergeres, y desde allí había pasado a distintas capitales de Europa, obteniendo siempre los mismso éxitos… amorosos.
Porque a esos éxitos estaba consagrado el escrito; el articulista refería detalladamente las aventuras de la bella García con un príncipe bávaro, con un oficial inglés, y por último con un individuo de la familia imperial rusa, a quien en el momento de escribir aquellas tenía de adjunto en Montecarlo, con la obligación de suministrarla cuanto oro necesitase para perderlo al treinta y cuarenta.
Por último, el periodista había procurado investigar el origen de la bailarina, y resultaba de sus trabajos que era natural de Errázula, pueblo de las Provincias Vascongadas, donde vivía su madre muy contenta y satisfecha de los éxitos de su hija.
Pachín, al llegar a la última parte del artículo, dio un bote en la silla; luego lloró como un chiquillo; tuvo intenciones de ir a matar a la tía Maureta en el acto, pero el secretario, después de haberle causado tan honda herida, le prodigó el vulgar consuelo de que lo mejor era aguantarse.
No pensaba Pachín en tal cosa en aquel instante; pero en medio de su grosera ignorancia tenía un fondo moral tan grande en el corazón, que al amor sucedió a los pocos días el desprecio, y a este la lástima y olvido.
Al año Pachín había recobrado su antiguo buen humor, y si alguna vez se acordaba de Magdalena era con la indiferencia que podía recordar a cualquier conocido cuyo trato no le hubiera importado ni poco ni mucho.
Un día se anunció que Magdalena volvía al pueblo para ver a su madre, para comprar una porción de fincas y edificar un palacio donde retirarse cuando se cansara del mundo; y con efecto, una mañana de día festivo, cuando las gentes de Errázula salían de misa, fueron sorprendidas por la llegada de lujosa cesta tirada por briosos caballos. Allí iba Magdalena esplendente de belleza y de joyas y orgullosa de la admiración que iba a despertar entre sus amigas y paisanos. En la cesta iba también la tía Maureta, que había salido al camino a esperarla, y cuyo rostro tostado y toscas sayas formaban horrible contraste con los colores vivos de carne bien cuidada de su hija y con sus elegantes atavíos.
La tía Maureta no cabía de gozo en el carruaje. Aquella entrada era uno de los triunfos con que soñaba. Despertar la envidia de todos es el placer de los espíritus groseros. Y la tía Maureta gozó mucho suponiendo que las que presenciaban atónitas la aparición de Magdalena se desharían interiormente de rabia por no poseer aquella cesta, aquellos caballos y aquella fama.
Pachín, guiado por la curiosidad, se acercó también a ver a la viajera; apenas si recordó sus facciones a través de los afeites y colorines que llevaba Magdalena; pero no había duda, estaba más hermosa que cuando se fue. Ella le reconoció en el acto y le saludó cariñosamente con la mano.
Aquella noche Pachín no durmió tranquilo; pensaba en ella, es decir, en la bella García, pero no en Magdalena. Al día siguiente le dieron bastantes bromas sus amigos, con la santa intención de molestarle en lo posible; pero él, que miraba con los ojos ávidos a la bailarina, no sentía ya ningún amor por Magdalena. Era esta otra mujer que le gustaba, pero a la que no quería. La otra había muerto completamente para él.
Magdalena, entretanto, desarrollaba sus proyectos impulsada por la vanidad más estúpida. Todo quería comprarlo para hacer ostentación de su riqueza, y para edificar su soñado hotel hacía venir de la capital de la provincia los obreros más costosos, pagando además el terreno a precios que eran fabulosos en aquella comarca.
Pachín la veía todas las tardes cuando iba a trabajar, pero no la hablaba nunca; ella, en cambio, desde la puerta de su casa le sonreía amablemente y buscaba el momento y la ocasión de hablarle.
Porque Magdalena, que había llegado a Errázula por un capricho, se sentía pegada a aquel suelo y a aquellas gentes, tan inferiores a los lugares y a las personas que había conocido en su ruidosa carrera. Y aquel Pachín tan mísero y tan franco, le parecía un hombre de distinta especie que los príncipes y duques que acababa de tratar y que tanto habían halagado su vanidad.
Un día, aun corriendo el riesgo de que Pachín no la hiciera caso, se decidió a llamarle con el pretexto de comprarle la pareja de bueyes que poseía. Pachín acudió tranquilo y sonriente como en otros tiempos, pero con una expresión de malicia en el rostro que molestó mucho a Magdalena desde el primer momento.
–Te llamo, dijo Magdalena de repente en cuanto estuvieron solos, para saber si me has olvidado por completo.
–Tonta serás si crees en olvido, contestó Pachín con su pintoresca construcción del castellano.
–De modo que aún conservas afecto a tu Magdalena.
–Afecto, no sé qué llamas; bonita es bella García.
–No me llames así; para ti no puedo ser más que Magdalena.
–Magdalena nunca serás ya, pero guapa estás ahora.
La bailarina hallaba en las palabras de Pachín un tono que la hacía daño. Apenas si entendía su enrevesada sintaxis, pero en el gesto adivinaba que su antiguo novio no la hablaba como en otro tiempo. Para penetrar más a fondo en aquel corazón, se decidió a exponer sin más rodeos todo su pensamiento.
–Pachín, le dijo, yo no te he olvidado nunca; al volver a este pueblo he sentido renacer todo mi cariño, y si quieres podemos ser muy felices, porque yo tengo mucho dinero y  nunca tendrás necesidad de trabajar; pero yo, añadió con toda la coquetería posible, ya no te gusto.
–Que más que nunca me gustas, te digo, respondió Pachín; más guapa vienes que fuiste.
–De modo, dijo ella poco menos que temblando, que podemos reanudar nuestras relaciones.
–Relasiones deseo yo más que tú, contestó Pachín poniéndose rojo como una cereza.
–Entonces, preguntó Magdalena, antes de un mes podemos casarnos.
–¡Casarme quieres tú! exclamó Pachín soltando una estruendosa carcajada. La vergüenza grande sería para mí.
–¡Entonces cómo me quieres! gritó furiosa Magdalena; y sin darle tiempo a replicar le lanzó los más groseros insultos, sin olvidar el de pobretón, que era para ella el más ofensivo. Cuando se hubo cansado de injuriarle, y como quien ha llegado a hacer un descubrimiento grande, dijo:
–Acabo de abrir los ojos; todos los hombres sois iguales: unos canallas para la mujer; lo mismo eres tú que los príncipes rusos que yo acabo de tratar.
Pachín, repuesto de la sorpresa que le produjo la salida de tono del Magdalena, se contentó con decir:
–Para bella García, canallas serán príncipes y Pachines. Para Magdalena, caballeros se portarían desde emperador de Rusia hasta pregonero de Errázula. La culpa tuya es, pues.
Y sin añadir una palabra más, salió tranquilo de casa de Magdalena silbando un zortzico popular.
La bella García no tuvo valor para contestar.
Al día siguiente salía del pueblo con la tía Maureta, desistiendo para siempre de sus proyectos de vida tranquila y honrada en el pueblo donde vio la luz primera.
En el momento de perder de vista para siempre la torre de Errázula, la tía Maureta se puso en pie en el carruaje, y volviéndose hacia la aldea exclamó:
–Los demonios te lleven, Pachín, que hija que vale millones desprecias.
Magdalena obligó a sentarse a su madre.
–Cállese usted, la dijo. Pachín tiene razón. Y comenzó a llorar amargamente.
Las alegres campanillas de los caballos y el rodar del vehículo ahogaron los sollozos de Magdalena, al tiempo que una nube de polvo ocultaba para siempre a las viajeras la cruz de la torre de Errázula.

