sábado, 28 de marzo de 2015

EL NEGRO MACK (Julián Martel)

No sé si el nombre se escribe así; pero lo pongo como me sonó en el oído.
El cuento se lo oí contar a un ilustre viajero que ha estado en Norteamérica y en todas las partes del mundo conocidas y por conocer.
«El negro Mack es uno de los grandes millonarios de los Estados Unidos.
Su palacio de mármol blanco se levanta en el barrio más aristocrático de Washington, en el Faubourg de los yankees.
Sin embargo, el negro Mack no se visita con nadie. El desprecio al negro monta la guardia en la puerta de cada palacio, para impedirle la entrada
Hasta la servidumbre de Mack es extranjera. Antes de servirle a él, un ynakee se moriría de hambre.
¿Cómo consiguió hacer su fortuna?
Es lo que vamos a ver ahora.
Todos saben quien es Vanderbilt.
Sus esterlinas suenan tan ruidosamente como las del mismo Rostchild.
Hace años, muchos años, que se estacionó un limpiabotas frente a la casa del célebre millonario: un pobre y humilde negro que no tenía nada de particular.
Lo único que llegó a inspirar recelos fue la insistencia con que aquel negro pidió varias veces hablar con Vanderbilt.
Solía llamar a la puerta de la casa de este; pero los porteros se le reían en las barbas y lo amenazaban con arrojarlo a puntapiés si no se marchaba pronto.
El negro no cejaba.
Un día se presentó como tantas veces y provocó una escena.
Poniendo en práctica su amenaza, los porteros le dieron de golpes.
Al ruido, Mr. Vanderbilt, que estaba en su despacho, salió al vestíbulo y preguntó lo que pasaba.
Entonces, antes de que nadie pudiera hablar, el negro pidió al millonario que le prestase unos minutos de atención.
Algo debió ver Vanderbilt en la cara del limpiabotas, cuando, imponiendo silencio a sus criados, lo hizo pasar adelante.
Una vez solos, el negro le dijo:
–Hace un años, señor, que quiero hablar con usted y hasta ahora no lo consigo. Tengo que pedirle una cosa extraordinaria: pero si usted me la concede, no se arrepentirá de haber sido bueno alguna vez con un pobre negro.
Dice Vanderbilt que él vio algo de sobrehumano en aquel hombre. ¡Oh! no era un negro como los demás!
–Habla.
–Pues lo que voy a pedirle, señor, es que el día que yo le señale, me deje ir con usted a la Bolsa en coche y permanecer a su lado en la rueda.
Vanderbilt lo miró.
–¿Tú conmigo en la Bolsa?
–¡Sí! ¡Yo!
Este yo fue dicho de tal manera, que a pesar de la diferencia de color hubo un momento en que pareció que Vanderbilt era el limpiabotas y que el limpiabotas era Vanderbilt.
El banquero bajó la cabeza.
Hombre de genio él mismo, comprendió que estaba ante el genio, y saludó, sin pronunciar ningún por qué.
–Bueno, aceptado. Iremos juntos a la Bolsa.

Pasó un mes, y ya Mr. Vanderbilt empezaba a olvidar la aventura del negro, cuando cierto día se le presentó este vestido como un gentlemen perfecto.
Mr. Vanderbilt, fiel a su palabra, lo hizo subir en su coche y poco después se esparcía por toda la Bolsa una noticia extraordinaria. ¡Mr. Vanderbilt acababa de bajar de su coche en compañía de un negro! El que sepa el desprecio que se tiene en los Estados Unidos por la gente de color, comprenderá el escándalo que produjo la noticia. Todos se preguntaban, ¿quién será? Hubo quien supuso que era un rey africano.
El negro, impasible, desafiaba todas las miradas.
Vanderbilt fingía la mayor naturalidad del mundo.
De pronto sonó una campana.
Era que iba a funcionar la rueda.
Empezó el vértigo. Y mientras los corredores, agitados y convulsos, vociferaban en el torbellino de las operaciones, Mack parecía una estatua de mármol negro.
De pronto se inclinó al oído de Vanderbilte.
–Haga usted esto.
Y le indicó una operación.
Vanderbilt le obedeció maquinalmente.
Como buen millonario, le seducía lo imprevisto del caso.
Un momento después el limpiabotas volvió a inclinarse.
–Haga usted esto.
Y empezó a darle consejos al millonario, y el millonario a ganar, a ganar, miles al principio, luego centenares de miles, millones por último.
De improviso apareció un anuncio en las pizarras. Iban a rematarse unas minas de carbón cuyas acciones estaban por los suelos. Empezó la puja.
A lo mejor, el negro, que hasta entonces no había hecho más que hablar por la boca de Vanderbilt, lo hizo por su propia cuenta.
–¡Doy un millón!
Estupefacción general y asombro de Mr. Vanderbilt.
Se cerró el trato.
Cuando el martillero preguntó al negro su nombre, este dijo sencillamente:
–Me llamo Mack.

Media hora después, Vanderbilt y Mack volvían a subir al coche del primero.
En cuanto se puso en marcha el vehículo, Vanderbilt preguntó:
–¿Tiene usted cómo pagar ese millón de las minas?
Mack dijo:
–No, señor. Es usted el que me lo va a facilitar. Cuando lleguemos a su casa le mostraré mis garantías.
Efectivamente: llegados al palacio de Vanderbilt, Mack se desabrochó la levita y sacó un gran rollo de papeles del bolsillo interior.
–Aquí están, señor, los planos y reseñas de las minas que acabo de comprara. Hace cinco años que me fui allá con mi caja de lustrar al hombro y me he pasado tres años estudiando las minas. Nadie sabe lo que valen. Son un tesoro inagotable. Se extienden leguas y leguas, y yo soy el único que las conoce y puede apreciarlas. Vine a Washington a buscar un capitalista. Oí hablar de usted. No sé por qué me fue simpático. Lo demás, usted lo sabe tan bien como yo.
Y después de haber dado otras explicaciones, Mack recibió un cheque de un millón.
Diez meses después, Mack era uno de los millonarios de los Estados Unidos.
Había vendido las minas en cien millones de los cuales entregó cincuenta al banquero Vanderbilt.
Sin embargo, su historia es una triste historia.
Decididamente el dinero no constituye la felicidad.
Mack es un negro melancólico. Tiene la monomanía de lo blanco, y su palacio está todo decorado de este color.
Y sobre el fondo de armiño de los salones resplandecientes, se ve la mancha negra de aquel hombre que se pasea lentamente por ellos.
Sueña con mujeres rubias y ojos azules.
Tiene una hija, negra como él, y como él melancólica y triste.
Tirada en el fondo del coche, da lástima verla pasear por las calles de Washington.»

Calló el narrador.
Todos creímos que se había acabado el cuento.
Pero él, dando un golpe final de conversador artista, añadió:
«Mack ha fundado un hospicio que es una de las maravillas de Washington. En su frontis ha escrito en letras bien grandes:
Se admiten blancos

JULIÁN MARTEL
Publicado en La Vida Literaria nº 4. (Madrid)  28 de enero de 1899


El autor.- Julián Martel. Poeta, narrador y periodista argentino, nacido en Buenos Aires en 1867 y fallecido en su ciudad natal en 1896. Aunque su verdadero nombre era el de José María Miró, ha pasado a la historia de las Letras Argentinas por su seudónimo literario de "Julián Martel". Falleció, víctima de una implacable enfermedad pulmonar, cuando aún no había alcanzado los treinta años de edad.