viernes, 27 de enero de 2017

LA INQUIETANTE AVENTURA DE SIMONIN PESCHET (Trébla)

Esto acontecía entre íntimos, en el salón del doctor B…. La presencia de un pequeño velador sobre el que reposaba un cenicero había desviado la conversación hacia las mesas giratorias. Nuestro anfitrión, con un alzamiento de hombros significativo, ratificaba el sarcasmo que jamás deja de suscitar semejante tema.
–¡Y sin embargo, giran! – exclamó Max Hovard, menos dispuesto a afirmar su convicción que a parodiar la frase de Galileo.
Como lo miramos, asombrado, dijo:
–¡Oh! desde luego– volvió a intervenir el elegante adjunto de embajada – no tengo el espíritu militante que ustedes piensan, pero no puedo evadirme a una cierta fe en el ocultismo y a una confianza muy firme en su porvenir.
–¿En que hechos se basa usted? – preguntó uno de nosotros.
–En una simple historia – respondió Max Hovard. Ella no se parece de ningún modo a esas sospechosas experiencias cuyas reseñas recorren el mundo, pero relata una aventura inquietante y rigurosamente auténtica.
–Cuente.
–¡De acuerdo!
Y mientras que una fina sonrisa se desplegaba en su pálido rostro de ojos claros, habiendo expulsado hacia el techo el humo de su cigarrillo, comenzó:
–Ustedes saben, caballeros, que antes de abordar la carrera diplomática, hice algunos pinitos en el periodismo. No llegué a mucho. Ahora bien, en esa época conocí, entre las salas de redacción, a un tal Simonin Peschet, al que después perdí su rastro.
Este Simonin Peschet, aunque debió conformarse con no ser más que un simple reportero, alimentaba grandes ambiciones. Creyéndose imbuido de unas cualidades maravillosas de imaginación y estilo, se consideraba un triunfador por adelantado, y soñaba con disfrutar de la gloria de nuestros literatos más famosos.
Pueden ustedes imaginar los amargos rencores que se tenían hacia el desdichado muchacho, cuando les haya dicho que su talento se reducía a poca casa y que, a pesar de su delicado espíritu – se puede ser a la vez un analista sutil y un pésimo escritor –no era autor, en cualquier caso, más que de mediocres elucubraciones.
Se lo hicieron ver; al menos lo intentó, pues de dirección en dirección, de librería en librería, paseó mucho tiempo y en vano sus preciosos manuscritos.
Con ese juego deprimente y cruel, se afligía cada vez más.
–Eso es normal – dijo alguien.
–Sí, pero el despecho de Simonin Peschet,– especificó Max Hovard,– tenía de particular que se concentraba de algún modo en un odio obsesivo al respecto, pero no hacia los vivos, sino hacia algunos escritores muertos.
Sin razón determinada, profesaba a Maupassant una particular aversión.
–¿De dónde procede su sobrestimada reputación de contador y novelista a esa fotógrafo banal de las personas y las cosas? ¡Oh! ese Maupassant – se complacía en repetir…–¡Ese Maupassant!...
Y le daba vueltas a esa idea fija.
Cierto día, Simonin Peschet escribió un relato que le pareció notable, había encontrado espontáneamente la intriga y lo había redactado con una facilidad que le sorprendió a sí mismo. Lleno de esperanza en el resultado, lo copió cuidadosamente y los dirigió de inmediato a una de las revistas más en boga. Este relato se titulaba: El Miedo, y contenía entre otros párrafos, este:
«Era el invierno pasado, en un bosque del nordeste de Francia. La noche llegó dos horas antes, tan oscuro era el cielo. Tenía por guía un aldeano que caminaba a mi lado, por un pequeño camino, bajo una bóveda de pinos a los que el viento desencadenado arrancaba lamentos. Entre las copas, veía correr las nubes en desorden, nubes dispersas, que parecían huir ante un espanto.
»A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido, con un gemido de sufrimiento; y el frío me invadía, a pesar de mi paso rápido y mi pesada vestimenta.»