Blanco y Negro 8 de julio de 1899

EL TREN QUE PASA (Emilio Sánchez Pastor)

En una pelada llanura de la Mancha estaba la choza donde se guarecía de la lluvia María la Rubia cuando llevaba a pastar hacia aquella parte del campo las cabras de su amo el tío Rico.
María la Rubia era huérfana, hija de un criado antiguo de su amo, y fue recogida por éste para que sirviera de algo en la casa de labor y no hubiera que darle soldada. Cuando pasó la edad de la pubertad, empezó a llamar la atención de los mozos por la hermosura de sus facciones, la proporción de sus formas y la energía de su continente.
Guardando cabras la tenía el tío Rico, y aunque mal vestida, pero alimentada, podía decirse que era la primera moza del pueblo.
El hijo del tío Rico, llamado Colás, y que durante la niñez había hecho mártir a María de todos sus juegos, sometiéndola a los mismos tratamientos que al perro que le habían llevado para su divertimiento, empezó a poner sus pecadores ojos en la mujer ya hecha. Al desprecio sucedió el deseo, y María, que siempre le había mirado como un verdugo, le tomó verdadero horror como enamorado, comprendiendo en medio de su ignorancia que en aquella especie de pasión no había nada que tuviera relación con el cariño.
Por el pardo donde iba con las cabras pasaba el ferrocarril; por los trenes medía el tiempo, y sabía las horas a que correspondían los mixtos, los correos, los expresos y los mercancías.
Algunas veces, sin saber por qué, sentía impulsos de poner la cabeza sobre un raíl al paso de un tren para librarse de los peligros de la vida, que no conocía, porque el tío Rico ni había mandado a María a la escuela ni a la iglesia, y era incapaz de prever nada, pero que presentía por un instinto natural, más desarrollado en los ignorantes que en las personas cultas, puesto que no hay inteligencia ni instrucción que lo modifique.
La vista del tren la impresionaba mucho.
Aquello era un mundo que pasaba, un mundo mejor que el de su pueblo, sin duda alguna.
Primero la máquina con aquellos hombres que la hacían andar, y que debían ser superiores a todos los seres que ella conocía.
Luego los coches con señoritas muy bellas, ataviadas con trajes extraños, que no debían tratar a sus criados como la trataban a ella en casa del tío Rico; con señores de aspecto venerable; con jóvenes limpísimos, bien distintos de los mozos de su aldea; con militares llenos de galones; con una sociedad, en fin, que debía tener otro corazón y otros sentimientos diversos de los que animaban a la gente de su pueblo.
Luego aquellos furgones llenos de baúles; aquellos furgones, que cada uno llevaba más riqueza que la que juntaban todos los ricos de su lugar, revelaban a su mente la existencia de un mundo mejor, donde no habría nadie capaz de explotarla y maltratarla como habían hecho siempre con ella el tío Rico y su hijo.
Una mañana esperaba a la puerta de su choza el expreso, el tren desbocado, según ella le llamaba, y que era siempre el menos animado, porque aunque ella saludaba con la mano, pocos la contestaban desde las ventanillas, lo que no sucedía en el tren mixto, por ejemplo, donde sus aludos producían gritos alegres y no pocas palabras soeces, que apenas llegaban a sus oídos como un rumor vago.
Mirando en la dirección en que debía llegar el tren, no observó que por una vereda del campo venía Colás a caballo, con su traje de día de fiesta y contoneándose como el que era amo futuro de todo el campo que abarcaba su vista.
María la Rubia se puso en pie cuando las pisadas del caballo la sacaron de su abstracción. ¿A qué venía por allí Colás, pensó, tan de mañana y tan peripuesto?
–Si estás ahí sentada, le dijo por todo saludo, alguna cabra se te va a ir a la vía y la va a aplastar el tren, y mi padre te va a matar luego.
–¡Qué se han de ir!, dijo María secamente.
Nicolás se apeó, ató el caballo a un palo de la choza, y se acercó a María para pedirle que le cortara un racimo de uvas de una viña próxima. Entretanto se sentó en el suelo, y siguiéndola con la vista empezó a murmurar palabras que no llegaban a ella sino como el mosconeo de una colmena.
Cuando volvió con las uvas instó Colás a María a que se sentara a su lado, pero ella se negó a semejante familiaridad y se apartó a bastante distancia, permaneciendo en pie, sin dejar de mirar en dirección de la vía.
Colás estaba intranquilo y sobrexcitado; se levantó del suelo, se acercó al caballo, sacó un pan de las alforjas y volvió a sentarse en el mismo sitio, siempre con la vista fija en María.
