Era media noche. Llovía y venteaba. El carruaje que conducía
a Marcelo rodaba trabajosamente por la carretera, cubierta a trechos, de fango
y de piedra menuda.
Marcelo era médico, joven ilustrado y célebre en la ciudad
por su buen ojo clínico.
El marqués de Amuror, quien pasaba en una hermosa casa de
campo de su propiedad los meses de otoño, se sintió enfermo de pronto, y lleno
de temor, mandó llamar a escape a su médico, pero éste no estaba en la
población, y avisado Marcelo, fue a visitarle.
La enfermedad del marqués, empedernido y viejo solterón,
revistió caracteres de gravedad a las pocas horas de iniciarse.
Marcelo no juzgó prudente abandonarle, entregado sólo a los
cuidados más o menos interesados de un ama de llaves y de los criados de la
casa; a éste fue el motivo de que regresara a la ciudad a media noche, después
de conjurado, por fortuna, el peligro en que estuviera la vida del enfermo
durante algunas horas.
Penetró Marcelo en su casa abriendo las puertas de la calle
y de sus habitaciones con las pequeñas llaves que consigo llevaba siempre; se dirigió
a la alcoba donde dormía, encendió luz y su mirada devoró placentero el rostro
de su esposa y el de su hijita, que cerca el uno del otro formaban, acostados
en los almohadones del lecho, bellísimo contraste, pues era él un rostro hermosísimo,
circundado de negra y abundosa cabellera, de piel ligeramente morena, largas y arqueadas
pestañas y labios carnosos, bien modelados, del color de la fresa en sazón; y
era el otro, rostro de angelillo que, plegadas las alas, sueña con juegos celestiales.
Marcelo sonrió gozoso contemplando a su hija y se quedó
meditando a pocos instantes, al clavar los ojos en la compañera de su vida.
Una sospecha había cruzado como una exhalación por su mente;
surgida, de súbito, de algo informe, confuso, indefinible, que se agitó en los
más recóndito de su alma, aquella sospecha hostigó las víboras de los celos, siempre
despiertas y enroscadas en el corazón de Marcelo y, un suspiro de ella, de
Eulalia, de la mujer adorada, eco tal vez de una queja o de un deseo misterioso
y ardiente, hizo aún más viva la exaltación del médico.
¿Por qué era Eulalia tan hermosa?
¿Por qué la naturaleza se había complacido en llenar de
perfecciones su cuerpo, y de expresión y de gracia su sonrisa, su mirada, su
voz, su andar, sus menores ademanes?
Así penaba Marcelo, investigando la causa de las horribles
sospechas que de continuo le torturaban. Su mujer poseía una hermosura
tentadora, imán de deseos que hacian arder los ojos de los hombres arrancando
de sus bocas frases de elogio extremoso, dichas con entrecortado acento, en voz
baja. Era, sí, intachable la conducta de Eulalia; grande y firme, al parecer,
el cariño que a su marido profesaba, teniendo Marcelo a menudo pruebas
irrecusables de su amorosa fidelidad, pero la sospecha, la cruel sospecha,
nacida al acaso, porque sí, sin motivo, le roía las entrañas, le atormentaba a
cada instante.
Se esforzaba por vencerla, por disiparla con las armas del
raciocinio desapasionado, mas nada podían estas contra su impalpable fantasma.
La niña, que a un angelillo semejaba, la hijita querida, despertó,
sin duda molestada por la luz de la lámpara que encendiera Marcelo; abrió la
boquita, poco a poco, obligada a ella por un bostezo, y le pareció a su padre
que, por artes mágicas, se entreabría un capullo de rosa… Luego el terrenal
angelillo se restregó los párpados con sus manitas rechonchas, y haciendo un
mohín encantador, entreviendo a Marcelo a través de sus enredadas pestañas,
dijo con voz entorpecida por el sueño:
–Papá, ven…
Y sacó los bracitos fuera de la ropa de la cama y agitó sus
manitas, llamándole.
–Papá, ven…
Marcelo se la comió a besos, los cuales fueron lluvia
bienhechora que apagó, por aquella vez, el fuego abrasador de sus infundados
celos.
Y la cual sospecha desapareció, huyó a su mansión tenebrosa.
Pero quedó su ponzoña en la herida que había abierto en el
corazón de Marcelo.
El puñal fue arrancado, pero quedaba la puñalada.
¡Una más!...
SILVERIO DE OCHOA
(Diario de Pontevedra, 27 de
septiembre de 1897)