–Sobrecogedor cuadro – observó el doctor B…,– pero, ¡caramba!, mi querido Hovard, ¿cómo diablos recuerda con tanta claridad esas líneas?
–Podría citarle las demás, de la primera a la última – respondió el adjunto de embajada.– Mi memoria tiene sus razones; la comprenderá enseguida.
El relato de Simonin Peschet proseguía de ese modo, en un estilo elegante y robusto, caballeros, bonitamente coloreado, admirablemente sobrio y claro. La narración llegaba al desgarrador extremo de las angustias de un alucinado, que confundía los ojos de su perro, fijados en la noche sobre él, por los de un espectro.
–Disculpe mi interrupción – dijo una voz entre los asistentes – pero, ¿qué relación puede tener todo esto con el espiritismo?
–¡Paciencia!– replicó Max Hovard, y continuó:
–Pocos días después, el autor de El Miedo recibió una carta del consejo de la revista a la que había dirigido su manuscrito. Se le rogaba que pasase por allí, por un asunto que le concernía, y les dejo a ustedes adivinar la prisa que se dio para acceder a esa prometedora llamada.
Fue el secretario de redacción quien lo recibió:
–¿El Sr. Simonin Peschet, verdad? – interrogó este. – No esperó ningún saludo ni aquiescencia, se sentó en su sillón para inspeccionar a su visitante, luego, tras una pausa que pareció un siglo, continuó:
–Y bien, señor Simonin Peschet, he encontrado en mi vida personas atrevidas, pero que lo fuesen tanto como usted, nunca!... ¿Conoce a Guy de Maupassant?
–Demasiado, en exceso – fue la respuesta, preludio de nuevas imprecaciones contra el célebre y delicioso escritor de La Pequeña Roque.
Pero el secretario de la redacción detuvo ese impulso y dijo:
–Me he dado cuenta, en efecto, que usted lo conoce muy bien.
 Luego añadió, sarcástico:
–¿Usted no ignora que él, al igual que usted, es el autor de un relato que se titula El Miedo, el cual, de principio a fin es semejante al suyo?... ¿Qué?... ¿Parece dudar?... No se tome la molestia, caballero, consulte ese volumen que lo convencerá, lo he traído a propósito para usted.
Tendío a Simonin Peschet un libro abierto en la misma página donde este pudo leer: El Miedo. El texto impreso seguía, palabra por palabra, línea por línea, absolutamente idéntico al del manuscrito entregado.
–¡Caramba!, uno ha sido copiado del otro.
–No, caballero, – afirmó vigorosamente Max Hovard – y usted se equivoca.
 El pobre autor del segundo Miedo era un hombre honesto; desconocía sinceramente el primero.
–Ya lo veo venir – dijo sardónicamente el doctor B… – ¿usted quiere insinuar, mi querido amigo, que era el Sr. de Maupassant, el espíritu de Guy de Maupassant, quien a su vez le hacía esa jugarreta a su detractor?
–Perdón – dijo el narrador –, yo no insinúo nada y no concluyo nada. Dejo a ustedes que deduzcan de esta aventura lo que les plazca.
–¡Es usted un ingenuo, Max Hovard, – respondió el dueño de la casa, – y su Simonin Peschet no era más que un vulgar plagiario!
La fisonomía del adjunto de embajada se tornó seria, fijó sobre nosotros sus pupilas glaucas y con un tono que, en esta ocasión, no admitía más réplica, pronunció:
–Simonin Peschet, caballeros, se lo repito una vez más, era un hombre honesto. Simonin Peschet desconocía totalmente, y por lo tanto no lo había copiado, el relato de Guy de Maupassant. Simonin Peschet podría jurárselo. Simonin Peschet se lo jura, pues Simonin Peschet – ese es el nombre con el que he firmado, antaño, mis primeros trabajos – Simonin Peschet… ¡era yo!


Albert Delvaille (Trébla).

Le Figaro. Suplemento literario del domingo.  5 de diciembre de 1920.
Traducción de José M. Ramos González. 27 de enero de 2017.

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