Para partir el pan sacó una navaja enorme, y apenas hecha la primera rebanada, miró a todos lados y de un salto se puso al lado de María, cogiéndola de un brazo con la mano izquierda, mientras que con la derecha blandía el arma.
–Vengo a matarte, la dijo.
María dio un grito terrible y trató de desasirse, pero imposible: Colás era el hombre más forzudo del pueblo, y su puño la apretaba el brazo como una argolla de hierro. Quiso pedir auxilio, pero en todo cuanto la vista alcanzaba no se veía más ser viviente que las cabras que triscaban indiferentes a aquella horrible escena, y un cielo azul, puro, sin una nube, alumbrado por un sol de Andalucía.
–Vengo a matarte, repitió Colás sin soltarla, porque no te portas bien conmigo. Con que aquí, o me obedeces o te mato.
María estaba casi sin movimiento. No tenía alientos ni para forcejear y apartarse de un sitio donde se sentía como clavada en el suelo.
–Contesta, gritó Colás acercando la punta del arma al corazón de María.
Y ella, con los ojos fijos en el azul del cielo, pálida y casi helada, parecía esperar algún auxilio providencial que la sacara de tan angustiosa situación. De repente, sus mejilla se colorearon y sus ojos adquirieron extraño brillo. Había sentido un rumor que conocía mucho, el del tren expreso, que llegaba a su hora como siempre.
–Suelta, se atrevió a decir con una energía que estremeció a Colas; pero este oprimió con más fuerza su brazo, repitiendo:
–Contesta pronto o te mato.
El estridente silbido de la locomotora llegó en aquel momento a oídos de ambos. Colás cerró la navaja instintivamente con una sola mano, apoyando la hoja en su pierna y sin soltar a María.
En aquel instante el tren se acercaba a toda velocidad, haciendo horrible estrépito y levantando nubes de polvo, que con el humo que lanzaba a borbotones la locomotora formaba un velo tenue que rodeaba todos los vagones.
María comenzó a dar gritos con toda la fuerza de sus pulmones y a agitar furiosamente el único brazo que le quedaba libre; pero sus gritos no debían oírse, apagados por los resoplidos de la máquina y el rodar de los furgones sobre el hierro.
El maquinista miró con curiosidad aquel grupo por algunos momentos, y en seguida se entregó a las rudas tareas de su oficio. Algunos viajeros, asomados a las ventanillas, manifestaban en su gesto la sorpresa que aquella escena y aquellos gritos les producían; otros sonreían maliciosamente, y los dos guardias civiles que formaban la pareja que custodiaba el tren, con todo el cuerpo fuera de la ventanilla, parecían tratar de averiguar si se trataba de juego, burla o delito.
Todo este espectáculo pasó a los ojos de María como un relámpago. Por instantes había ido esforzando la voz.
–¡Socorro! ¡deteneos! ¡Qué me mata Colás, el hijo de mi amo! había gritado sucesivamente, y su voz no había sido oída por nadie. En aquella barahunda que movían los coches y el vapor, los gritos de María, dados con toda la fuerza de su garganta, sonaban tanto como el zumbido de una mosca en una fragua.
Muy pronto el ruido comenzó a ceder. El horroroso estrépito se convirtió casi de repente en un suave rumor cada vez menos sensible, y en la dirección de la vía no se veía ya más que un bulto negro rodeado de polvo y coronado de jirones de humo. Colás, que había permanecido inmóvil, casi, como una estatua, los breves segundos que duró esta escena, apenas se convenció de que ya no podía ser visto, volvió a sacar la navaja, exclamando:
–¿Qué te creías? aquí nadie te ampara.
María, ronca y desesperada, convencida de que ya no había esperanza para su honor, prefirió entregar la vida, y con la mano del brazo libre empezó a arañar en la cara a Colás, iniciándose una lucha horrible.
Colás no quería herirla, porque no era su muerte lo que buscaba; pero el dolor le hacía defenderse de los puñetazos y mordiscos de María, y arrojando la navaja al suelo, comenzó a golpearla con los puños tan furiosamente, que la joven, a los pocos segundos, cubierta la cara de sangre y acardenaladas las mejillas, cayó sin sentido, como muerta, en brazos de su verdugo.
………………………………………….
Un silbido lejano del tren que ya no se veía y los cencerrillos de las cabras triscando alrededor de la choza, fue lo último que oyó María antes de perder el sentido.
Sonidos que se confundieron, como la indiferencia de los animales ante aquella escena se confundía con la de la sociedad, que no puede hacer alto en su camino ni parar mientes ante el abuso del fuerte contra el débil.

Blanco y Negro, 29 de abril de 1899

sábado, 25 de febrero de 2017

MAUPASSANT (Lusiñán de Mari)

