domingo, 29 de marzo de 2015

NATURALEZA (Diego de Fuentes)


¡Pobre poeta! Luchaba en vano por descansar un instante después de una noche entera de fiebre… Se echó de la cama precipitadamente; fue a sentarse delante de su mesa, llena por todos lados de cuartillas blancas y vírgenes, y apoyó la cabeza entre sus manos temblorosas, apretando ferozmente sus sienes, como queriendo ahogar de una vez los gritos y las quejas de la multitud de ideas que anidaban en su cerebro… ¡Era horrible! Reclamaban todos su derecho a la vida, pretendían unas y otras ser engalanadas con espléndidos ropajes… Bastante tiempo habían vivido ya encerradas en aquel templo reducido, aunque hermoso, constituían la felicidad de su poseedor, eran su único orgullo, su sola ambición; era justo, pues, que se las hiciese honor dándoles forma… Lucharían obstinadamente hasta conseguir su justo triunfo… luchaban, sí, hasta volverle loco…
Pero el poeta se sentía aquella alegre mañana con menos fuerzas que nunca… Sólo ansiaba enloquecer de dicha contemplando durante mucho tiempo aquella naturaleza que derrochaba vida a manos llenas…

¡Qué hermoso estaba el campo! El sol lucía como nunca su grandeza, enviando a la Tierra en sus rayos raudales benéficos de luz espléndida y vivificante calor… ¡Luces y colores! La llanura inmensa, cubierta de espigas, semejaba un vasto mar de oro; las amapolas salpicaban de sangre las mieses; las florecillas moradas, verdes y azules componían un radiante mosaico de amatistas, rubíes y zafiros… ¡Qué delicia!
El poeta, echado en el suelo perezosamente, contemplaba extasiado el imponente y delicioso espectáculo.
Sentía imperiosa necesidad de beber aquel aire purísimo con la boca y con los ojos; hubiera deseado que aquellos aromas rústicos y deliciosos y aquel sol magnífico se introdujesen en su interior para abrasar sus entrañas… Y con instintos de bestia se tendió sobre la verde alfombra… Cerró al fin los ojos y comenzó a soñar despierto…
Ilustración original de Marin.
A los posos instantes se vio interrumpido el silencio majestuoso de aquella hora por el ruido leve que producían los movimientos de dos piececitos diminutos… Después escuchó el poeta crujidos de faldas que rozaban el suelo; más tarde las tenues palpitaciones de un pecho anhelante. Abrió los ojos: a corta distancia contempló asombrado la arrogante figura de una hermosa mujer. Le miraba, le miraba ansiosa, queriendo descubrir en sus ojos un alma hermana de la suya… Fue acercándose poquito a poco y al llegar junto a él, sin haber balbuceado una sola palabra, hincó en tierra sus rodillas, colocó las manos sobre sus hombros y acercó sus labios tembloroso a los de él… El poeta la apartó de sí haciendo un movimiento brusco… Parecíale que todos los inmensos encantos de aquella naturaleza espléndida habían formado el cuerpo de aquella mujer para colmar sus ansias de posesión… Pero no, antes de todo había sentido deseos imperiosos de ser maltratado…
Y rompiendo aquel mutismo majestuoso, exclamó: «¡Maltrátame, mujer! Que tus manecitas delicadas opriman ferozmente mi cuello hasta que tema morir; que tus piececitos pisoteen mi corazón hasta que te exija piedad… ¡Soy tuyo! No hay mayor dicha en estos instantes para mí que gozar sufriendo. Y cuando el dolor me haya robado todas las fuerzas, entonces reclamaré tus caricias de consuelo y sonreiré de dicha al apurar los goces inmensos que me ha de ofrecer tu juventud y tu belleza… ¡Ven, ven a mí, mujer!»

El paisaje ostentaba galas más espléndidas… La naturaleza sonreía de gozo… Iniciábase el crepúsculo y aún continuaban  aquellos dos pechos palpitando al unísono y aún aquellos labios sedientos de calor se acariciaban con ansia infinita…

DIEGO DE FUENTES.
Publicado en La Vida Literaria. Madrid 11 de marzo de 1889.