Pero el poeta se sentía aquella
alegre mañana con menos fuerzas que nunca… Sólo ansiaba enloquecer de dicha contemplando
durante mucho tiempo aquella naturaleza que derrochaba vida a manos llenas…
¡Qué hermoso estaba el campo! El
sol lucía como nunca su grandeza, enviando a la Tierra en sus rayos raudales benéficos
de luz espléndida y vivificante calor… ¡Luces y colores! La llanura inmensa,
cubierta de espigas, semejaba un vasto mar de oro; las amapolas salpicaban de
sangre las mieses; las florecillas moradas, verdes y azules componían un
radiante mosaico de amatistas, rubíes y zafiros… ¡Qué delicia!
El poeta, echado en el suelo
perezosamente, contemplaba extasiado el imponente y delicioso espectáculo.
Sentía imperiosa necesidad de
beber aquel aire purísimo con la boca y con los ojos; hubiera deseado que
aquellos aromas rústicos y deliciosos y aquel sol magnífico se introdujesen en
su interior para abrasar sus entrañas… Y con instintos de bestia se tendió
sobre la verde alfombra… Cerró al fin los ojos y comenzó a soñar despierto…
Ilustración original de Marin. |
Y rompiendo aquel mutismo
majestuoso, exclamó: «¡Maltrátame,
mujer! Que tus manecitas delicadas opriman ferozmente mi cuello hasta que tema
morir; que tus piececitos pisoteen mi corazón hasta que te exija piedad… ¡Soy tuyo!
No hay mayor dicha en estos instantes para mí que gozar sufriendo. Y cuando el
dolor me haya robado todas las fuerzas, entonces reclamaré tus caricias de consuelo
y sonreiré de dicha al apurar los goces inmensos que me ha de ofrecer tu
juventud y tu belleza… ¡Ven, ven a mí, mujer!»
El paisaje ostentaba galas más espléndidas…
La naturaleza sonreía de gozo… Iniciábase el crepúsculo y aún continuaban aquellos dos pechos palpitando al unísono y
aún aquellos labios sedientos de calor se acariciaban con ansia infinita…
DIEGO DE FUENTES.
Publicado en La Vida Literaria. Madrid 11 de marzo de 1889.