–¿Lo conoció usted?
–Nunca.
–Entonces no me doy cuenta de esos extraños amores.
Pues él fue la única pasión de mi juventud. Era alto, de figura hercúlea, pero a la vez gallardísima. Los ojos azules claros, grandes y llenos de un extraño misterio…. parecía que dentro del cráneo le ardía una luz vivísima y que esa luz le salía por ellos. La boca roja, fresca, con una dentadura marfilesca…. Tenía unas manos preciosas, pequeñísimas, que él se empeñaba en desfigurar porque le parecían afeminadas… Era un gran artista, verdadero temperamento genial, exquisito, poblado de sombras soñadoras, alma con claro oscuro… Le repugnaba el orden, el sistema, la línea… trabajaba con un desorden característico…  a veces pasaba toda una noche sobre las blancas cuartillas, devorando papel como si su pluma gozara en ir trazando la línea negra. Temporadas en que el trabajo le lamía la pálida frente dando a su cara tonos marfilescos. Otras no hacía nada… pasaba meses y meses enamorado de la sombra de un árbol… escondido en las frondas, fumando en su pipa durante largas horas, ajeno a la vida material, llenándose los anchos pulmones con bocanadas de aire oxigenado… Guindo agrio y bravío que florecía entre la fronda en un lejano rincón del bosque. Apartado ribazo en que el agua murmuradora se extendía tranquilamente, tomando el color verde magnífico del fondo virginal… Rincón olvidado de la costa, en donde los acantilados forman oscuras cavernas en las cuales entra la ola para salir convertida en blanquísima catarata de espuma…
Esos fueron sus amores y eso llevó a sus palpitantes narraciones, trozos arrancados a la naturaleza viva, puesta en bastardo lenguaje humano, incapaz de expresar a medias la honda emoción estética que él sentía.
Recuerda usted su « cacería » Aquella mañana gris y lluviosa… los capotes calados… el áspero olor de la marisma… los juncos del lago… la pareja de patos que se levanta del agua… la detonación de la escopeta de la cual sale el plomo que troncha el idilio de aquellos amores alados y bellísimos… el pobre animal que se desploma en el agua con las blancas plumas teñidas de rojo… la hembra que gira volando alrededor del compañero muerto… ¡Cuánta belleza! ¡cuánta poesía! ¡Qué elegancia! ¡Cuánta sobriedad en el rasgo!...
¿Recuerda usted sus « Fresas de la montaña »? Aquel bosque de castaños, los amarillos maizales que rodean las casitas allá en lo hondo del valle… La niña desgreñada y rubia como el lino, adornada la cabeza con escaramujos silvestres y el cestito en el cual va depositando los granitos carmíneos que exhalan vivísimo perfume…
Yo me enamoré de él con pasión extraña. No quise conocerle nunca. Veraneábamos en el Norte. En una aldea gallega… En la estación, al partir, un muchacho muy empalagoso que me hacía el amor, compró un libro en el puesto de periódicos y me lo regaló. Era un libro de Guy. «Sus narraciones.» Las leía cien veces durante aquel verano, y por un fenómeno natural en mis años me enamoré de él, sin idea de conocerle nunca… Luego supe todo su martirio. ¡Ah! si yo hubiera podido velarle en sus noches de fiebre cuando la enfermedad empezaba a apagar la luz de su cerebro… Después lo lloré mucho, muchísimo… y aun hay veces que me escapo al cementerio donde duerme para siempre, y suelo llevarle una corona de frescas rosas que dejo sobre la lápida fría.
¡Ah, sí: Maupassant ha sido el amor de mis amores de niña! A usted solo se lo confieso, porque usted quizás me comprenda.

Lusiñán de Mari  (pseudónimo de Luís de Armiñán)
Narraciones rápidas. Imprenta de Evaristo Odriozola. Madrid, 1896.

viernes, 27 de enero de 2017

LA INQUIETANTE AVENTURA DE SIMONIN PESCHET (Trébla)

Esto acontecía entre íntimos, en el salón del doctor B…. La presencia de un pequeño velador sobre el que reposaba un cenicero había desviado la conversación hacia las mesas giratorias. Nuestro anfitrión, con un alzamiento de hombros significativo, ratificaba el sarcasmo que jamás deja de suscitar semejante tema.
–¡Y sin embargo, giran! – exclamó Max Hovard, menos dispuesto a afirmar su convicción que a parodiar la frase de Galileo.
Como lo miramos, asombrado, dijo:
–¡Oh! desde luego– volvió a intervenir el elegante adjunto de embajada – no tengo el espíritu militante que ustedes piensan, pero no puedo evadirme a una cierta fe en el ocultismo y a una confianza muy firme en su porvenir.
–¿En que hechos se basa usted? – preguntó uno de nosotros.
–En una simple historia – respondió Max Hovard. Ella no se parece de ningún modo a esas sospechosas experiencias cuyas reseñas recorren el mundo, pero relata una aventura inquietante y rigurosamente auténtica.
–Cuente.
–¡De acuerdo!
Y mientras que una fina sonrisa se desplegaba en su pálido rostro de ojos claros, habiendo expulsado hacia el techo el humo de su cigarrillo, comenzó:
–Ustedes saben, caballeros, que antes de abordar la carrera diplomática, hice algunos pinitos en el periodismo. No llegué a mucho. Ahora bien, en esa época conocí, entre las salas de redacción, a un tal Simonin Peschet, al que después perdí su rastro.
Este Simonin Peschet, aunque debió conformarse con no ser más que un simple reportero, alimentaba grandes ambiciones. Creyéndose imbuido de unas cualidades maravillosas de imaginación y estilo, se consideraba un triunfador por adelantado, y soñaba con disfrutar de la gloria de nuestros literatos más famosos.
Pueden ustedes imaginar los amargos rencores que se tenían hacia el desdichado muchacho, cuando les haya dicho que su talento se reducía a poca casa y que, a pesar de su delicado espíritu – se puede ser a la vez un analista sutil y un pésimo escritor –no era autor, en cualquier caso, más que de mediocres elucubraciones.
Se lo hicieron ver; al menos lo intentó, pues de dirección en dirección, de librería en librería, paseó mucho tiempo y en vano sus preciosos manuscritos.
Con ese juego deprimente y cruel, se afligía cada vez más.
–Eso es normal – dijo alguien.
–Sí, pero el despecho de Simonin Peschet,– especificó Max Hovard,– tenía de particular que se concentraba de algún modo en un odio obsesivo al respecto, pero no hacia los vivos, sino hacia algunos escritores muertos.
Sin razón determinada, profesaba a Maupassant una particular aversión.
–¿De dónde procede su sobrestimada reputación de contador y novelista a esa fotógrafo banal de las personas y las cosas? ¡Oh! ese Maupassant – se complacía en repetir…–¡Ese Maupassant!...
Y le daba vueltas a esa idea fija.
Cierto día, Simonin Peschet escribió un relato que le pareció notable, había encontrado espontáneamente la intriga y lo había redactado con una facilidad que le sorprendió a sí mismo. Lleno de esperanza en el resultado, lo copió cuidadosamente y los dirigió de inmediato a una de las revistas más en boga. Este relato se titulaba: El Miedo, y contenía entre otros párrafos, este:
«Era el invierno pasado, en un bosque del nordeste de Francia. La noche llegó dos horas antes, tan oscuro era el cielo. Tenía por guía un aldeano que caminaba a mi lado, por un pequeño camino, bajo una bóveda de pinos a los que el viento desencadenado arrancaba lamentos. Entre las copas, veía correr las nubes en desorden, nubes dispersas, que parecían huir ante un espanto.
»A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido, con un gemido de sufrimiento; y el frío me invadía, a pesar de mi paso rápido y mi pesada vestimenta.»
–Sobrecogedor cuadro – observó el doctor B…,– pero, ¡caramba!, mi querido Hovard, ¿cómo diablos recuerda con tanta claridad esas líneas?
–Podría citarle las demás, de la primera a la última – respondió el adjunto de embajada.– Mi memoria tiene sus razones; la comprenderá enseguida.
El relato de Simonin Peschet proseguía de ese modo, en un estilo elegante y robusto, caballeros, bonitamente coloreado, admirablemente sobrio y claro. La narración llegaba al desgarrador extremo de las angustias de un alucinado, que confundía los ojos de su perro, fijados en la noche sobre él, por los de un espectro.
–Disculpe mi interrupción – dijo una voz entre los asistentes – pero, ¿qué relación puede tener todo esto con el espiritismo?
–¡Paciencia!– replicó Max Hovard, y continuó:
–Pocos días después, el autor de El Miedo recibió una carta del consejo de la revista a la que había dirigido su manuscrito. Se le rogaba que pasase por allí, por un asunto que le concernía, y les dejo a ustedes adivinar la prisa que se dio para acceder a esa prometedora llamada.
Fue el secretario de redacción quien lo recibió:
–¿El Sr. Simonin Peschet, verdad? – interrogó este. – No esperó ningún saludo ni aquiescencia, se sentó en su sillón para inspeccionar a su visitante, luego, tras una pausa que pareció un siglo, continuó:
–Y bien, señor Simonin Peschet, he encontrado en mi vida personas atrevidas, pero que lo fuesen tanto como usted, nunca!... ¿Conoce a Guy de Maupassant?
–Demasiado, en exceso – fue la respuesta, preludio de nuevas imprecaciones contra el célebre y delicioso escritor de La Pequeña Roque.
Pero el secretario de la redacción detuvo ese impulso y dijo:
–Me he dado cuenta, en efecto, que usted lo conoce muy bien.
 Luego añadió, sarcástico:
–¿Usted no ignora que él, al igual que usted, es el autor de un relato que se titula El Miedo, el cual, de principio a fin es semejante al suyo?... ¿Qué?... ¿Parece dudar?... No se tome la molestia, caballero, consulte ese volumen que lo convencerá, lo he traído a propósito para usted.
Tendío a Simonin Peschet un libro abierto en la misma página donde este pudo leer: El Miedo. El texto impreso seguía, palabra por palabra, línea por línea, absolutamente idéntico al del manuscrito entregado.
–¡Caramba!, uno ha sido copiado del otro.
–No, caballero, – afirmó vigorosamente Max Hovard – y usted se equivoca.
 El pobre autor del segundo Miedo era un hombre honesto; desconocía sinceramente el primero.
–Ya lo veo venir – dijo sardónicamente el doctor B… – ¿usted quiere insinuar, mi querido amigo, que era el Sr. de Maupassant, el espíritu de Guy de Maupassant, quien a su vez le hacía esa jugarreta a su detractor?
–Perdón – dijo el narrador –, yo no insinúo nada y no concluyo nada. Dejo a ustedes que deduzcan de esta aventura lo que les plazca.
–¡Es usted un ingenuo, Max Hovard, – respondió el dueño de la casa, – y su Simonin Peschet no era más que un vulgar plagiario!
La fisonomía del adjunto de embajada se tornó seria, fijó sobre nosotros sus pupilas glaucas y con un tono que, en esta ocasión, no admitía más réplica, pronunció:
–Simonin Peschet, caballeros, se lo repito una vez más, era un hombre honesto. Simonin Peschet desconocía totalmente, y por lo tanto no lo había copiado, el relato de Guy de Maupassant. Simonin Peschet podría jurárselo. Simonin Peschet se lo jura, pues Simonin Peschet – ese es el nombre con el que he firmado, antaño, mis primeros trabajos – Simonin Peschet… ¡era yo!


Albert Delvaille (Trébla).

Le Figaro. Suplemento literario del domingo.  5 de diciembre de 1920.
Traducción de José M. Ramos González. 27 de enero de 2017.

LA PROPINA (Edmond Sée)

En un compartimento del tren que la llevaba, a toda marcha, hacia R…-sur-Mer, donde su hija y su yerno pasaban las vacaciones, la Sra. Radouce, pensativa, miraba huir el paisaje y soñaba. Se retrotraía en pensamiento a quince años atrás, cuando realizaba ese mismo viaje con su hijita. En aquella época, la Sra. Radouce todavía era joven, esbelta, elegante, bonita y feliz, pues su marido la adoraba, y como sus negocios prosperaban, este no le negaba nada. Así, cada verano, la enviaba a la orilla del mar a fin de que pudiese descansar de la vida mundana, mientras él continuaba trabajando en París. Ahora bien, en cuatro o cinco años de veraneo consecutivo, la bella Sra. Radouce había iluminado con su deslumbrante simpatía la playa de R… - sur-Mer. Tan pronto llegaba, y  durante toda su estancia, a su alrededor orbitaba toda una corte de admiradores, de adoradores empeñados en complacerla, en seducirla. Pero ella, siempre disfrutando de ello con reconocimiento y con voluptuosidad de esos homenajes,  se mantenía estrictamente honesta y muy aferrada a su marido y a su hijita.
Aun así, si hubiese querido…
Pensad que un día, Ribestein, el riquísimo banquero, que la cortejaba de cerca y se confesaba, a quién quería escucharle, desesperadamente prendado, le ofreció poner su fortuna a sus pies si ella consentía en divorciarse para convertirse en su esposa; e incluso estaba ese príncipe italiano, su vecino, que le hacía llevar, cada mañana, un colosal ramo de flores, e intentaba mil extravagancias amorosas a fin de enternecerla. Sin hablar de otros testimonios que se multiplicaban igualmente en el transcurso de esos gloriosos veraneos. Pero, entre esas manifestaciones, la que tal vez había halagado más a la bella Sra. Radouce, era la que le dirigía un humilde adorador, un simple cochero «de plaza», cuyo coche estacionaba muy cerca del hotel. ¡Ah! Este no ocultaba el culto inocente que dedicaba a la deslumbrante pasajera, y lo manifestaba, a su manera, de un modo muy curioso. Cada vez que la Sra. Radouce daba algunos pasos, surgía su modesto adorador, que le imploraba, con una sonrisa maravillada, que tomase asiento en su coche. A menudo, cuando ella tenía algunas compras que hacer, o para acudir a la playa, la Sra. Raoduce aceptaba no sin una divertida indulgencia; entonces el otro – un apuesto muchacho, y más elegante, más delicado que sus iguales, saltaba alegremente sobre su pescante, como radiante de su victoria. ¡Y partían!
Y al regreso, cuando su clienta quería añadir, al precio de la carrera, un billete a guisa de propina, Gaspard – ese era el nombre del cochero – lo rechazaba, indignado:
–No – murmuraba devotamente,– nada de eso… Mi propina es el placer de llevaros.
Después de esto, enrojeciendo por esa confesión apenas esbozada, levantaba su sombrero y, saludando sobre su asiento, partía a toda velocidad haciendo chasquear alegremente su fusta. Con estos recuerdos, la Sra. Radouce sonreía no sin cierta melancolía.
Lamentablemente, después de esos bellos y alegres años, el destino se había mostrado menos clemente para con ella. Al principio, su marido, comprometido en especulaciones arriesgadas, se arruinaba a medias, y luego moría, dejando una esposa, y una hija sometida a todas las dificultades de la existencia.
Sin embargo, la Sra. Radouce había asumido con valentía su nueva condición, había luchado para salvar los restos de su fortuna; negándose a rehacer su vida, se había dedicado a la educación de su hija, y, hoy, después de tantos años transcurridos con una rapidez vertiginosa, esta hija se había convertido a su vez en esposa; acababa de casarse con un compañero de infancia, un encantador muchacho cuya situación económica no dejaba de ser envidiable. Por lo demás, el yerno de la Sra. Radouce, muy enamorado de su mujer, se mostraba perfecto para su suegra, y era él quien había exigido que fuese a pasar dos o tres semanas con ellos, y precisamente en R…-sur-Mer. Al principio, ella se había negado, temiendo turbar con su presencia la luna de miel de la joven pareja, pero él insistió tan afectuosamente que la Sra. Radouce acabó por dejarse convencer.

***

Ya en el presente (mientras el tren circulaba y la acercaba cada minuto más al final de su viaje), hete aquí que casi lamentaba su debilidad y sentía no sé qué aprensión, qué angustia confusa invadirle, con la idea de desembarcar es esa playa mundana donde antaño había reinado de un modo tan victoriosamente femenino, de desembarcar allí y algo ajada, derrotada, y totalmente cambiada, hoy, cuando ya no era, cuando ya no podía pretender ser más que una mamá…
Suspiró a la evocación de tan felices recuerdos y, extrayendo de su bolsa de viaje un neceser de aseo, se miró en un espejó minúsculo. Eso no la tranquilizó más que levemente. Entonces, como estaba sola en su compartimento, se puso a reparar el desorden de su peinado, se empolvó ligeramente, se dio un toque de pintalabios rojo y, acabada su obra, se sintió más satisfecha.
–Después de todo – murmuró a media voz – ¡tal vez no haya cambiado tanto!
Algunos minutos más tarde, el tren entraba en la estación. Enseguida descubrió a su hija y a su yerno sobre el andén, observando cada  compartimento con una intensa avidez. Ella les hizo una señal por la ventana. Se apresuraron a su encuentro. Tras las primeras efusiones, la joven mujer dijo a su madre:
–Ven rápido, nos vamos, un coche nos espera, el que nos ha traído hasta la estación y nos llevará a casa.
Y añadió, designando a su  marido:
–Gaston se ocupará del equipaje, y luego se nos unirá, pues va en su bicicleta.
Ambas salieron.
Un coche las esperaba en la salida de la estación, y su cochero hizo una señal a a las dos mujeres. Sobre el pescante, la Sra. Radouce lo reconoció y sintió una ligera turbación que la hizo enrojecer a su pesar. Sí, desde luego era él, su adorador de antaño, aquel que se encontraba sin cesar a su paso y le testimoniaba tan inocentemente su admiración… ¡y tal vez algo más!
–¿Me reconocerá?– pensó la Sra. Radouce. – ¡Ah! ¿he cambiando tanto como él?...
En efecto, ella acababa de constatar la decrepitud física de aquel al que sus amigas, para burlarse, llamaban «su galante cochero».
Hoy, el galante cochero se había convertido casi en un anciano, con el rostro demacrado, el bigote gris, y que no había conservado de su juventud más que unos ojos siempre vivos y audaces.
Viendo avanzar a la Sra. Radouce y a su hija, él les sonrió, y la Sra. Radouce tuvo la impresión de que esa sonrisa le estaba particularmente dedicada. Sintió un delicioso orgullo y un sentimiento de consuelo. Se instaló en el coche que partió a todo tren. Mientras el coche rodaba a través de las escarpadas callejuelas, la Sra. Radouce escuchaba distraídamente la afectuosa charla de su hija, y mantenía los ojos fijos en la espalda del  hombre, allí, ante ella, esa espalda un poco encorvada, un poco abovedada, pero que, así lo creía, parecía querer levantarse hoy, luchar contra el peso de la edad. Ella se volvía a ver como antaño, haciendo una entrada triunfal en el patio del hotel, donde Gaspard saltaba de su asiento para ayudarla a descender, adelantando celosamente a los adoradores que esperaban ante la entrada. Ella creía verle, diligente, radiante, y escucharle murmurar la frase acostumbrada que ella se divertía coquetamente en provocar: «… Nada de propina, ¡mi propina es el placer de llevaros!»

***
Una súbita detención la sacó de su ensoñación. Habían llegado ante la casa. La hija de la Sra. Radouce saltó ligeramente a tierra, ayudó a su madre a descender, y luego llamó para que los criados acudiesen a recoger las maletas. Entonces la Sra. Radouce, obedeciendo a un impulso repentino e irresistible, quiso llevar a cabo una experiencia… una prueba que la tranquilizaría convenciéndola de que todavía conservaba un poco de su poder de seducción, de su prestigio, que todavía era digna de la admiración de los hombres: aún mujer, mujer y no solamente una madre…
Buscó nerviosamente, rápidamente en su cartera y, mirando a Gaspard con su más dulce sonrisa – la sonrisa de la bella Sra. Radouce, dijo:
–¿Cuánto le debo?
Él sonrió a su vez:
–Como de costumbre. ¡Cinco francos por la carrera!
Ella le tendió un billete:
–¡Aquí tiene!
… dudó, luego, entregándole un segundo billete, murmuró, casi ansiosamente:
–Y esto… es su propina.
Ella esperó un segundo, dos segundos, y una absurda emoción hacía latir su corazón.
…………..
***

Pero Gaspard, sin pestañear, tomó el segundo billete, lo deslizó en el bolsillo de su chaleco, y, tocando el borde de su sombrero, volvió a subir a su pescante, donde se instaló, hizo chasquear su fusta y partió benévolamente, a poca velocidad, dejando sobre la orilla de la acera a una mujer repentinamente pálida, cuyos labios temblaban y a la que su hija debió llamar en dos ocasiones para que entrase en la casa, lentamente, como  con pena y con un andar bruscamente pesado.

Edmond Sée.

Suplemento literario de Le Figaro.  18 de febrero de 1923
Traducción José M. Ramos González, 27 de enero de 2017


domingo, 1 de noviembre de 2015

LA CALUMNIA (Carlos Rubio)

I

Váyanse al diablo la geografía y la cronología; jamás he sabido recordar un lugar ni una fecha: así, pues, todas las indiaciones que puedo hacer para precisar eltiepo y el lugar de mi relación, se reducen a decir que se refiere a un hecho ocurrido en Europa y a principios del siglo XVIII.
Una hermosa mañana de primavera, lord X***, viajero inglés, alto, delgado, blanco, rubio y excéntrico como todos los ingleses de novela, oculto detrás de las cortinillas del balcón de su alojamiento, se entretenía en mirar a una joven que en la casa de enfrente estaba regando sus tiestos.
La joven era, en verdad, digna de ser mirada. Jamás los pinceles de Rafael dibujaron un rostro tan hermoso y tan virginal; su tez de azucena y rosa, sus dorados cabellos, sus labios delgados y purpurinos, sus ojos melancólicos, su frente despejada, todos la asemejaba a una de esas creaciones de los poetas, para los cuales no buscan modelos en la tierra, sino en los ángeles del cielo, su patria siempre amada. No era una mujer, era la encarnación de una melodía celestial.
El inglés decía para sí: – Estoy a punto de cumplir cuarenta años, y empiezan a cansarme los viajes; pero solo en el mundo, solo como un hongo, ¿qué haré, si no viajo? ¿Ahorcarme en mi jardín inglés en que se ahorcó mi padre, habiéndose ahorcado antes mi abuelo y antes mi bisabuelo? Todos ellos se ahorcaron a los cincuenta y cinco años, cinco días, cinco horas y cinco minutos; yo no he de romper la tradición. Además, de que cada uno de ellos cuando se ahorcó dejó un hijo que lo heredase, y yo no tengo ninguno; debo, pues, casarme, tener hijos, y esperar mi hora al pie del pino tradicional. Y dado que me case, ¿no es mejor hacerlo con una mujer bonita que con una fea? Esa muchacha que cuida de sus flores vale más, por sí sola, que todos mis caballos juntos. Es pobre, a juzgar por su traje, y si su alma se asemeja a su rostro, debe ser un ángel de bondad, Sin embargo, en estas cosas no conviene fiarse de las apariencias, sino tomar informes. Tomémoslos, pues, empezando por el interrogatorio de la persona más curiosa y más habladora que conozco en todo el barrio, y plegue a Dios que salga todo como deseo.
Tendió la mano, y sin dejar de mirar a la joven, tiró del cordón de la campanilla.
La patrona se presentó.
Era una mujer de la edad incierta que se llama cierta edad, bastante bien conservada, y de facciones vulgares. Vulgar era también su inteligencia, cuyo punto saliente, por decirlo así, era la superstición. Una gitana la había predicho que su hija se casaría con un inglés muy rico, y esto bastó para que mirara en lord X*** un futuro yerno, y esperara de un momento a otro oírle pedir la mano siempre blanca, mano de Caralampia, que si no fuera porque sus ojos eran pequeños como lentejas, su nariz gruesa y colorada como una remolacha, su color de pan de munición, y su cuerpo algo torcido, rivalizaría en belleza con la mismísima Elena.
–Señora Dionisia, – dijo lord X***, – ¿quién es esa joven que está regando los tiestos allí enfrente?
Dionisia se acercó al balcón, y admirándose de la pregunta, contestó:
–Es María, la costurera, una pobre muchacha huérfana, que no tiene más propiedades que sus agujas.
–Yo soy rico para los dos, – murmuró lord X***.
Dionisia le miró aterrada. Su castillo de naipes se derrumbaba.
–Y decid, – prosiguió lord X***, – ¿es honrada?
La más ligera mancha no empañaba la reputación de María, paloma virginal digna de anidar entre las palomas del Paraíso; pero Dionisia no pensaba sino en su hija y en la predicción de la gitana, así es que contestó con tono incisivo:
–En cuanto a eso…
–¿Qué? – preguntó el inglés.
–Nada…
–Decid si sabéis algo, creed que me importa saberlo.
–Nada, yo no debo murmurar de nadie.
–Pero si decir la verdad cuando se os pregunta.
–Disimuladme, señor, no diré nada, otros os informarán.
–Sois una buena mujer, – dijo el inglés, después de una pausa; – id con Dios. Lo dicho me basta. Me ahorcaré soltero.
Y se separó de la ventana.
Un momento después cerró la suya María, muy ajena de creer que acababa de jugarse su porvenir, y que merced a una trampa de su vecina, le había perdido.

II
Lord X*** continuó su viaje al día siguiente; Caralampia, la hija de Dionisia, se casó, no con un inglés rico, sino con un pobre molinero que tenía la costumbre inglesa de emborracharse diariamente, y que cada vez que se emborrachaba sacudía una paliza a su  mujer; y Dionisia, después de haber gastado cuanto tenía en socorrer a su hija, fue echada de casa por su yerno, y tuvo que mendigar su sustento de puerta en puerta.
María vio su miseria, se compadeció de ella, y la dijo: – Venid a mi casa, os miraré como si fuerais mi madre, – Y la llevó a su casa, y trabajó día y noche para sustentarla; pero el exceso del trabajo la hizo enfermar, y al poco tiempo murió.
Los ángeles en el mundo
Están mal, y se van presto,
ha dicho un poeta. Dionisia, desde aquel momento, no pudo sosegar. El recuerdo de su calumnia, y el no menos vivo de María, que la había sacrificado su vida, la perseguían por todas partes. Un día entró en una iglesia, y postrándose a los pies de un confesionario, pidió consuelos a un sacerdote, confiándole su remordimiento.
–Tu culpa es muy grande, – le dijo el sacerdote;  – pero mayor es la misericordia divina. Ve esta noche a las doce al templo en que descansan los restos de María, y ora por el descanso de su alma. Esta es la penitencia que te impongo por tu pecado.
Dionisia, más consolada, aunque bastante agitada por el temor, esperó la noche para cumplir su penitencia.

III

El templo en que debía cumplir, era uno de esos poemas de piedra de la Edad Media que admiran el arte moderno, impotente para imitarlos. Todo en él respiraba la idea de la divinidad relacionada con la humanidad. Mirándole desde fuera un extranjero ignorante de nuestra religión, hubiera leído el misterio sublime de la fe cristiana con solo haberle visto de noche, cuando elevándose sobre la ciudad como el ángel de la fe, dejaba caer el eco de la fúnebre campana desde lo alto de sus góticas torres terminadas en cruces de flores, que indicaban que el alma religiosa reserva para el cielo los aromas de su pureza. Y penetrando en su recinto, mirando a la luz de la lámpara, eterna como la conciencia, aquellas altas naves en que la pintura y la escultura aparecían como humildes esclavas de la arquitectura, aquellas columnas semejantes a los elevados cedros del monte sagrado, aquellas bóvedas oscuras, y enverjadas capillas, aquellos altares dorados, aquel pavimento compuesto de losas de tumbas, ¿quién no se sentiría conmovido de religioso pavor?
Al llegar a la puerta del templo, Dionisia se detuvo vacilante. Pareciale que las molduras estaban animadas, que las sagradas efigies de los altares y de las ojivas la miraban con enojo; sobre todo la oscuridad de las naves la infundían un miedo indeterminado a plegarias desconocidas.
Oró brevemente, se animó y marchó. Su paso resbalando por las losas, la parecía el siseo de la ronda del sábado.
Al llegar a la tumba de María, se arrodilló, y volvió a orar con los ojos cerrados, por miedo a una aparición; pero su precaución fue inútil. Sus párpados dejaron de interceptar la luz, y al través de ellos, como al través de trasparentes cristales, vio abrirse la tumba y levantarse a la joven, adornada con un dulcísimo traje blanco, y coronada de rosas, blancas también. Brillaba en sus labios la flor de una dulce sonrisa, pero su mirada era siempre melancólica.
–¡Perdón, – murmuró Dionisia, aunque María no la miraba enojada; – perdón, señora, por el daño que os he hecho; bastante castigada estoy!
–No es a mí a quien has hecho el daño, – murmuró María, con una voz tan dulce como las melodías del Paraíso; – no es a mí. Yo sufrí en la tierra, pero por eso mismo es mayor en el cielo mi felicidad: ¿qué importa un día de lágrimas, si con él se compra una eternidad de ventura? Los daños que has hecho a los otros los vas a ver.
En este momento tres personas más se levantaron de la tumba de María. Eran tres hombres, uno ceñía la toga, otro el sayal del misionero, y el último parecía ocupado en analizar unas yerbas que tenía recogidas en un paño de su túnica.
–Hubieran sido mis hijos, – suspiró María, – tres corazones más para amar a Dios.
–Yo,– dijo el primero, – hubiera guardado el santuario de la justicia, y arrancando la cizaña del campo de la patria, la hubiera abonado para producir los frutos más óptimos.
–Yo, – dijo el segundo, – hubiese enseñado la fe a pueblos enteros que gimen en la ignorancia, y abierto las puertas del cielo a desgraciados que esperan aun por largo tiempo quien rompa los grillos con que los tiene sujeto el rey de las tinieblas.
–Yo, – dijo el tercero, – hubiese sido médico, y enseñado a curar males que se creen incurables.
 Y todos tres, volviéndose indignados a Dionisia, unieron sus voces para gritar tres veces: «¡Maldita seas!»
Y pareció que millares de voces repetían entre las sombras la solemne maldición.
Dionisia apenas alentaba.
Por fin, haciendo un esfuerzo titánico, murmuró con voz apagada: –¡Perdón, perdón! ¿qué he de hacer para reparar el mal que he causado?
–¡Repararle! –murmuró Maria; –¡repararle!
Cogió una copa de oro llena de agua, y presentándosela a Dionisia, le dijo: – Derrama esa agua en el suelo.
Dionisia obedeció.
–Ahora, –añadió María, –tórnala a coger.
–Las junturas de la losa la han embebido: es imposible cogerla.
–Pues así sucede con la calumnia; todos pueden derramarla, nadie recogerla; y para aspirar al perdón del mal que se ha causado, es preciso ante todo procurar resarcirle.
Y la visión desapareció.
Dionisia cayó desmayada, y cuando al día siguiente la recogieron y le preguntaron lo que le había ocurrido, no pudo contestar… estaba loca.

CARLOS RUBIO

Publicado en Almanaque Literario para 1873.